El fiado, a la orden del día

Pbro. Diego Augusto Arcila Vélez

El siguiente diálogo que leerá a continuación sucedió realmente, mientras este columnista viajaba en un alimentador del Megabús. Sonó el teléfono de la señora que compartía mi asiento: “hola, mona, ¿cómo va la tienda?, yo ya casi llego; estas terapias tan lejos me van a matar, no hay plata que aguante”. La señora hablaba muy duro. Prosiguió: “¿cómo así que don Alberto no ha pagado lo que le fiamos a fin de año? Córtele, córtele el chorro y sáquelo de la lista, cómo para tomar aguardiente sí tiene”. La conversación fue escalando hasta llegar al tema del alza de los precios. La interlocutora, la mona, le dijo que cuando fue a comprar el surtido todo estaba más caro y que le habían dicho que eso pasaba porque habían subido los sueldos. La señora respondió: “ay, no, qué pendejada, ahora sí todo se puso patas arriba, no sé cómo vamos a hacer”.

Yo, a su lado, un poco preocupado y aturdido por su voz tan alta, pero más aún por su angustia, la miré entre sonriente y confuso. Ella, en su espontaneidad, me dijo: “señor, usted parece por su apariencia que no tiene necesidades”. Yo sonreí y, sin contestarle de inmediato, pensé para mí: “si esta señora supiera que de mí dependen ocho empleados y que también estoy preocupado por el alza, aunque necesaria para los trabajadores contratados, pero injusta para personas como ella, que viven de la informalidad”. Entonces le dije: “sí, las cosas están difíciles, ¿dónde queda su tienda?”. Ella contestó: “en mi barrio; vivo de fiar, por no decir de milagro; no tengo ni pensión, ni salud, ni nada de esas cosas que tienen los que trabajan en empresas formales”, e insistió en que no sabía cómo se iba a poner todo.

Paramos en un semáforo y vio una valla de un candidato. Me dijo: “esos son los que se roban todo, nos tienen en la miseria”. Pensé, sin decírselo, que tenía razón: los sueldos de los padres de la patria son exagerados y siempre quieren más. Solo le respondí: “no regale el voto por ninguna teja o bulto de cemento”. En su sinceridad me dijo: “por allá siempre aparecen, nos ilusionan, nos dan cualquier miseria y caemos, y ellos después, a vivir bueno”. Nos bajamos del alimentador y nos despedimos. A juzgar por las cifras de cada año, el sistema de compras al fiado está hoy más vivo que nunca; incluso ha llegado a cadenas de almacenes. El fiado se ha agudizado y seguirá haciéndolo. Los pobres, como doña Elena, la señora del bus, son los predilectos de Dios; de ellos es el Reino de los cielos, nos enseñó Jesús. Por personas como ella debemos cambiar y mejorar quienes tenemos responsabilidades frente a las comunidades. Por lo pronto, recuerdo los letreros de tiendas y almacenes: “hoy no fío, mañana sí”; “el que fiaba se murió, malapaga lo mató”.

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