Viene echando raíz, como hierba mala, la idea errónea de que la naturaleza y el hombre son elementos antagónicos, como si este último no fuera parte orgánica de ella. Es allí cuando aparecen agentes ‘verdes por fuera’, unas especies de brotes de las tendencias globalizadoras impulsadas para tratar de corregir los problemas creados por la misma globalización, actuando como pulgas de perros que intentan morderse la cola.
Conforman escuadrones interinstitucionales dedicados a presionar campesinos de los páramos, como en Risaralda y otras zonas del Parque Nacional Natural los Nevados. Y no me refiero a los terratenientes con quienes la Agencia Nacional de Tierras intentó hacer un negocio con sobrecostos, sino a las familias de pequeña y mediana producción que habitan veredas en zonas que baña la Laguna del Otún. Un día, quienes transan con la globalización, decretaron de manera inconsulta — lejos de la realidad social— una ley de páramos para delimitar la actividad campesina. A priori, el Plan de Desarrollo de Juan Manuel Santos fijó las bases. Entonces vinieron leyes, resoluciones y normas de protección, sostenibilidad, gestión, frontera agrícola, lineamientos de zonificación y delitos contra los recursos naturales.
De manera gradual arrinconaron al campesinado de la alta montaña quienes acumulan decenios cuidando estas tierras, fueron señalados como causantes de delitos ambientales. Son víctimas de una política de enfoque punitivo, con su antagonismo en el modelo económico del que no rehúsa ningún gobierno, incluso el de Petro que en campaña dijo “que la delimitación de los páramos era una trampa contra el campesinado…” pero alcanzado el poder, la mantiene aceitada mediante instituciones bajo su mando. Mientras persiguen una tenencia de cincuenta vacas o cabras en el páramo, de subsistencia campesina y parte de su tradición y cultura, les ofrecen como alternativa viajar largas horas a comprar una caja de leche producida por las grandes multinacionales que años atrás conquistaron el mercado lácteo nacional, empujando, recordado sea, más campesinos a la pobreza; compañías, esas sí, aportantes en números superlativos a las fuentes de contaminación global.
No se puede normalizar que un agente de una institución ambiental, con sus propias penas a espaldas, que acumula millas, pero le molesta la vaca del campesino, intente dictarle el modo de vida a una familia paramuna que contribuye a la soberanía alimentaria, y ambiental, porque son la última línea para frenar el apetito de las compañías verdes sobre los recursos naturales de estas zonas. Estos campesinos no solo estorban a algunos “progresistas” de la ciudad, también a magnates como el americano Jeff Bezos, quien, en nombre de la filantropía neocolonial, ansía invertir en estas áreas protegidas.
En respuesta, habrá que seguir el ejemplo de las familias de los páramos de Boyacá, movilizados en agosto para defender sus tradiciones, territorios y economías de pequeña y mediana escala. Familias con las que compartí en el Cocuy y acordamos promover esfuerzos nacionales. Así las cosas, campesinos de Berlín y demás veredas aledañas en Pereira, ¡hay que movilizarse!

