Etiología de la corrupción. Apuntes historiográficos (V)

Gonzalo H. Vallejo A.

Columnista

La Enciclopedia o Diccionario Razonado de las Ciencias, las Artes y los Oficios” (1751-1772), fue, sin lugar a dudas, la antorcha que iluminó el pensamiento ilustrado del siglo XVIII. “El siglo de las luces” irradió con el fulgor de la razón (“Sapere aude”) los oscuros escenarios humanistas europeos buscando cambios paradigmáticos de índole cultural y político. El Racionalismo con sus postulados filosóficos y éticos, agenciados por una clase social emergente resguardada en artistas y pensadores laicos e iconoclastas, lucharía por liberarse de una fe medieval con sus dogmas anacrónicos y oprobiosos esgrimidos por nobles, curas y reyes, defensores acérrimos del viejo régimen feudal. “Esta obra producirá muy seguro y con el tiempo una revolución espiritual en contra de tiranos, opresores, fanáticos e intolerantes… De esta forma habremos prestado un servicio a la humanidad”.

Así lo dejaría rubricado Denis Diderot en su célebre proemio. D´alembert, Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Buffon, Condorcet, Rameau, Condillac, Vernet, Quesnay y cientos de colaboradores, tejerían el entramado del acontecer cotidiano en esa Europa convulsa, sumida en una crisis estructural sin precedentes históricos. La pobreza y el desempleo desencadenarían el estallido social, consecuencia indefectible del derroche y la inmoralidad de la nobleza palaciega, el saqueo del erario, las escandalosas corruptelas, la ineptitud e indolencia de sus almidonados gobernantes y la mediocridad de una aristocracia decadente. La independencia de las colonias americanas, la Constitución de 1776, la Revolución Francesa de 1789 y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, preámbulo de la Constitución de 1791, serían algunos de sus notorios efectos. 

Corrupción galopante, despilfarro del dinero público, fementido origen divino de la monarquía y honda brecha social existente, fue la cruenta y dramática realidad que contradecía el clamor de justicia, libertad, igualdad y fraternidad. Todo ello fue el combustible que avivó la protesta popular obligando a Luis XVI a decretar la separación de los poderes, convocar los Estados Generales que no se reunían hacía 165 años y reconocer al Estado Llano. La consigna del conde de Mirabeau (“Id y decid a vuestro amo que estamos aquí por voluntad del pueblo y que sólo saldremos por la fuerza de las bayonetas”), la instalación de la Asamblea Nacional, la Toma de la Bastilla, la renuncia y posterior ejecución del rey y su esposa al igual que el establecimiento de una República que seguía rumiando la nostalgia realista, son partes constitutivas de este acontecimiento.

La historia lo registró como “Revolución Francesa”, suceso que no pasó de ser una simple reforma política, una disputa por el poder donde se antepuso el interés de falsos líderes a los intereses y necesidades del pueblo francés. Talleyrand, Lafayette, Danton, Marat, Saint–Jus, Fouché y Robespierre, son apellidos tristemente célebres de los protagonistas de esa farsa política en que se convirtió la lucha enconada por el poder político entre jacobinos y girondinos, partidos que representaban los intereses económicos de las clases que se disputaban el botín fiscal, la representatividad regional y los puestos burocráticos estatales. Napoleón Bonaparte logró despejar con sus habilidosas estrategias políticas y militares, la ecuación política franco-europea. Erigido en emperador, solía decir a sus ministros que les estaba permitido robar un poco, siempre que administrasen con eficiencia.

gonzalohugova@hotmail.com

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