Mauricio Ramírez Gómez
LA AVENTURA DE LOS LIBROS
En general, al leer la poesía escrita en Pereira durante la primera mitad del siglo XX, se puede reparar en su carácter subsidiario, es decir influido en exceso por los autores en boga en ese periodo en Colombia, a quienes nuestros autores pareciera que solo buscaron emular y no superar, por la idea de que era impensable llegar a ese grado de “genio”. No es un secreto, por ejemplo, la influencia de Luis Carlos ‘El tuerto’ López en la poesía de Luis Carlos González, ni es un secreto tampoco que el propio ‘poeta de la ruana’ se consideraba a sí mismo un versificador, más que un poeta.
Las influencias no serían un problema si se asumieran como una etapa de tránsito en la propia búsqueda estética. Pero el hecho que quiero resaltar es que entre las influencias de don Luis Carlos González –y en la de contemporáneos suyos como Lisímaco Salazar y Benjamín Baena Hoyos- se ha atendido poco en la ejercida por los poetas españoles de la llamada Generación de 1927. No solo se trata del uso de formas como el romance, o el madrigal, también de la concepción de las imágenes.
Poco se ha reparado en los poemas de don Luis Carlos que no fueron ‘impresos en tiple’, como él mismo expresó. Nos hemos quedado –para bien y para mal- con la idea del poeta que nos dan los bambucos, haciendo de él un poeta más escuchado que leído. Nos reunimos a escuchar a los músicos cantar sus letras y muy poco –poquísimo- a leer versos como los del poema “Querencia”:

(…)Bate altivo el platanar
sus banderas de esperanza
y soporta el cafetal
muchos besos en sus ramas;
las mazorcas del maizal,
más que muñecas cerradas,
son risa de raza fuerte
que se detuvo en las cañas,
y la vacada que busca retazos
de madrugada semeja
una procesión de casitas que viajaran. (…)
No se trata tanto de la “epopeya” que canta como de las imágenes que utiliza, que dan cuenta de la concepción de lo poético que tenía el poeta. También se trata de comprender que la única influencia no fue la jocosa del ‘tuerto’ López. Se me antoja, incluso, en esta divagación que algo hay del León de Greiff del poema “Villa de la Candelaria”, en el poema “Bobópolis”. En su poema dice el antioqueño:
Vano el motivo
desta prosa:
nada…
Cosas de todo día.
Sucesos
banales.
Gente necia,
local y chata y roma.
Gran tráfico
en el marco de la plaza.
Chismes.
Catolicismo.
Y una total inopia en los cerebros…
Cual
si todo
se fincara en la riqueza,
en menjurjes bursátiles
y en un mayor volumen de la panza.
Y esto escribió el poeta pereirano en su poema “Bobópolis”:
Es mi cándido pueblo el edén del catarro;
sus callejas soportan -además de cemento-
vagos, cheques, embargos, mucho tanto por ciento,
pretensión de culimbas y un montón de cacharros.
Cada mes hacen ferias: invasión de zamarros
y jumentos montando semejantes jumentos;
apabullan sus plazas -donde sobran asientos-
borsalinos sin testas y botines con barro.
Al primer pela-gatos que a sus puertas arrima
lo coloca el criterio popular por encima
de los pocos nativos que me estiman y estimo.
Porque en este mi pueblo -y es verdad que da grima-
por carencia de escuelas y caprichos del clima
se da el bobo y el mango, pero así, por racimos.
El propósito de esta nota no es emitir un juicio estético ni denostar a Luis Carlos González, de quien no me considero devoto, pero reconozco su aporte a la literatura de la ciudad. Lo que pretendo es llamar la atención de lectores e investigadores sobre su obra, que puede estar necesitando una valoración y quizá una nueva antología para las nuevas generaciones no familiarizadas ni orgullosas de la “gesta de la raza” de los colonos antioqueños. No es poca cosa que la más reciente antología de los textos de don Luis Carlos se imprimió hace más de veinte años. Creo sinceramente que hay en esta obra una fuente no agotada y un autor por descubrir.



