Hugo López Martínez
Columnista
El cine quizás sea una de las industrias de mayor influencia en la vida política del mundo. Y en el gusto mismo de la gente frente la vitrina de la sociedad de consumo. De esa experiencia el espectador abandona la sala sin salirse de ella. La película sigue en el circuito del TAC. Nos eleva y nos aterriza, como en la jerga del fútbol, pone el balón sobre tierra.
La película de Stanley Kubrick fue una brillante ilustración de la relación entre homínidos, robot y sociedad del futuro. Estrenada en la primavera de 1968 en Nueva York, la película da cuenta de lo que podría suceder con la actividades secretas de la guerra fría. ¿Quién controla a los científicos?, ¿Dónde termina lo humano y empieza la máquina?, ¿ en qué espacio de la era galáctica, los seres humanos estarían dotados de sinceros sentimientos de respeto y de compasión hacia el prójimo? La guerra fría en su duración y extensión continental, dividió a las sociedades en color de piel, ideas políticas, entre el primer mundo y el resto de países subdesarrollado. Seguimos en la misma tónica de prolongación del conflicto, los prejuicios políticos continúan marcando el día a día de los comentarios en los medios de comunicación.
Cuarenta años después de aquella producción de la Golden Mayer, reduciendo el argumento a al tamaño de los hogares, oficinas, colegios y universidades en Colombia, la tecnología en la versión de ojos, cuerpo y brazos mecánicods, tal el personaje H9000, está presente cuando el robot nos vigila, nos elimina de la pantalla por sospechoso con solo dar un click en el control, ni bienestar ni democracia para la seres humanos, es el mensaje del guionista y realizador Stanley Kubrick
Si bien la caída del muro de Berlín en 1989 – por iniciativa de la gente sin militancia en partidos políticos – significó una respuesta a los regímenes dictatoriales, defensa a los derechos humanos, reconocimiento político y jurídico a las minorías étnica, entre otros propósitos, el mundo de hoy guarda una honda preocupación por el sentimiento de frustración que existe con respecto a uno de los focos de atención de la película: la pobreza humana, donde todos los excesos son posibles, con tal de quebrar la relación ente libertad y orden establecido; sin saber cuál será el rumbo de los años venidero de la democracia, de los avances y aplicación de las tecnologías como auxiliar y complemento de la anatomía humana.
El historiador inglés Tony Judt, cuya infancia y adolescencia lo vivió durante la guerra fría, en su relato autobiográfico, publicado poco antes de su muerte en 2010, nos recuerda: Hay mucho sobre lo que indignarse, las crecientes desigualdades, en riquezas y oportunidades; las injusticias de clases y castas, la explotación económica dentro y fuera de cada país; la corrupción, en dinero y los privilegios que ocluyen las arterias de la democracias.
Una buena metáfora y un buen interrogante, es el fin de la película, un embrión – simio en gestación, tirados por hilos invisibles en el espacio, dando giro y flotando, yendo hacia u mundo ajeno, impulsado por el sonido agudo de la música de Richard Strauss, Jr Strauss y Giorgio Ligeti.

