La historia sin protagonistas, no sería tal y encontrarlos es el oficio de los comunicadores, pero hay ocasiones en que el profesional se queda impotente ante la dureza de los hechos.
Andrés Botero es un experimentado periodista de la ciudad, su trasegar lo ha llevado por la televisión, el ámbito oficial o público y la radio, que ahora coloniza el espacio digital. Aquel lunes 25, Botero se estrenaba en CM&, como corresponsal desde Pereira, pero jamás podía haber pensado que tendría que informar cómo el eje cafetero casi desaparece del mapa.
“Curiosamente me encontraba decidiendo si seguía en este oficio o no. Pasó el terremoto, revisé a mi familia y me fui de una a trabajar. Lo primero fue ver destruído el edificio donde funcionaba la droguería Alemana, en la carrera 12 con calle 22 y lo peor encontrar al doctor Tejada descompensado, ahí en la esquina, había perdido a su esposa e hija”, relata Andrés Botero, que dice son de esas imágenes que a uno nunca se le borran en la vida. “Fue muy difícil”, cuando siguió caminando los ojos no daban crédito a lo que veía, en la carrera 11 con calle 21, el edificio de Químicos Pereira echaba humo y la gente en la calle no entendía nada, “mientras yo trataba de hacer lo mejor posible”.
Era ese mundo antes del nuevo milenio, escasamente la región había entrado en el uso del correo electrónico y los pocos celulares que había funcionaron horas después. “Para enviar el material a Bogotá, lo hacíamos por el servicio de microondas y para eso teníamos que ir hasta Telecom, que quedaba en la calle 19 con carrera 6”, pero antes de que él tuviera tiempo de reaccionar, desde Bogotá llegaron dos periodistas a quitarles el espacio, pero no se dejaron y armaron la pelotera.
Nadie sabía nada
Esa fue la ocasión en que los Puestos de Mando Unificados (PMU) hicieron su aparición. “El alcalde Luis Alberto Duque convocó a una rueda de prensa allí mismo, cuando íbamos para allá fue la réplica de las 4:30, terrible también. Todo era confuso, no se sabía si había que ir a trabajar, viajar a Armenia era difícil, la Condina no existía”.
Al día siguiente en la calle 22 bis después de atravesar la Avenida 30 de Agosto, bajando al barrio Centenario, sucedió lo siguiente: “Mi camarógrafo Carlos Roa, se había puesto a conversar con una señora que estaba sentada en el andén con dos niños, él me llamó pero estaba llorando. Ella comentó que la casa en Cuba se le había caído, que llevaba un año sin saber de su esposo y que no tenía dónde vivir, ni empleo y para completar tenía tres meses de embarazo”.
No sabían qué hacer, llamaron al alcalde y les dieron albergue. “Mi colega Diana Vega, corresponsal de Caracol, se echó al hombro a esta familia por varios días, hasta dejarlos en una casita en arriendo por Puente Mosquera, después a los niños los recibieron en el Hogar Jardín de la Buena Esperanza para estudiar y luego les perdimos el rastro, pero ave María, historias que uno se queda mudo, le cayeron todas encima a la pobre señora”.

Miedo a las alturas
Enfrentar este tipo de calamidades, aparte de su propia complejidad, genera traumas difíciles de superar y esa es la de este periodista, ya desde el terremoto de 1995, cuando se quedó cinco días sin subir a su apartamento en el cuarto piso, no acepta vivir en un lugar diferente al primer piso y lo mismo les dice a sus jefes: “En incendio cuenten conmigo, si hay vendaval estoy, así como evacuación por terrorismo, pero el día qie sea temblor no cuenten conmigo para absolutamente nada”.
Otras dos cosas que recuerda vivamente Andrés, era que al contrario de la Pandemia, el terremoto los sacó a todos, “Se contaban por montón los fogones de leña en la calle y no se puede olvidar el caos que fue la Galería, donde ahora es la Plaza Cívica Ciudad Victoria, las ruinas de todos esos hoteles pagadiario quedaron inhabitables, el Centro cambió por completo, seis meses después empezaron a hacer las implosiones, fue muy tenaz también, porque en segundos desaparecía el pasado, como le ocurrió a obras monumentales como el edificio de la facultad de Bellas Artes de la UTP en el parque Olaya y la desaparición de un parqueadero antiquísimo en la calle 17 con 10”.
Dato
Andrés Botero recuerda que en Guática se hundió un barrio completo, sacaron a la gente y el barrio lo tuvieron que hacer en otro lugar.
“Pero vea aquí estamos para contar todavía estas historias”.



