Por Luis Miguel Cárdenas
Sería principio universal de política que un conglomerado humano, forjado en identidad y pertenencia, erija su sistema social para interpretar su territorio bajo condiciones inalterables de sustancialidad, identificando su sentido y concretando su entorno, evitando así la usurpación del poder por unos pocos imbéciles con la complicidad de un puñado de bestias.
Se insiste en las diferencias reales entre ignorancia e imbecilidad que conforman el cuadro político: no como institucionalidad, sino como sometimiento voluntario que se torna contrario. El imbécil, aquí sometido por dominio ajeno sin razón aparente, revela la perfección de la naturaleza o materia, que engendra unos pocos humanos sapientes, inteligentes, sabios, todo en función del razonamiento puro.
La formación del Estado, con la participación omnímoda de los pobladores, siempre genera inconformidad o dialéctica para erigirse en pichón de filósofo. La explicación radica en que todo humano es individual y egoísta, actúa según su parecer, siendo las mayorías las ejecutoras del mandatito popular vulgar: “Para donde va Vicente, va la gente”.
Esta separación de visiones es instrumentalizada por los inteligentes para explicar la cultura, pero los dueños del poder la aplican para dominar, he ahí la geopolítica como reconocimiento de nación o lugar de nacimiento; país cuando se trazan fronteras aun con identidades y pertenencias idénticas; República para denotar gobierno. No sobra decir que la democracia, gobierno del pueblo, es y será el instrumento de control y dominio forjado por los humanos mismos; los imbéciles la manejan a la perfección, mientras los bestiales, mayoritarios, la acatan sin chistar.
En un mundo imaginado, los pobladores, todos sapientes, deciden actuar en colectivo, defendiendo su territorio idéntico y perteneciente: he ahí la autodeterminación popular. La utopía del momento histórico se sustenta en la indiferencia de un pueblo que exige su dignidad perdida por desidia y humillación premeditada.
Colombia y Venezuela comparten identidad, no obstante divergen en pertenencias. En retórica opositora, el bravo pueblo venezolano contrasta con el débil y manipulado colombiano. No se trata de receptación histórica, sino cultural, atendiendo a hechos y no a los sucesos coyunturales. El abogado bandido de La Esperilla reclama los expedientes de Maduro y su relación con Petro, olvidando deliberadamente su vínculo probado con el señor Saad, testaferro de Maduro. Tilda de mafioso a Petro, cuando el mafioso consumado es ese símil muñequito de Bukele.
Se dice que Petro y Cepeda son guerrilleros, ocultando su lucha permanente por los derechos humanos, especialmente los arrebatados por el narcotráfico, mientras un jefe de ese mundo delincuencial, señalado por la DEA, es un expresidente conocido con el alias del Matarife. Lo particular del momento es la polarización inducida.
Colombia anhela que su pueblo mayoritario razone desde la conciencia ciudadana, abandone el confort de la ignorancia deliberada y la resignación y actúe conforme a su historia pasada y presente: ayer les quitaron todo, hoy lo recuperan, y algunos se resisten en ingratitud desvergonzada a reconocerlo ¿Por qué, entonces, los “uribestias”, “asotrapos”, ancianos envejecidos y jóvenes inducidos por el odio no recapacitan o se apartan? dejando al resto del pueblo decidir conscientemente, olvidando derechas, centros e izquierdas que, aun sin existir, controlan la mente alienada, débil y cobarde hasta el extremo de no entender que Jesucristo fue un humano que murió defendiendo la pobreza y atacando el Imperio romano. Ese Señor sí fue un político coherente y correcto.
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