“El prudente ve el peligro y se protege; el imprudente sigue adelante y sufre las consecuencias.”
-Prov 22: 3
Diciembre llega vestido de luces, pero entre tanta chispa también entra una sombra que ciega aunque nadie lo note, la pólvora se vende como alegría instantánea, un destello que hace sentir que la noche despierta: luces subiendo, estallando y cayendo, mientras en el fondo queda un eco amargo que casi nadie nombra.
Nos acostumbraron a creer que es tradición, símbolo de “celebración” pero cuando uno mira de cerca, el brillo se vuelve ruido y el ruido se torna en herida; para los animales la fiesta humana se convierte en tormenta; caninos que huyen sin reconocer su propia casa, felinos escondidos bajo camas, equinos que se descontrolan al primer estallido, ellos no entienden de conteos regresivos, solo sienten miedo en un idioma sin palabras, sin poder pedir calma, pero sí dependiendo de que elijamos por ellos.
Los niños con esa curiosidad que brilla más que cualquier bengala, siguen siendo los más vulnerables. Aún les dicen que es “un juguete” o un “no pasa nada”, pero cada año un chispero mal tomado, una papeleta que no explotó o una manito confiada repiten la historia: dedos perdidos, piel marcada, ojos que ya no ven igual; todo por un segundo de luz que jamás vale una vida.
También está el adulto confiado, el que dice “yo sé manejar eso” y enciende el tote como si fuera un juego, la pólvora no distingue edades ni egos, con una mecha traicionera el hospital recibe a quienes creían tener control.
No se trata de apagar la alegría, sino de encender conciencia, la tradición no se pierde por dejar atrás lo que hace daño; la vida continúa sin convertir la noche en tormeto, hay formas más amables de iluminar diciembre sin sembrar miedo ni dolor.
Cada estallido que evitamos es un animal que duerme en paz, un niño que crece sin marcas, una familia que no pasa las fiestas entre curaciones. Ahí empieza una nueva manera de celebrar.

