El poder de la historia

Sebastián Arango Náder

Últimamente me he reunido con descendientes de migrantes libaneses, sirios y palestinos que llegaron a Colombia hace más de un siglo. A través de amigos o familiares los contacto y, luego de explicarles mi interés en visitarlos y escuchar sus historias familiares, suelo recibir una respuesta. Entre el entusiasmo y el escepticismo, algunos me preguntan: ¿por qué mi historia?, ¿qué tiene de especial la historia de mi familia?
Este proceso ha sido conmovedor y de un inmenso valor. Primero, por escuchar la historia de hombres y mujeres que tuvieron la determinación de migrar cuando los trayectos se contaban en semanas; sin conocer el idioma del lugar al que llegaban; dedicados a oficios que, por lo general, no conocían de antes: una verdadera hazaña. Pero, además, por ser testigo de cómo el recuerdo y el relato de la historia de sus antepasados siguen emocionando a las generaciones presentes.
Los encuentros con estas familias hacen pensar en el poder de la historia para reconocernos como humanos. En el poco tiempo que duran las entrevistas surgen todo tipo de emociones y de reflexiones sobre la condición humana. Lo noto cuando las reuniones avanzan y, además de las historias orales, aparecen fotos, pinturas, cartas, postales.
De la historia solemos esperar que nos dé lecciones, que nos enseñe. No estoy seguro de que esta sea la razón principal para estudiarla, pero sí es cierto que debemos intentar comprenderla. Entendernos como parte de procesos que pueden estar en marcha desde hace siglos o, incluso, miles de años. Esto ayuda a ubicarnos como seres humanos: a sabernos parte de algo más grande, de una colectividad, y a aceptar, al mismo tiempo, que habitamos solo una pequeña fracción de un largo camino. Que mucho de lo que creemos nuevo ya había sido pensado o intentado antes.
Esto es solo parte del poder de la historia. Un saber que algunos dicen hemos abandonado, que poco se enseña a niños y jóvenes. O que, cuando se enseña, no despierta el interés que merece. Sin embargo, creería que el desinterés no se basa en el contenido mismo de la historia, sino en la forma en que la contamos. Existe el riesgo de que, al intentar hacerla más “atractiva”, terminemos por evitar su esencia más profunda: las contradicciones y los dilemas morales de la experiencia humana.
Aun así, debemos pensar en que las historias que aún conservamos no mueran con las generaciones que van pasando. Seguramente, en una de esas historias, la de algún migrante que navegó el océano durante semanas, remontó el Rio Magdalena plagado de caimanes, tomó una maleta y recorrió pueblos vendiendo telas, podemos reconocernos como humanos.

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