Óscar Osorio Ospina
Si los cultivadores de café le siguen apostando a la venta de sus cosechas sin darle valor agregado y sin aprovechar todo el universo de oportunidades de este renglón agrícola, estarán supeditados al vaivén del comportamiento de la cotización del mercado y a una eventual pérdida de rentabilidad.
Expertos estiman que el café como bebida apenas representa el 5% de la biomasa de este cultivo ancestral, dejando al margen la posibilidad de incursionar en un mercado global tan amplio como generoso.
Con la óptica de avanzar por esos nuevos caminos, la Universidad Tecnológica de Pereira dio apertura a la Maestría en Agronegocios del Café que está próxima a entregar su segunda cohorte de egresados y a abrir las inscripciones para la tercera.
“La maestría tiene dos énfasis principales: el mejoramiento de procesos (por ejemplo, el trabajo de postcosecha, la fermentación o la tostión que requieren no solo conocimiento empírico sino también científico) y el desarrollo de modelos de agronegocios, que es la parte gerencial”, explicó a DIARIO DEL OTÚN Orlando Rodríguez García, director del programa académico.
El docente reconoce que aunque el café ha sido una actividad económica tradicional en el país por más de 100 años, en este momento la economía global es la regla que impera en el mercado económico mundial.
“En este mercado, la actividad cafetera a través de la cadena de valor se divide en tres: la producción que hacemos en países como Colombia, Brasil, Vietnam, la transformación cuyo centro es Alemania y la distribución y consumo en todo el mundo, principalmente en Europa. Y en la medida en que un empresario o una empresa de agronegocios del café pueda moverse dentro de esa cadena de valor va a tener mayor rentabilidad, porque simplemente producir el café y venderlo verde es una parte mínima de toda la cadena de valor, realmente la rentabilidad es lo que sucede después”, asegura.
Esto significa que el éxito radica en factores como la negociación, la capacitación, la comercialización, la exportación, la marca, el marketing, todo lo que le da valor agregado, así que quienes se están quedando con esa rentabilidad no son los productores colombianos sino los comercializadores que están por fuera del país. Y, precisamente, lo que hace la maestría es formar, desde la gestión gerencial, las posibilidades de agronegocios de cada eslabón de la cadena de valor
Al respecto señala Rodríguez García: “la producción es importante, pero también cómo transformar el café, comercializarlo, venderlo, cómo pensar en estrategias de agromarketing y agrofinanzas. El café es solamente una línea de producción, pero su actividad económica tiene muchos componentes y subproductos, no solo es la bebida que es un porcentaje mínimo, realmente el café tiene muchos otros potenciales que se están desperdiciando”.
Entre ese portafolio de posibilidades de agronegocios que ofrece el café figuran, por ejemplo, autopartes, fibras, fibras para la industria textil y de confecciones, aprovechamiento de residuos de café como la pulpa y el mucílago para generar biogás, abonos y fertilizantes, una amplia línea de alimentos, bebidas como cervezas y vinos, entre otros muchos.
“Hay muchos otros potenciales que pueden generar mayores ingresos para disminuir el riesgo de los productores y no quedar atrapados en la volatilidad del precio, que es lo que ha sucedido siempre. El productor depende de cómo se está cotizando el café a nivel internacional o del comportamiento de la tasa de cambio, independientemente de sí él hace las cosas bien o mal”, señala Rodríguez García.
Está demostrado que si un campesino produce un café de buena calidad pero lo vende por los canales tradicionales de distribución, corre el riesgo de quedar a lo que esté el precio del día, pero sí logra escaparse de la volatilidad del precio y darle un valor agregado o diferenciación a su producto para satisfacer las necesidades específicas de un cliente o segmento de público ya identificado no va a depender del precio del día sino de su capacidad de ofrecer el café de acuerdo con los atributos que tiene. “Pero para eso primero tiene que conocer cuáles son esos atributos”, dice el experto.
A la par con ese mundo de posibilidades, hay factores adicionales que tocan con la innovación y la sostenibilidad, puesto que su aprovechamiento disminuye el riesgo de contaminación de las aguas y los suelos.
A partir de los residuos del proceso del café, que normalmente se califican como basura, se pueden obtener productos y subproductos aprovechando el potencial que representan la pulpa y el mucílago. También el ripio o la borra se pueden emplear para fabricar autopartes y otros elementos, logrando el aprovechamiento de la biomasa del café como insumo principal.
Explica Rodríguez García que una finca puede ser autosuficiente a partir del café si incursiona en el uso de éste para obtener abonos, fertilizantes, alimentos, hasta biogás como material combustible para el hogar, evitando la contaminación de las aguas y los suelos.
Otra de las áreas que se están experimentando es que los campesinos consuman el café que cultivan en sus fincas para que valoren mucho más su producto. “Muchos de ellos no han probado nunca su propio café y, por ello, no logran valorar lo que tienen. Es una escena mágica cuando prueban su café, pero no imaginaban que sabía tan rico. Hay que empezar por allí. Porque hay que reconocer el valor de la calidad del café que tenemos y que alguien que lo valora puede pagar un precio mucho más alto de lo que se está pagando en el mercado tradicional”, aseguró.
La Maestría en Agronegocios del Café tiene como visión ser un referente global y la vocación de la cooperación internacional, por lo que trabaja muy de cerca con otros aliados de la cadena de valor, por ejemplo, en Alemania donde están los mejores transformadores del grano y en Finlandia que es el mayor consumidor de café. Esas alianzas se han construido con la Universidad Técnica de Múnich, TUM, de Alemania, la Universidad Emory de Atlanta (EEUU), la Universidad LUT de Finlandia, la Unidad Mondragón de España y la Universidad Politécnica de Cataluña (España), para garantizar que los estudiantes no solo tengan una visión local y se comparen con lo que pueden ver y tocar, sino que piensen global para tomar decisiones locales.



