Jaime Cortés Díaz
Columnista
Quien en montonera o tendencia digital, gritara o expresara “¡fraude!” estaría a bocajarro de incendiar el país. No era para menos; la agresividad, la injuria y las malas maneras fueron durante la primera parte de la campaña electoral, los combustibles regados que solo esperaban el fósforo para convertir en llanto y ceniza el andamiaje de la nación. No fue el caso, pero ese peligro se anidó en el imaginario común. Cuando las encuestas mostraban el ascenso de Rodolfo en procura de acercarse a Fico (a quien miraban muchos con insuficiente capacidad para derrotar en definitiva al líder del Pacto Histórico), el detrimento cada vez más bajo de Sergio y la estabilidad de Petro, electores preocupados por la ventura institucional y convencidos de un cambio eficaz pero sin traumatismos, en instinto sintieron la posibilidad de juntarse a ello, es decir, a unirse a la pretensión del exalcalde de Bucaramanga, difundiendo la causa por varios medios personalizados hasta ir cuajando el cuento tal como aconteció finalmente. Ya lo habían dicho los mismos candidatos en los últimos foros: nada está decidido hasta que se abran las urnas. Esa fue la suerte y razón del ingeniero, a pesar de sus deficiencias conceptuales.
Por ser pasajero frecuente de taxis, un observador anecdótico sacó la conclusión de constituir los motoristas cauda vital en la cruzada voluntaria y unipersonal, en el sentido de hacer ver a sus usuarios como cierto un desenlace presidencial entre Petro y Hernández, con aseveración por la victoria de este, siendo su ocurrencia, entonces, espantajo de asonadas organizadas, de insurrecciones en campos y ciudades, y a estímulo para desarmar espíritus belicosos. Así fue como se taponaron los resquicios y se esfumó la gasolina.
El buen manejo operativo de la Registraduría, esta vez, demostró la pureza del acto y coadyuvó a mantener la paz en esta instancia. Se espera lo mismo en el proceso de la segunda vuelta.
Las cosas vistas desde la óptica de los acontecimientos, despiertan el interés colectivo por vislumbrar el resultado y en consecuencia a la vinculación a una u otra agrupación en la consecución de adeptos que sumen los déficits actuales de votación para llegar a la meta. Es claro que se está ahora en una contienda diferente y no hay ínfulas de ganancia anticipada. Se contrae todo, por el instante, a reclutar voluntades. ¿Quién lo iba a imaginar? El observador de marras respondió: “ya lo dije, los taxistas”. Chiste o no, la verdad es que la movilización ciudadana tiene un tinte de afán numérico en ambos lados que no se había registrado en tiempos recientes. La ciencia política tiene un reto no de tipo adivinatorio sino de análisis más amplio, no únicamente en escenarios reducidos, también en tinglados mayores incluyendo situaciones ínfimas en calidad de perdedoras o críticas y en potencialidades inducidas, en virtud de lo que de modo coloquial se dice en el póker. “teoría de la carta fallida o buscada”, según el caso, con el fin de orientar planes de acción y prevención. La condición de asombro se presenta por falta de previsión y es de allí donde nace una expectativa distinta de sabor agridulce que permea el triunfalismo de algunos. Andrei Bezrvkov, un intercambiado agente ruso, solía indicar que “el mejor tipo de inteligencia [o analítica] es entender lo que pensará tu oponente mañana, no descubrir lo que pensó ayer”.
En la corta etapa que se da, la recomendación vuelve al día: respeto, tolerancia de tipo cívico, condenación de la violencia, libre ejercicio del derecho al voto y concurrencia masiva. Es necesario pedir a las autoridades de más alto rango, disponer y complementar los mecanismos de seguridad para ambos contendores. Un desfase protectivo es gravísimo para el país y sus consecuencias insospechadas.
La población no puede ser ajena a denunciar cualquier asomo que ponga en riesgo la paz y la integridad de aspirantes o votantes. Los discursos o declaraciones no deben contener alusiones que inciten al desorden público. La jornada que se avecina tiene que enorgullecer a Colombia como una nación digna, de gran cultura participativa y respetuosa de los resultados.
