La paloma de la paz, ¿“rara avis”, cadáver o ave fénix?…

Francisco Javier López Naranjo

Amada Colombia, te escribo a ti, Madre Patria, y a todos tus hijos, mis hermanos, para que hablemos de algo fundamental que nos concierne a todos y sin lo cual no es posible ni la supervivencia ni una sana convivencia: ¡la paz!  Anhelo hablarte de este tema, en forma clara y precisa, pero sin citar frías estadísticas, terminachos de gurúes, ni de reconocidos autores o autorizados exponentes, sino como cuando un hijo habla con su madre y sus hermanos, en forma sincera o espontánea.

Pero…, ¿cómo definir la paz, oh, madre, para poder hablar de ella? Porque, tú sabes que este vocablo, como las palabras libertad, amor y otras por el estilo, se ha desvirtuado de tanto ser repetido, manoseado, de acuerdo a las conveniencias de quien habla. Algunos de mis hermanos podrían decir que la paz es algo relativo: la paz que predican los librepensadores, los demócratas, los humanistas, no es la misma de la que hablan los fanáticos, los fascistas o fundamentalistas. Cuántas injusticias, oh, Colombia, a lo largo de tu historia, se han cometido en nombre de la verdad o de la paz.

Algunos sostienen que mientras en el hombre exista el ego con sus temores, ambiciones y egoísmos siempre habrá conflictos con uno mismo y con los demás. Y que la única forma de llegar a una verdadera paz es autoobservando constantemente nuestras reacciones sicológicas negativas (el egoísmo, la ambición, la ira, el orgullo, etc.) para no ser víctimas de ellas. Pero como no todos tus hijos, Colombia, están dispuestos a realizar este trabajo, y no se les puede obligar, porque es algo muy individual, y se estaría violentando el libre albedrío, habría que buscar, siendo realistas, cómo convivir en medio de las diferencias para que cada uno lleve una vida digna.

Y viene la pregunta crucial: “¿Cuál sería el sistema económico y social que garantice una paz así?…”. Anhelo, oh, Colombia y hermanos, que busquemos una respuesta concertada, sin caer en proselitismos o dogmatismos.

Primero que todo, habría qué preguntarnos: ¿será posible una paz así mientras no se respeten los derechos humanos? Esta responsabilidad no solo le corresponde, al Estado, al gobierno, garantizando el cumplimiento de los derechos de todos los ciudadanos, entre ellos uno inalienable: la libertad de expresión, sino también es un compromiso de nosotros mismos: respetar los derechos de los demás en el trato diario en el hogar, el entorno, el trabajo, la sociedad, la naturaleza, no caer en la paradoja de pretender defender los derechos violando los de los demás, aunque para los maquiavelos: “El fin justifica los medios”, y lo que le reprochan a un sistema económico y social es lo mismo que practican cuando están en el poder.

Amada Colombia, tú sabes que vivimos en una democracia imperfecta, que me parece mejor que una tiranía perfecta, ya sea de izquierda o de derecha. Algunos de mis hermanos, con muy buenas intenciones, abogan por una sociedad perfecta en la que reinen la justicia, la paz y la libertad, así sea que esto conlleve, según ellos, a luchas armadas, represiones, que justifican con la realización de una futura sociedad ideal. Pero la historia ha demostrado que estas tentativas han fracasado rotundamente y se han convertido en horribles dictaduras, a causa del fanatismo, el egoísmo o la ambición, que enceguecen a quienes detentan el poder, y hasta les hacen creer que están actuando en nombre de la verdad o del pueblo.

Mientras nos sintamos poseedores de toda la verdad y no tengamos una mente abierta, libre de prejuicios o de dogmas, para el diálogo sincero, para descubrir la verdad de los demás; o, por lo menos, ser tolerantes con ellos, me parece que la paz será una utopía. Esto implica observar nuestros propios fanatismos, nuestros condicionamientos sicológicos.

Ahora hablemos, sufrida Madre Patria, del conflicto que te ha desangrado durante décadas, y de lo que algunos de tus hijos llaman el posconflicto, aunque seguimos en conflictos con menos cuotas de sangre. Se dice que vivimos en una democracia, pero a lo largo de tu vida republicana el poder, con sus engaños y abusos, lo ha detentado un sector, y cuando otra parte de tu población, con una ideología diferente, ha tratado de llegar a él, por vías democráticas, ha sido estigmatizada, perseguida; o, inclusive, aniquilada, lo que ha causado que muchos de mis hermanos empuñen las armas y se hayan dedicado a la insurgencia, con sus injusticias; y que otros, por reacción a la subversión, cometan atropellos, además de los cometidos por los que, por falta de oportunidades, utilizan la delincuencia como una forma de vida.  Una fatal cadena de reacciones que ha impedido el florecimiento de la paz.

Y en el trasfondo de todo se encuentran el resentimiento, el temor a ser víctima del otro, el temor de los que han detentado el poder de que los de la otra orilla utilicen las mismas trampas de una democracia imperfecta para bajarlos de su pedestal. Me parece que tendríamos que observar nuestros propios temores, en forma imparcial, para transformarlos en apertura, en el convencimiento de que todos somos imperfectos y podemos aprender unos de otros. Aceptar la posibilidad de que la vida individual y social es un proceso de aprendizaje a través del ensayo y error, y de que cada uno tiene la responsabilidad histórica de descubrir y corregir sus propios errores, y estar receptivos a las verdades de los demás, esa sería nuestra cuota o granito de arena, si queremos llegar a una auténtica paz estable y duradera.

Te aquejan, oh Madre Patria, la corrupción, la inequidad, la impunidad y la injusticia. Y, lo peor de todo, algunos quieren perpetuarlas, y no darles la oportunidad a otros hermanos de experimentar sus proyectos sociales. ¿Y si es cierto que lo que algunos de ellos buscan es llegar al poder; y, a nombre de un sistema, negar la libertad de expresión, como ha sucedido en otras naciones?… ¿Si lo que quieren es utilizar a muchos de sus seguidores y a los demócratas como idiotas útiles? Si ello fuera así, oh, Colombia, y tampoco quieren aprender de sus errores. Si nosotros, tus hijos, no queremos ser conscientes de que el odio, el egoísmo, la ambición son la tumba de la paz, si no se respetan, siquiera, los acuerdos, las constituciones, entonces, me parece, oh, madre, que la paloma de la paz será solo una rara ave o peor: un cadáver más en la larga serie de víctimas sangrientas de la inconciencia humana. Quizás tenga la razón el sabio que dijo: “Discurrid lo que os plazca sobre la mejor forma de gobierno, pero no lo conseguiréis mientras no destruyáis de vosotros los gérmenes de la avaricia y de la ambición”.

Me parece que existe una esperanza que brilla al final de este laberinto de sangre y de sombras que no solo te aqueja a ti, Colombia, sino a otros países del orbe: aportemos, hermanos, la cuota, el granito de arena que nos corresponde a cada uno, para la construcción de la paz, autoobservándonos, descubriendo y transformando en nosotros mismos, en la cotidianidad, los factores sicológicos que causan conflicto, violencia, aunque, otros, en uso de su libre albedrío no quieran hacerlo. Así, por lo menos, al resolver nuestras propias contradicciones, al cambiar nuestro mundo interior, y aportar para mejorar nuestro entorno, existe la posibilidad de que la paz, como un ave fénix, sea una realidad palpitante en el nido de nuestro corazón.

¡Paz!

Te invoca tanto, Paz, la madre Tierra;

mas su voz, por las bombas acallada,

gime con pesadumbre, ensangrentada bajo las garras de homicida guerra

que, como arpía cruel, al orbe aterra.

“¡Paz!” “¡Paz!” “¡Paz!” “¡Paz!”, palabra tan usada que suena a metralleta despiadada.

¿Qué realidad tu incertidumbre encierra?…

Hablan de paz Caín y el egoísta,

el lobo, el zorro, el buitre y el sofista…

¡Paz!, paradoja…, voz que descalabra…

Observando mis egos evidencio,

más allá del poema y la palabra,

que la paz fructifica en el silencio…

Imagen: dibujo del pintor apiano Pedro Pablo Patiño Echeverri

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