POR FABIÁN HENAO OCAMPO
Obtener un título con todas las de la ley parece, hoy en día, un acto de masoquismo innecesario. El año pasado viví en carne propia lo que significa enfrentarse a la odisea de la homologación de una carrera de obstáculos, de apostillas, envíos certificados y gastos exorbitantes. Es frustrante constatar que mientras uno se ciñe a la legalidad y al rigor académico, el camino recto se convierte en el más tortuoso, simplemente por el hecho de querer hacer las cosas bien en un sistema que parece castigar la honestidad.
Sin embargo, la realidad nacional nos ha dado una bofetada esta semana. Mientras miles de profesionales sudamos pagando las cuotas de alguna maestría, se ha destapado que en una universidad bogotana existe un auténtico “cartel de los diplomas”. Se trata de una fábrica de cartones que con requisitos mínimos y una ética inexistente, ofrece graduaciones express en cualquier área. Lo más indignante es que no hablamos de casos aislados, sino de una estructura diseñada para saltarse el esfuerzo y convertir la educación superior en una simple transacción comercial.
Las denuncias lideradas por la representante Katherine Juvinao revelan la profundidad de este circo institucional: al menos 24 funcionarios del gobierno central presentaron títulos falsos para posesionarse en sus cargos. A tal punto que un estudiante se graduó cuatro veces en un solo día y el caso de la exviceministra de las juventudes, que obtuvo su título sin haber presentado las pruebas ICFES. Todo esto es un insulto para el país máxime cuando los profesionales falsos terminan ganándose quince o más millones de pesos mensuales sin haber pisado un aula de clase.
Resulta insólito y absolutamente inaudito que el prestigio académico se venda al mejor postor. Esta red de corrupción no solo desprestigia a nuestras instituciones, sino que pone en manos de incompetentes las riendas del Estado. Es una vergüenza nacional que en Colombia, valga más un cheque debajo de la mesa que los años de estudio y sacrificio. Estamos ante una verdadera injusticia en la que los tramposos ganan y los correctos pierden.

