Por: Gonzalo Hugo Vallejo Arcila
El discurso mesiánico de la clase política frente a nuestra patética crisis estructural, forma parte del sempiterno sainete demagógico interpretado por candidatos de diferentes facciones partidistas, un sartal de sofismas que justifican ambiguas posturas electoreras. Brilla por su ausencia el ejercicio veraz de un liderazgo ciudadano orlado de propuestas políticas frescas, pertinentes y vigorosas que encaren los desafíos de los nuevos tiempos. Analistas sociales y politólogos se han dado a la tarea de rastrear los inciertos pasos generacionales de hombres y mujeres llamados X (nacidos entre 1965 y 1980), Y (los millennials, nacidos entre 1981 y 1996) y Z (los centennials, nacidos entre 1997 y 2012). Haremos énfasis en “la generación Y”, cohorte poblacional que ha testimoniado el cambio de siglo y milenio y la crisis de valores y gobernabilidad que sacude el andamiaje nacional.
¿Qué sucedió con los hijos putativos de la sociedad del conocimiento, pobladores de la ruidosa aldea global y sobrinos de la globalización? ¿Qué pasó con ese enjambre urbano de nativos digitales (“eco–boomers”), cuarentones, otrora mozalbetes, atragantados de videojuegos y comida chatarra? Los vemos hablando paja en algún cafetín enclavado en la húmeda callejuela de la sombría ciudad. Deambulan por la ciberautopista rumiando sus nostalgias contraculturales. Escarban en sus celulares uno que otro chisme político furtivo. Entre risas y escarceos teclean morbos baratos, páginas rojas, realitys sosos, fakes news, video juegos fofos, shows faranduleros y somas obnubilantes. A dentelladas y grandes sorbos esta progenie pesarosa digirió el acontecer propio del fin de siglo; febriles y atiborrados de hot dogs, crispetas y Cocacola, asistieron, al estreno del celuloide secular.
El auge y ocaso de las dictaduras; la candente Guerra Fría y el derrumbe del odioso Muro de Berlín; el desplome del Socialismo; el repunte de los grupos de derecha y la égida del paramilitarismo. “La sociedad del cansancio” (Byung–Chul Han, 1910), esculpió el rostro endémico de esta generación infoxicada y voyerista, condenada al rendimiento brutal y alienante, infestada de neuropatologías, drogo–dependencias emocionales y adicciones consumistas. Fueron sido testigos del boom de ONG, derechos de petición y tutelas; ruidosos acordes (reggaetón y Techno); hórridas masacres (Ruanda y Bojayá); criminales deforestaciones (Congo y Amazonas); explosiones nucleares (Chernobyl y Fukushima); tragedias ecocidas (Bhopal y Exxon Valdés); invasiones y guerras fratricidas (Chechenia y Bosnia, Iraq y Afganistán. Ucrania y Palestina) y viles atentados terroristas (11- S y ELN).
Difícilmente han deglutido la realidad geopolítica que los agobia. En la tediosa soledad modular de una oficina o el gregarismo fantasioso de un directorio político; escondidos en sus cálidas utopías anegadas por el crudo invierno del desprecio y la indiferencia, intentan forjar nubosas identidades y construir febriles y frágiles imaginarios. Sus idearios se diluyen en frases apáticas y vacuas; reflejos fractales y fatuos resplandores de consolas, after partys, fugas psicodélicas y delirios metrosexuales. En riesgosos intentos de relevo generacional, combinan espacios y tiempos en su vana lucha contra vetustos paradigmas patriarcales, políticas públicas mendaces y oprobiosas relaciones de poder… Desprecian ese infierno administrativo y burocrático donde se envejece más por el ejercicio rutinario, inane y mediocre que por el ciclo biológico que mide sus adiposos y lentos ritmos vitales.
¡El diálogo generacional, una tarea vital, urgente y necesaria!
Supervisor de educación
gonzalohvallejo@gmail.com

