Por: Juliana Correa Agudelo
Dentro de cada uno de nosotros existe una semilla que germina día a día, alimentada por el agua de la confianza y la luz de la calma. Es un crecimiento lento pero constante, no sucede de la noche a la mañana como quisiéramos que pasará; cerrar los ojos y al abrirlos notar un cambio esplendoroso.
Queremos ver magia sin procesos, sin un camino que recorrer, ni una espera que tener. Estamos en un ritmo acelerado que nos lleva a desear frutos de la facilidad, evitando el aprendizaje necesario que corresponde a esa vivencia.
Pero el verdadero crecimiento requiere tiempo. Saber esperar, recorrer etapa por etapa, es como abonar la tierra de la experiencia. Es preparar el terreno para cosechar grandeza, para saborear la fruta fresca que solo la paciencia y la dedicación pueden ofrecer.
La magia que admiramos está hecha de esfuerzo, de práctica, y de virtudes como la constancia y la calma, son resultados que brotan después de pasar por diversos momentos de evolución, uno de ellos es la introspección. Confiando en que cada paso que se recorre, tiene un propósito mayor.
Como lo es, la fuerza de nuestra grandeza que se obtiene al entregar y compartir nuestro servicio, dones y talentos hacía los demás.
Confiar en ti mismo es reconocer que tus esfuerzos son el fruto para hacer magia.

