Gonzalo H. Vallejo A.
Columnista
Una lectura estructural sobre la realidad histórica y política panameña fue la metodología escogida para su abordaje comprensivo en un reciente viaje hecho a ese país. No nos detendremos ante aspectos denotativos tales como su arquitectura colonial y republicana que contrasta con el diseño de la moderna metrópolis tropical, un pequeño Manhattan con 150 bancos, imponentes edificios y un boom inmobiliario que evidencia el apelativo dado a su capital (“la ciudad de los rascacielos de América Latina”). No hablaremos del Canal de Panamá y los 15 mil barcos que anualmente lo atraviesan; de su zona franca, su confortable hotelería, su cinta costera y sus largas playas con su dorada y acariciante arena distribuidas a lo largo de sus dos océanos. Nos detendremos en otros aspectos connotativos que tienen que ver con otro sentimiento, mixtión de rabia y nostalgia.
Conmoción produce ver cómo ese óvalo verde y azuloso que formó parte del territorio nacional desde 1821, vergonzosamente aún figura en el escudo colombiano. Cercenado de nuestra cartografía patrimonial fue puesto a formar parte del botín geopolítico del norte. Estupor, ira e indignación se sienten cuando, al recorrer las cortas y estrechas callejuelas de su historia republicana, revivimos esos magros episodios de nuestra tragicomedia nacional cuando el general Obaldía con sus mercenarios, se repartían el botín ístmico. Una mixtura de picardía y corrupción, estulticia e ineptitud, facilitó la traición. Los intereses patrios y el alma nacional fueron vendidos a los buhoneros del naciente neocolonialismo. Las imágenes de aquellos sucesos de 1903 se agolpan de manera estrepitosa en nuestra mente y refulgen como un encandilador flash en la oscura noche de nuestra difusa historia.
Bastaron tres meses para urdir el ardid: proclamación de la nueva república; firma de tratados (Buneau-Varillas y Herrán-Hay) legitimadores del robo; once navíos custodiados por los acorazados Nashville y Dixie vigilando el acto traidor; apresamiento de militares; compra y simulación de entrega por un valor cercano a los cien mil dólares; seis cañonazos que más parecían tiros medrosos de salva; soborno al hijo del presidente José Manuel Marroquín mientras éste, en el palacio de San Carlos, de espaldas a la realidad nacional, escribía manuales de gramática que condensaban, en cursi versificación, la ortografía de la época. Los cronistas recuerdan un chiste de mal gusto que se atribuye a Marroquín cuando salió de la Presidencia en 1904, luego de ufanarse de nunca haber salido del frío altiplano: «yo no sé de qué se quejan. Recibí un país y les devuelvo dos».
Otros “prohombres”, arlequinescos figurines de una historia criolla bufa y mal contada, recreada por el Teatro Popular de Bogotá TPB en 1974, sigue pidiendo a gritos ser reescrita. Fueron cómplices de esta felonía de lesa patria: Rafael Reyes, José Vicente Concha, Pedro Nel Ospina, Marco Fidel Suárez (“Respice Polum”, “Miremos al Norte”), Miguel Abadía Méndez, Guillermo Valencia, Jorge Holguín, José Domingo de Obaldía, Esteban Huertas y Alfredo Vásquez Cobo… Al final sólo queda el recuerdo vindicador de las diatribas hiperbólicas y cerreras de José María Vargas Vila. El panfletario de América exhortaba desde sus escritos (“Los césares de la decadencia”, 1907) a los hombres libres del Sur, a disfrutar del acre placer de despreciar a Theodoro Roosevelt (“I took Panama”), su política del “Big Stick” (“Gran Garrote”) y su tropicalísima grey de vasallos imperiales.
