Epidemia, Peste Negra o Blanca, Ira de Dios, Pandemia. Una larga batalla, a la espera de un vencedor.
Ricardo de los Ríos Tobón
Tan impactante como nos parece hoy, en la TV, la indumentaria de un médico, al ingresar a la UCI para la revisión de un enfermo de coronavirus, después del rito de irse forrando en ropas y mecanismos protectores, así debió parecer en la Venecia del siglo 17, durante las epidemias de Europa, el encuentro en la calle con un hombre, el médico de la época, vestido con una túnica negra y un tapabocas con aspecto de pájaro, que salía a revisar enfermos (o simplemente a confirmar su deceso), armado, a falta de endoscopio, de una larga vara metálica para tocar, apretar y hacer salir pus de las llagas, los llamados bubones, de los enfermos de Peste, o para empujar, de más lejos aún, sus cuerpos y comprobar si estaban aún vivos. Dos estilos, varios siglos de diferencia, la misma intención.
Ahora, en la pandemia del siglo 21 sabemos quién y cómo es el enemigo virulento, cómo ataca, cómo se transmite y cómo puede matar. En aquellos días era al revés: se sabía cómo mataba y se maliciaba cómo se transmitía; pero no se sabía cómo atacaba y mucho menos quién era. Era más difícil la batalla de médicos y gobiernos.
Porque las Pestes, que tal era su nombre antes de que la ciencia las cualificara y catalogara, siempre han estado ahí, al lado de la humanidad, al acecho y a la espera de un descuido para atacar. Y, por cierto, lo hacen con muy buena aplicación.
CUÁNTOS SON LOS ENEMIGOS?
Estudiosos del tema han hecho una clasificación que parece suficiente, aunque seguramente es incompleta. Clasifican las epidemias que ha sufrido la humanidad en diez grupos, a los que llaman, en términos del Apocalipsis, Los Diez Jinetes del Terror. Y hasta les incorporan su nombre en latín, el idioma de la ciencia (y para los cristianos, el de los entierros!)
CÓLERA: Origen bacteriano (Vibrio cholere). Afecta el sistema digestivo e intestinal.
DIFTERIA: Origen bacteriano (Corynebacteium diphtheriae). Inflama las vías respiratorias y digestivas superiores y produce hinchazones de la piel.
FIEBRE AMARILLA: Origen viral (de la familia de los flaviviridae). Transmitido por mosquitos. Fiebres elevadas, cefaleas, náuseas, ictericia y hemorragias.
GRIPE: Origen viral (familia de los Orthomyxoviridae). Dolor, congestión, fiebre, expectoración. Tiene otro nombre más elegante, influenza.
PALUDISMO: Origen parasitario (parásitos del género Plasmodium). Transmitida por varios mosquitos del género Anopheles. Escalofríos, fiebres, náuseas y cefaleas.
PESTE BUBÓNICA: Origen bacteriano (Versinia pestis). Hinchazón de los nódulos linfáticos y septicemia generalizada (infección de todo el organismo por la sangre).
SÍFILIS: Origen bacteriano (Treponema pallidum). Llagas, colapso del sistema nervioso.
TIFUS: Origen bacteriano (varias especies de Rickettsia). Transmitida por la picadura de piojos y garrapatas. Fiebre y cefalea.
TUBERCULOSIS: Origen bacteriano (Mycobacterium tuberculosis). Dolor, infección general, de preferencia en los pulmones.
VIRUELA: Origen viral (Variola virus). Erupciones, fiebres, hemorragias.
El cuadro está tomado de un revista española de 2009. A la vista salta la ausencia, en la lista, de los reciente H1D1 (la gripa porcina) y la Aviar, porque son hermanos (o hijos mutados?) de la Gripe; del Sida, que por destruir las defensas humanas les abre la puerta a virus y bacterias; del ébola, y de nuestro actual Coronavirus con su asombrosa aptitud para contagiarse. Y quién sabe cuántos virus y bacterias estén en proceso de mutación para ampliar la lista de los enemigos.
UNA HISTORIA DE GUERRA
Mientras los humanos iban desarrollando defensas naturales, debieron ser muchas las enfermedades que arrasaron las pequeñas comunidades iniciales. Y en el milenario proceso evolutivo, ambos, las enfermedades virulentas y el hombre, tuvieron que ir afilando sus armas hasta lograr algún equilibrio. Pero éste, en algunos casos, se rompía bruscamente ante la mutación de un virus o una bacteria, y llegaba la pandemia. (Aunque este término está mal utilizado porque pandemia es una palabra moderna, aunque en idioma antiguo).
De las primeras Pestes (porque tal fue su nombre por dos mil años), de las que hay historia escrita, una fue la de Atenas, durante las guerras griegas, 430 años antes de Cristo, epidemia que asoló la ciudad, donde murió su líder Pericles y que los investigadores de ahora han asociado con una tifoidea. Y las crónicas romanas, griegas y bizantinas cuentan historias de epidemias, relacionadas siempre, con un castigo divino; porque, como decían los fariseos, al tenderle una trampa al buen juicio del hijo del carpintero de Nazaret: Maestro, éste leproso, pecó él o pecó su familia?
Hacia el año 540 asoló a Constantinopla (antigua Bizancio) la Peste Bubónica, llegada de Asia Central por las rutas de comercio, y se llevó la tercera parte de la población. Su nombre fue la Peste de Justiniano, por el Emperador, que fue uno de los contagiados que pudo superarla. Aunque investigadores modernos han estudiado a fondo las consecuencias y han encontrado el problema de que, en esos días, la economía de la región no decayó, o sea que la epidemia no fue tan grave y que, por alguna razón, los historiadores presentaron la epidemia como más fuerte. (Y nosotros que pensábamos que las fake news eran invento de ahora!).
Y más tarde, hacia 1240, Gengis Khan y sus mongoles trajeron la Peste Bubónica desde la China hasta el oriente europeo, para atacar todo el continente al siglo siguiente, en 1346, llevada por roedores y pulgas. Pareció el fin de Europa pues la tercera parte de los 75 millones de europeos perecieron en medio de hedor, llagas, desaseo, tratamientos elementales, muchos rezos y una crisis económica y social que detuvo la Cultura Occidental en un momento brillante.
El cuadro de Peter Brueghel, El Triunfo de la Muerte, incorporado en esta página, es quizás la más dramática radiografía de aquella hecatombe, por lo que sobran las palabras.
CÓMO HAN VIAJADO LOS VIRUS
Las epidemias no han sido espontáneas. Su origen casi siempre ha podido ser localizado geográficamente. Y de una región específica, se han difundido porque alguien las ha transportado.
El Coronavirus, lo sabemos, llegó en avión. De Wuhan, en la provincia de Hubei, donde nació, se regó en buses y trenes por el centro de la China. Y desde allí salió exportado, en la garganta y en las manos de viajeros de vía aérea, para Europa y Norteamérica y, por el mismo medio de transporte, para el mundo (incluyendo Matecaña). Y, una vez aquí, la distribución local y regional se ha venido y se sigue haciendo, por vía terrestre. A nuestro estilo.
Pero antes, virus y bacterias habían viajado a caballo. Siglos antes, habían avanzado por tierra, en las ropas y en el cuerpo de los soldados, que eran los grupos humanos que se desplazaban en conjuntos grandes y a marchas forzadas. Porque los comerciantes marchaban en grupos pequeños y casi siempre tan lentamente que un virus tenía tiempo de encubar, matar y desaparecer.
La lepra llegó a Europa por los soldados romanos que regresaban de conquistar el Asia Central.
Y la peste bubónica, la más terrible a la vista y la más temida, llegó a la misma Europa, por primera vez, traída por los soldados mongoles, bien camuflada en las pulgas de las pieles de marmotas, martas o zorros con que los altivos jinetes adornaban su uniforme o hacían más suave la montura, pieles que habían sido parte del botín de la conquista de China, precisamente en la Provincia de Yunnan (un poco más abajo de Wuhan, la del Covid19), donde hasta entonces habían convivido pacíficamente roedores y pulgas, sin que nadie se les atravesara en su ciclo alimenticio.
Después lo haría por mar. Porque un roedor, la rata negra, encontró en el fondo de los buques de madera, llenos de recovecos y pasillos estrechos, el hábitat perfecto, y por allí llegó a los puertos europeos, cuando el comercio y la conquista mundiales se hacían por mar. Y dado que no era época de asepsia, y ni siquiera de aseo personal definido, las casas y bodegas de los puertos fueron su nuevo hábitat. Y como las ratas no habían viajado solas, sino con sus pulgas parásitas, éstas si incorporaron al hombre blanco como nuevo integrante de su ciclo alimenticio. Así llegó la Peste a Europa, por una ruta más directa, a todo el centro del mundo occidental.
Y alguna llegó camuflada entre paños. En 1648, Sevilla era la capital comercial del mundo, la Nueva York de la época, o la Babilonia, como la llamó Cervantes, porque controlaba todo el comercio con América. Y como la peste bubónica había llegado a otros puertos españoles, la ciudad estaba encerrada, en cuarentena, porque ya existía ese tipo de control, y ya se llamaba así. Pero un grupo de gitanos procedentes de Cádiz, puerto ya infectado, introdujo a Sevilla, de manera ilegal y con engaño, un lote de paños, sin saber que éstos portaban pulgas, infectadas en los buques donde habían llegado a Europa. Setenta mil muertos sobre una población de 150.000 habitantes fue el precio de aquellos paños, días de cuatro mil muertos, un hospital que trató 26.700 enfermos y tuvo que dejar morir 22.900, la muerte de cinco de los seis médicos y de 16 de los 19 cirujanos del hospital; más el colapso social y económico de la gran Sevilla. El triunfo de la Peste bubónica.
Los gitanos no tenían esa intención. Sólo vender sus paños. Como tampoco la tienen, ahora, las familias de una ciudad infectada que le hacen trampa a la cuarentena y a los controles de la policía, para pasar sus vacaciones de Semana Santa en su finca de recreo de un pequeño pueblo calentano, donde no ha llegado el contagio, a cuyas tiendas irán mañana a proveerse de abarrotes. Su intención no es transportar virus; sólo pasar sus vacaciones familiares.
UN CRONISTA TRUCULENTO
Sevilla, por su condición de gran ciudad, tenía buenos cronistas. Uno de ellos escribió esta dramática relación: “Todos los días en Gradas amanecían doscientos y muchas veces trescientos cuerpos… A las puertas de las demás Parroquias se hallavan (sic) todas las mañanas amontonados los cuerpos muertos….El intolerable olor hizo cerrar los templos, sacando y trasladando al Santísimo Sacramento a algún decente lugar… Y por faltar donde enterrar a los que tan apresuradamente morían, mandaron los señores de la Junta se hiciesen en diversas partes seis cementerios grandísimos, y se bendixeron (sic)…En estos seis campos, rodeados de profundas fosas, y en otros diez y ocho carneros (fosas) del Hospital de la Sangre incesantemente, día y noche, yva (sic) una multitud de carros cargados de difuntos, y no solo de la plebe, pero (sino de) personas de lustre y calidad, las cuales no podían valerse de (pagar) su entierro… Como yva siempre la furia del achaque creciendo, eran tantos los difuntos que amanecían por las calles, que muchos se quedavan (sic) algunos días sin darles sepultura y otros se quedavan (sic) dentro de las mismas casas, y para sacarlos dellas no bastava (sic) la orden de la Justicia…Y pasó a tanto la desventura que se vieron al principio llevar los muertos atados a una soga arrastrando por las calles” (Pedro López de San Román Ladrón de Guevara, Copiosa relación de lo sucedido…).
Por qué será que leyendo lo anterior se hace una asociación mental con los videos de las calles de Guayaquil, hace diez días? O con los 800 ataúdes de ayer, allí mismo? O con las fosas de la isla Hart de Nueva York? Tan poco habrá cambiado la humanidad en cuatro siglos, o tan fuerte puede ser una pandemia que derrumba barreras que parecían sólidas?
Siguiente entrega: Guerra bacteriológica. La Peste y la Ciencia. La Gripe española. La Peste y los gobiernos. La Peste y la Religión.
La ACADEMIA PEREIRANA DE HISTORIA, consciente de su papel de intermediaria entre la narración histórica y la comunidad, entrega este documento relativo a la historia de las Pandemias.
No es un documento científico, ni religioso, ni político, ni el fruto de una investigación académica. Es un texto de divulgación histórica sobre un tema que interesa actualmente.
La información está soportada en dos importantes revistas españolas: “La Aventura de la Historia”,No. 128, 2009 e “Historia 16” , No. 247, 1996. Más un poco de biblioteca y de Wikipedia.
Y la intención es que el lector vea que las epidemias, antes del Coronavirus, fueron más duras para la humanidad y, sin embargo, el hombre salió adelante.



