Cinco poemas de Navidad de Jorge Emilio Sierra Montoya

¡NAVIDAD!

La Virgen viajó a Belén

para tener a su hijo;

José, su esposo, la guiaba, 

montada sobre un burrito.

Cuando llegaron al pueblo,

nadie les daba su abrigo

y se fueron a un establo,

con mula y buey como amigos.

Allí nació el Niño Dios

en cuna humilde, sencilla,

que en verdad era tan sólo

pajitas, formando un nido.

La estrella brillaba en lo alto,

titilando de alegría,

y los ángeles cantaban,

honrando al recién nacido.

Los pastores, entretanto, 

de sus rebaños corrían,

dispuestos a presenciar

aquel sagrado prodigio.

Y por eso, desde entonces,

hace más de veinte siglos,

celebramos Navidad

al ritmo de villancicos.

Es una historia de amor, 

como papá Dios lo quiso, 

para su enviado del Cielo, 

encarnado con su espíritu.

¡Gloria al Señor de señores!

¡Gloria a Jesús, el Dios niño!

CANTOS NAVIDEÑOS

Princesita: canta, canta,

que estamos en Navidad.

El Niño Dios va a nacer,

el Niño Dios nacerá.

Canta alegre un villancico,

canta otro y otro más,

que tus notas musicales

hasta el cielo llegarán.

Agita tu pandereta,

y en el tambor, rataplán,

y haz que las maracas suenen

con su ritmo celestial.

Canta a la Virgen María,

a san José, buen papá,

y cántale a los pastores,

a las flores y a la paz.

Canta a los tres reyes magos

-Melchor, Gaspar, Baltasar-

que le llevan sus ofrendas

al gran rey universal.

Canta alegre, princesita,

que estamos en Navidad.

Tus cantos harán que el Niño

venga rápido al hogar.

Canta a la estrella en lo alto,

arriba, en el más allá,

que su luz es también tuya

y brilla donde tú estás.

A LA VIRGEN MARÍA

Encendamos las velitas

en este mes de diciembre

porque regresa la Virgen,

muy contenta, desde el Cielo.

Cruza por entre las nubes, 

que le abren paso en silencio,

mientras, en lo alto, la luna

le ilumina su sendero.

Las estrellas, que titilan,

la contemplan desde lejos,

y el viento suave, tranquilo,

la va meciendo en su vuelo.

Sus ojos son dos luceros

que descienden en la noche,

envolviendo al universo

con hermosos resplandores.

Papá Dios es quien la envía,

cual regalo navideño,

en su níveo vestido 

y con sus manos abiertas.

Así vuelve cada año, 

en este mes de diciembre,

para estar en Navidad,

junto a su hijo, en el pesebre.

Coro:

Canten niños, salten, rían,

que ya María está cerca;

vean cómo su sonrisa

es la de una madre buena.

EL CABALLITO AZUL

“Sobre el caballito azul,

parado allí, en el pesebre,

el Niño Dios va a traerte

los regalos desde el Cielo”.

Esto decía la madre

a su hijo, el más pequeño,

quien en los sueños veía

aquel corcel en su vuelo.

Lo miraba galopar 

-tas, tas, tas-, sin detenerse,

pasando por entre nubes

y alcanzando las estrellas.

En un lucero muy blanco,

tan blanco como la arena,

el Niño Dios recogía

juguetes y más juguetes.

Cuando llegaba, cansado,

sudoroso y sin aliento,

el caballito volvía 

a ocupar su antiguo puesto.

Y al levantarse temprano,

corría alegre el pequeño

con afán, desesperado,

por ver a Jesús de nuevo.

Se acercaba hasta el caballo,

entre un montón de paquetes, 

y le agradecía mucho

por ser un amigo bueno.

La madre, que le observaba 

con cariño, desde cerca,

oraba para que el niño

no perdiera su inocencia.

EL NIÑO DEL SOL

Un niño salió cantando,

cantando con su canción; 

llevaba en sus manos blancas

una esperanza y un sol.

En sus pies traía un mar,

y en su pecho, un corazón,

un corazón que latía

como el corazón de Dios.

Si alguna vez lo encontráis,

como lo he encontrado yo,

decid que nadie le ha visto,

decid que nadie lo vio.

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