gilberto trujillo
Don Jaime “El potro” Sierra fue un patricio regional recordado con mucho respeto y cariño; finquero, con cultivos de caña, y ganadero; hábil en los negocios y apasionado por la pesca y la caza. Desde muchos años atrás tuve la oportunidad de asesorarlo en materia de impuestos y a la fecha continúo con gran parte de sus herederos que siguen la línea original de rectitud y legalidad que él les marcó. Entre sus inmuebles, tenía un lote de terreno exactamente en la desembocadura de los ríos Sabaletas y Anchicayá; una casita elemental en un segundo piso, pero con lo indispensable, construida sobre postes de mangle que dejaban el primero para una canoa y una lancha a motor, y el de arriba con camarotes y toldillos contra los zancudos. Una primera vez -reitero, hace muchos años- le pregunté si me la podía prestar y él -con esa generosidad que lo caracterizó- me dijo sin pensarlo que claro. Hablar del río Sabaletas -de esa época- es algo interminable de describir: aguas transparentes, sitios donde se podía pasar de una orilla a la otra caminando y luego una profundidad cerrada donde se obtenía la pesca. Volver años después fue una tremenda decepción: los narcos se habían apoderado del sitio y de lo inicial no quedaba nada; construyeron mansiones y las aguas negras las tiraron al río y lo convirtieron en una cloaca. En la primera pesca, una de las negras nos fritó las sabaletas y quedaron como galletas: deliciosas. En la segunda visita, la negra tuvo un altercado con su compañero y las cosas pasaron a mayor; cuando un visitante trató de interceder por ella, la respuesta de la dama fue ¡No sea metido! Él es mi marido y usted no tiene nada que ver. La moraleja de este escrito se cayó con la llamada de Petro a Trump. Pero la anécdota queda.

