Conrado Alzate Valencia
Tenía yo seis años de edad cuando fue publicado Ingrumá Sonoro, de Enrique Palomino Pacheco (Riosucio, marzo 11 de 1890 – marzo 21 de 1969), quien fue concejal, diputado, locutor, rector del Instituto Nacional Los Fundadores y poeta laureado en varios certámenes literarios.
Enrique Palomino Pacheco y Carlos Emilio Gil (Cegil), son los únicos bardos riosuceños que publicaron libros; los demás dieron a conocer su trabajo literario en periódicos y revistas de la época, pero estos impresos desaparecieron con el tiempo. Palomino Pacheco forma parte de la Primera Generación, según la Cátedra Riosuceña. Y a este grupo de creadores también pertenecen: Jesús María Guevara, Andrés Mercado Vallejo, Andrés Trejos Correa, José Trejos, Simeón Santacoloma, Luis Ángel Mendoza, Emilio Gärtner Ospina, José Tobías Trejos Trejos, Carlos Emilio Gil, entre otros.
Ingrumá Sonoro (Manizales: Editó Manizales, 1968), es un poemario que consta de tres partes: Poemas, Sonetos y Sonetos mínimos y que contiene setenta y dos poemas. Esta obra es un elogio a la patria, a Riosucio, a los fundadores de pueblos, al padre y a la madre del poeta, a su esposa y a sus hijas, a Jesucristo, al periodista, a la palabra, al niño, al médico, a la tristeza, a la caridad, a la mujer, a la poesía y a la muerte. En estas páginas que fueron comentadas por Aquilino Villegas, Jorge S. Robledo, Juan Ramón Segovia, Ricardo Arango Franco, José Ignacio Vergara, Tomás Calderón y la Revista A. B. C. de Buenos Aires, sobresalen ideas filosóficas, antropológicas y místicas.
Notas idílicas
En 1951, La Patria, publicó estas idílicas notas de Juan Ramón Segovia, que exaltan la producción literaria de Palomino Pacheco: “A más de poeta de luminosas imágenes es usted filósofo de esplendidas verdades. Su poesía hace, en ocasiones, llorar. Desgarra el alma. Duele en lo más íntimo. Se entra por las venas y por las pupilas. Recorre la sangre. Arde. Y es verdad de verdades eternas. Es ceniza de los jazmines incendiados, ceniza de alas muertas, ceniza de las piedras malditas, de las manzanas castigadas o de los odres rotos. ¡Ceniza de la vanidad humana! Ceniza. Su poesía es filosofía pura, sin complicaciones, sin laberintos oscuros, sin senderos que lleven al infierno a los pecados sin nombre”.
La tercera parte del libro; es decir los Temas mínimos, son una apología de las cosas sencillas y los seres elementales, poetizados con sarcasmo, una de las características de la literatura carnavalesca de Riosucio; sonetos donde es frecuente el símil y la enseñanza y que fueron ideados tal vez para denunciar los defectos de esta incorregible humanidad.
Por sus líneas discurren entre otras las siguientes cosas: la escoba, el fósforo, la cáscara, la lámpara votiva, la gota de agua, el sobre, el tintero, los pies, la hilacha, el alfiler, las tijeras, el palillo, el andamio, el dedal, la aguja, el micrófono, la pavesa y el cenicero. Y algunos seres mínimos como el comején, la cucaracha, la mosca, la pulga, el grillo, la polilla y el zancudo.
Tanta resonancia tuvo las anteriores creaciones que el mismo Juan Ramón Segovia, expresó con sincera emoción: “Nadie, en efecto, le había cantado a los elementos que usted, con sutiles palabras y con imágenes de inefable arquitectura, le canta. Usted ha puesto un soplo de eternidad poética en la carne elemental del zancudo y del patojo, del lustrabotas y del idiota que va por los caminos de la tierra ‘sin inmutarse por nadie ni por nada’. Usted, querido Enrique Palomino Pacheco, ha puesto un hálito de alegre claridad en la llama del mechero, en la tristeza del pucho, en el polvo de la escoba o en el filo ardiente de la tijera! Cuán difícil, amigo, ser poeta como usted y tener el corazón tan lleno, tan lleno, de celeste poesía”
Y Jorge S. Robledo escribió acertadamente: “Si el genial poeta de Cartagena, el Tuerto López, empequeñece poéticamente lo grande, Palomino Pacheco sublimiza y engrandece poéticamente lo pequeño…”.
Bajo el puente del tiempo han corrido las aguas de los lustros inexorables que se han llevado muchos nombres hacia el mar del olvido, pero Enrique Palomino Pacheco aún está en los labios de sus coterráneos, y la lámpara esplendorosa de su poesía sigue iluminando la Ciudad del Ingrumá.
Sonetos de Enrique Palomino Pacheco
La palabra
No me conmueve el mar con su grandeza
ni el cielo con su espléndida hermosura,
ni me asombra el diamante que fulgura
en la diadema de imperial nobleza.
No me hace enmudecer naturaleza
con su armoniosa y múltiple estructura,
ni me abstrae la prístina criatura
que sorprendió al edén con su belleza.
Sólo mi ser doblega la rodilla
ante la sorprendente maravilla
que el mismo Dios en el cerebro labra.
¡Entonces, sí, con encendido acento,
admiro la eclosión del pensamiento
y el infinito don de la palabra!
A Riosucio
I
Las rútilas estrellas de tu cielo,
oh patria de mi madre y mis amores,
son diamantes de vívidos fulgores
bajo un dosel azul de terciopelo.
De mi nostalgia en el constante anhelo
de volar hacia ti con mis dolores,
miro en tu cielo convertirse en flores
los astros cuya luz baña tu suelo.
Mirándote de lumbres coronada,
lejos de ti, mi cuna idolatrada,
la tristeza me hiere y apostrofa;
y en tanto que los astros languidecen,
tus recuerdos en mi alma resplandecen
y hacen vibrar las cuerdas de mi estrofa!
II
¡Tierra! ¡Mi cara tierra! ¡Tierra mía!
El valladar del tiempo y la distancia
no impide que yo aspire la fragancia
que exhala de tu ser la lozanía.
Todo es en ti perfume y poesía,
todo es amor y fe, luz y abundancia.
En tus fecundas ánforas se escancia
la dulcísima miel de la alegría.
¡Todo lo adoro en ti, mi dulce tierra,
desde el alto picacho de la sierra
hasta el negro carbón de tus entrañas.
Por eso, en la penumbra en que me pierdo,
siempre llevo en el alma tu recuerdo,
amándote al través de las montañas!
El fósforo
El fósforo y el hombre se parecen,
existe un algo que los hace iguales,
ambos tienen fulgores siderales
y, como todo, nacen y perecen.
Luchan contra la sombra, resplandecen,
persiguen unos mismos ideales
y, de la muerte al fin en los umbrales,
ambos con un suspiro desaparecen.
¡Ser fósforo y ser hombre da lo mismo
de esta vida en la lucha transitoria,
ambos tienen su luz y su egoísmo,
mas, al sentir el frío de la escoria,
el fósforo fulgura en el abismo
mientras el hombre sube hasta la gloria!
La lámpara votiva
El Arcano, el amor y la Esperanza
son el aceite de la humilde lumbre
que va hasta el trono de la excelsa cumbre
a donde sólo el pensamiento alcanza.
Es símbolo de gloria y de alabanza,
es recatada flor de mansedumbre,
es del cielo beatífica vislumbre
y es mensaje de amor y de confianza.
¡Tal así como lámpara votiva
quiero que mi alma como llama viva
por Dios y por la patria siempre irradie;
que por todo lo bueno resplandezca
y que jamás su lumbre se oscurezca
por el rencor y la maldad de nadie!
El grillo
¡Serenatero tropical! Tu canto
no excita el apetito de la envidia;
al roce de tus élitros fastidia
hasta en la soledad del campamento.
En las grietas sin luz del cal y canto
se prolonga tu atávica desidia
y, del hombre esquivando la perfidia,
te escondes de la noche bajo el manto.
Tú no sientes jamás melancolía,
para ti no hay verano ni hay invierno
y, mientras duermes al calor del día,
tu destemplado diapasón eterno
ensaya con diabólica alegría
el monótono canto del averno!



