Iván Tabares Marín
A mis amigos les he recomendado libros maravillosos como Ideas, de Peter Watson (con 14 ediciones) y Decadencia, de Michel Onfray; todos los textos de Steven Pinker, los últimos cuatro de Yuval Noah Harari y todos los de Byung-Chul Han. Sin embargo, aunque el libro de la joven científica Leor Zmigrod tiene alguna falla importante, que señalaré al final de este artículo, creo que es uno de los libros más trascendentales que he leído y que recomiendo porque nos permite entender la condición humana, el futuro de nuestra especie y el fin de los grandes relatos o de todas las ideologías.
Nuestro desafío es planteado por la autora: “Mientras no descubramos como se transforma el cerebro bajo las garras de las doctrinas ideológicas, no podremos gozar de una libertad auténtica”. Y continúa: “Cuando nos venden una ideología, nos dicen que es inmutable y atemporal, pero, en realidad, todas ellas son muy fluidas y móviles”. En otras palabras, no hay ninguna ideología política, religiosa o de cualquier otra índole que merezca el asentimiento absoluto de un ser humano, mucho menos ahora cuando tenemos investigaciones científicas sobre las ideologías. “Una ciencia de la ideología puede ayudarnos a cuestionar nuestros ídolos, nuestras metáforas y nuestras mitologías imaginarias”, dice Leor.
Las ideologías nos dan descripciones absolutistas del mundo y la sociedad, y nos ordenan, cuando creemos en ellas, cómo debemos pensar, actuar e interactuar con los demás, pero muy pocos saben el significado de sus principios como conservadurismo o fascismo, progresismo o comunismo, capitalismo o socialismo, racismo, sexismo, hegemonía identitaria, ecologismo, trascendencia o Dios, cielo o infierno, modernismo o posmodernismo, etc. “Desde el fascismo y el comunismo hasta el ecoactivismo y el evangelismo espiritual, los grupos ideológicos ofrecen respuestas absolutas y utópicas a los problemas de la sociedad, normas estrictas de comportamiento y una mentalidad de grupo a través de prácticas o rituales específicos”.
“Ser un creyente apasionado dificulta nuestros movimientos, lastra nuestra flexibilidad, restringe nuestras respuestas o nos impulsa a cometer actos violentos”. Pensemos en los crímenes de los terroristas musulmanes, el genocidio nazi, los 100 millones de muertos producidos por el comunismo, las atrocidades de guerrilleros, paramilitares y de la Primera Línea; los falsos positivos cometidos por los militares y denunciados desde los años ochenta por el CINEP, la ONG de los jesuitas; la masacre producida por el gobierno Petro al desfinanciar el sistema de salud; la pedofilia del clero o los crímenes de la Inquisición.
No obstante, la autora de El cerebro ideológico incurre en su análisis en un error. Me refiero al dualismo sujeto-objeto planteado por René Descartes en el siglo XVII. Su principio “Pienso, luego existo” establece que el sujeto o yo es una realidad o entidad independiente del mundo o del no-yo y de las ideologías, razón por la cual cada persona puede aceptar o negar esas ideologías. Sin embargo, en un aparte del texto, Leor dice que nosotros no tenemos ideologías, sino que estas se apoderan de nosotros, que es lo correcto.

