Pbro. Diego Augusto Arcila Vélez
Columnista
En una sociedad que cada día exige más derechos y representaciones, en donde se multiplican las experiencias de todo tipo: social, sexual, de género, políticas y religiosas -que son las que nos ocupan en esta columna-; veo con agrado, pero igualmente con mucha sospecha desde la
fenomenología de lo religioso, el avance galopante y casi con aire de “conquista” de las sectas y movimientos religiosos en el país.
Desde la Constitución del 91 en el artículo 19 que consagra a Colombia a otras confesiones, además de la Católica; pasando por la aprobación en el gobierno de Samper (1998) de muchos de sus derechos y prerrogativas, hasta la semana pasada en el actual gobierno de Petro en donde les dan más visibilidad y poder para: celebrar matrimonios con efectos civiles, entrar a cárceles y hospitales para acompañar espiritualmente, y no tener impedimentos en el desarrollo de sus cultos y creencias; me hace entender que la reflexión debe hacerse con más detenimiento y mesura.
Colombia es uno de los países con mayor número de religiones reconocidas oficialmente; pero muchas de ellas son confesiones de “garaje”, y se prestan descaradamente para mover grandes comisiones de dinero, negocios lucrativos y hasta hay quienes se confunden con partidos políticos, que en el fondo quieren amasar votos e influir de manera descarada desde la fe y sus “creencias”, en el desarrollo de ciudades y pueblos.
Para el ministerio del interior basta la cédula, un local donde se puedan reunir y dos o tres seguidores para otorgarles personería jurídica sin el análisis previo desde lo antropológico, sociológico y teológico que debe tener una religión como factor determinante en un grupo social. A hoy son más de 1.258 iglesias registradas ante el ministerio del interior, muchas de ellas hasta suplantando ya la que por muchos siglos fue la tradicional, la católica; y lo peor sembrando dudas, confusiones y malestares.
He participado como religioso de algunas de estas mesas, he sido invitado para exponer algunas ideas desde la fenomenología de las religiones sobre la importancia que representa el derecho a creer y profesar la fe libremente; pero vaya sorpresa allí -en esas mesas-, de todo se habla, de poder, de política, de cómo avanzar de manera desordenada y confusa en la conquista de fieles; y tristemente menos de Dios, de quien es el fundamento y raíz de toda religión. Conquistar libertades y derechos desde la religión no puede ser un asunto político, Jesús lo afirmó en sus evangelios cuando le mostraron la moneda del emperador César y sentenció: “al César denle lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 21).

