La moderación y el realismo

Por: Sebastián Arango Nader

El actual escenario político colombiano nos plantea una disyuntiva incómoda: elegir entre la moderación y el realismo. Quienes hemos respaldado posiciones mesuradas nos preguntamos si esta vez nos tocará abandonar el ideal del difuso y errático centro político para asumir una posición más realista. Todo indica que la estrategia de los extremos les está funcionando: se alimentan mutuamente hasta forzar un encuentro final, un “duelo” que amenaza con repetir el escenario de 2022. De nuevo, escoger entre los extremos.

Ante este panorama, vale la pena preguntarse por qué seguimos defendiendo la moderación. Ya los griegos reflexionaron sobre ella a través del virtuoso “justo medio” de Aristóteles: ese espacio intermedio que se sitúa entre el exceso y el defecto, y que se traduce en prudencia. Un lugar desde el cual pensar y actuar evitando los impulsos desbordados.

Frente al convulso momento que atraviesa el país resulta evidente que se requiere de la mayor prudencia para gobernarlo. Tras cuatro años de esta administración, las demandas sociales que lo ayudaron a elegir siguen vigentes. Una gestión errática defraudó muchas de las promesas electorales e, incluso, en varios frentes empeoró las condiciones de vida de la población. Con todo, sería de ciegos negar que la sociedad colombiana tiene asuntos urgentes por mejorar en materia de salud, educación, formalización del empleo, acceso a la vivienda y servicios básicos, entre otros. En ese caso, la moderación vendría de reconocer el estado en el que quedan estos asuntos tras el actual gobierno, rescatar lo que ha funcionado y corregir lo que se hizo mal, asumiendo que las demandas sociales deben tramitarse dentro del sistema político y no por fuera de él.

Pero junto a la moderación aparece el realismo. Las alarmas están encendidas y son muchas las señales que advierten sobre el riesgo de una deriva autoritaria. Hasta ahora, el sistema de pesos y contrapesos ha funcionado: ha logrado contener varios intentos de saboteo a las instituciones. Sin embargo, no es claro cuánto más podría soportar otro periodo de presiones constantes antes de empezar a resquebrajarse, hasta que el dique termine por romperse.

El realismo parece sugerir que la única forma de contenerlo es irnos al extremo, que no parece haber alternativa viable distinta. Nos advierte que, si no se detiene a tiempo ese avance, el costo será mayor cuando las posiciones radicales hayan logrado cooptar las instituciones que hasta ahora las han contenido.

El panorama es desolador para quienes creemos en la moderación y la mesura. Sin embargo, las circunstancias parecen obligarnos a escoger entre el ideal del justo medio y los extremos. La diferencia es que hoy ya conocemos, en carne propia, los alcances del radicalismo. Y todo indica que, aun a nuestro pesar, nos veremos forzados a ser realistas.

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