los pecados de maduro

Más que las acusaciones de ser el jefe del Cartel de los Soles, más que su vida opulenta estrenando relojes, autos, mansiones y joyas, o su deseo intrínseco de atornillarse al poder mediante el fraude en las últimas tres elecciones; más que enviar a la diáspora a centenares de familias; el gran pecado de Nicolás Maduro fue la ceguera voluntaria ante la realidad. Su falta de humildad, su falta de respeto y una carencia absoluta de empatía, incluso con los mismos venezolanos.
Al mundo le quedará grabada para siempre la imagen del dictador bailando en la cena navideña y luego vestido de azul desafiando al administrador del imperio: “Venga por mí, cobarde, aquí lo espero en Miraflores”. Una orden imperiosa salida del corazón y de las entrañas: “venga por mí”.
Jesucristo preguntó alguna vez: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si al final pierde su alma?”. ¿Dónde quedarán ahora esos 1.200 millones de dólares que dicen que tenía guardados? ¿Qué pasará con las mansiones, los aviones, los autos de lujo y las joyas? ¿Cómo será recordado en las memorias de la historia?
Yo conocí la Venezuela de Carlos Andrés Pérez y la de los chavistas y son dos extremos irreconciliables; La primera era la riqueza y la abundancia; la segunda era como entrar en la casa abandonada de un pueblo cualquiera donde la escasez se volvió paisaje.
El mundo está sorprendido. Lo que ha pasado es grave y contundente. Muchas voces se alzan a favor y muchas otras se alzan en contra, pero la historia será la que diga si todo esto en verdad era necesario; para muchos este es el final de una película de terror en la que Maduro olvidó que los castillos de naipes por más joyas que tengan, siempre terminan sucumbiendo ante el peso de su propia realidad; para otros es solo ciencia ficción y el deseo gringo de sacar provecho de una nación que todavía es muy importante.

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