Amenaza silenciosa que avanza por ríos y montañas
Los plaguicidas se han vendido como la promesa del progreso agrícola. Pero esa promesa comienza a mostrar su rostro más amargo: ríos con residuos químicos, suelos agotados y una biodiversidad que sobrevive entre fumigaciones.
Cada 3 de diciembre el mundo recuerda una de las mayores tragedias industriales de la historia: Bhopal, India. En 1984, una nube de gas tóxico escapó de una fábrica de pesticidas de la empresa Union Carbide y envenenó a miles de personas mientras dormían. Murieron más de 15.000 con el tiempo y cientos de miles quedaron con secuelas permanentes. Desde entonces, la Red Internacional de Acción en Plaguicidas (PAN International) declaró esta fecha como el ‘Día mundial del no uso de plaguicidas’, un llamado urgente a repensar la manera en que producimos alimentos y el costo humano y ambiental de los químicos agrícolas.
En Colombia, y particularmente en Risaralda, los efectos del uso indiscriminado de agroquímicos se sienten en el paisaje, en el agua y, silenciosamente, en los cuerpos. Durante los últimos años la alerta la han dado por apicultores que ven con frecuencia la muerte de los polinizadores por el uso de plaguicidas en la agroindustria, principalmente el creciente cultivo del aguacate.
Diferentes estamentos del departamento y por años, han analizado las consecuencias del uso de agroquímicos, entre ellos la Universidad Tecnológica de Pereira. Un estudio de esta institución académica detectó residuos de clorpirifos, un insecticida organofosforado altamente tóxico para organismos acuáticos en las aguas del río Otún. Aunque las concentraciones encontradas estuvieron por debajo de los límites legales establecidos en el Decreto 1594 de 1984, el dato no es tranquilizador. Es, más bien, una señal de alerta. (Evaluación del grade de contaminación por pesticidas organofosforados en la cuenca del río Otún, 2008)
“El hecho de encontrar plaguicidas en un río de abastecimiento indica que el sistema hídrico ya está recibiendo cargas químicas constantes”, advierten investigadores de la UTP en sus análisis. La contaminación no es visible, no mata peces de manera inmediata, no provoca noticias espectaculares. Pero es crónica. Persistente. Se filtra lentamente en sedimentos, organismos acuáticos y, eventualmente, en la cadena alimentaria.
La Cárder, autoridad ambiental regional, reconoce que durante muchos años no se contó con datos sistemáticos sobre presencia de plaguicidas en los cuerpos de agua del departamento. Hoy el monitoreo es una prioridad, porque los ríos no solo reciben el agua lluvia: reciben también los residuos del modelo agrícola que creció aceleradamente desde la llamada Revolución Verde.
Suelos agotados
El problema no flota únicamente sobre las aguas. Está bajo los pies de los campesinos. Según el Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC), cerca del 40 % de los suelos en Colombia presentan algún grado de erosión, y el 28 % tiene un uso inadecuado. Risaralda, junto con otros departamentos cafeteros, figura entre los más afectados. Durante los años setenta, el café dejó de crecer bajo árboles y comenzó a expandirse al sol, acompañado de fertilizantes químicos y fumigaciones intensivas. El bosque se taló para abrirle paso al monocultivo y los suelos quedaron expuestos a la lluvia, al viento y al desgaste acelerado.
Los plaguicidas hacen su parte en este deterioro silencioso: eliminan microorganismos benéficos del suelo, afectan lombrices, bacterias y hongos que regeneran los nutrientes. Algunos compuestos persisten durante años y comprometen futuras cosechas. Lo que nació como una solución de productividad se convirtió en un problema de sostenibilidad.
“La caficultura intensiva arrastra graves problemas ambientales”, reconoce un informe citado por Diario del Otún en 2025. Los suelos se empobrecen, la productividad disminuye, la dependencia de insumos aumenta. Es una trampa química.
Cuando la miel también lleva veneno
Tal vez uno de los indicadores más inquietantes del impacto ambiental de los plaguicidas en Risaralda no es un río ni un campo, sino un alimento ancestral: la miel.
Un estudio de la UTP en el municipio de Santuario detectó residuos de plaguicidas organofosforados en muestras de miel producida por apiarios locales. Las abejas, que recorren cultivos de café, caña y hortalizas, regresan a sus colmenas con algo más que néctar: regresan con tóxicos invisibles. (Evaluación de la presencia de residuos de plaguicidas organofosforados en miel de abejas provenientes del municipio de Santuario, Risaralda, Colombia).
No solo está en riesgo el consumidor humano. Está en jaque el sistema mismo de polinización. Las abejas son responsables de una tercera parte de los alimentos que consumimos. Sin ellas, el campo se vuelve estéril.
A nivel global, como lo ha documentado Agencia SINC, los insecticidas son una de las principales causas del colapso de polinizadores. En Risaralda, este fenómeno ya no es teoría: es evidencia.
Aguacate, bosque y silencio
En el occidente del departamento, en municipios como Apía, el auge del cultivo de aguacate hass ha generado denuncias desde organizaciones como CENSAT Agua Viva. Allí, los bosques cercanos al Parque Nacional Natural Tatamá están siendo reemplazados por cultivos extensivos que demandan grandes cantidades de plaguicidas.
El Tatamá es uno de los refugios de biodiversidad más importantes del país. Allí habitan especies como el oso de anteojos y el venado soche. Sin embargo, la deforestación y la agricultura industrial están cerrando los corredores biológicos y fragmentando ecosistemas.
Lo más grave es que no hay estudios oficiales publicados sobre el impacto real de estos cultivos. Las comunidades callan por miedo. Las instituciones avanzan lentamente. El bosque retrocede rápido. (Investigación de La Cola de Rata y La Liga Contra el Silencio en 2021).
Una salida que no es química
A pesar del panorama, Risaralda también es un laboratorio de esperanza. La Cárder, la UTP y organizaciones campesinas promueven hoy prácticas agroecológicas, manejo integrado de plagas, control biológico y sistemas agroforestales.
Volver al café bajo sombra. Proteger franjas ribereñas. Reducir químico y aumentar conocimiento. No es nostalgia: es ciencia.
“El suelo es un organismo vivo”, repiten los técnicos en campo. Y como todo organismo, puede sanar, si se le deja respirar.
No hay malas hierbas
En particular, la aplicación de plaguicidas en campos agrícolas suele disminuir la diversidad de flora arvense (las llamadas “malas hierbas” que en realidad sirven de alimento y refugio para muchas especies), lo que a su vez impacta a la fauna asociada. Asimismo, numerosos estudios han vinculado el uso de insecticidas con la disminución de insectos polinizadores (abejas, abejones, mariposas), lo cual tiene efectos en cascada sobre la regeneración de la vegetación natural y la producción de alimentos.



