El turista en el diván

Por: Neverg Londoño Arias

En la naturaleza genética del ser humano está el nomadismo como una impronta: cambiar de lugar, viajar, recorrer caminos en la tierra, el cielo y el mar. Buscar otros lugares otras personas con sus diferentes modos de vivir en sus exóticas y nuevas realidades: idiomas, horarios, estaciones, paisajes rurales y urbanos, alimentación, costumbres y moneda.

El acto de viajar genera de por sí cansancio físico y emocional. El mundo interior de aeropuertos y terminales de transporte son altamente estresantes. El cruce de fronteras requiere de una gran dosis de paciencia por el cumplimiento de las exigencias de las autoridades en cada lugar.

El viajero puede llegar a sobresaturarse de información, conocimiento y reconocimiento de cosas nuevas, con sentidos sobrecargados y el estrés, el malestar y la desubicación hechos presentes. En ese otro lugar salta el “efecto comparativo”: lo propio enfrentado a lo nuevo, lo imaginado confrontando lo real.

Enfrentar lo bello y lo grotesco, lo increíble actualizado con lo creíble y toda la emocionalidad acumulada que propician el surgimiento de diferentes comportamientos, éxtasis, estados de ánimo alterados, ritmo cardíaco acelerado, miedo, euforia excesiva, locuacidad, mareos, alegrías y frustraciones: consecuencias de encontrar lo esperado o lo no esperado.

Las personas y el mundo que las rodea impactan generando cambios psicológicos y fisiológicos, en muchos casos provocando alteraciones en la salud. El idioma es un asunto de gran complejidad que de momento produce gran desconcierto, pero hay recursos naturales como el lenguaje de señas, la generosidad de las personas y las ayudas de traductores que ofrece la nueva tecnología. El “Jet Lag” es causado por el “desfase horario”, cambio en la franja del tiempo.

Las rutinas del viajero se alteran, sobre todo en sus horas de comidas y sueño.

El “Síndrome de Stendhal” denominado también “Síndrome del Viajero” es considerado como un estado de arrobamiento en el cual “la belleza hace daño”, puesto que se pueden producir alteraciones emocionales y fisiológicas ante la contemplación de lugares, monumentos y pinturas de gran belleza.

En el “Síndrome de Jerusalen” el viajero puede ser víctima de estados de delirio y sentirse identificado con un personaje bíblico.

Y el “Síndrome de París” tiene origen en un estado de frustración al reconocer que París no es lo que se esperaba. El turista siente gran desilusión, frustración y miedo.

Estos estados del cuerpo y el alma nos invitan a disfrutar con la elaboración de un
cuidadoso y sencillo plan de viaje.

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