En el lenguaje cotidiano lo singular equivale a único o extraordinario. En física se refiere a un lugar del espacio-tiempo donde las leyes conocidas colapsan, como en caso de los agujeros negros. Y en matemáticas a resultados incomprensibles como el producto de una división por cero. Esos eventos singulares nos indican que hay límites al entendimiento. Ahora, por si lo dicho fuera poco, nos hablan de otra singularidad; el momento en el cual las máquinas van a tener una capacidad de discernimiento igual o mayor que los humanos y la están pintando grave. Raymond Kurzweil, músico, empresario y el inventor del sistema por el cual se puede transformar un texto escrito a oral, anuncia que en un futuro muy cercano el ritmo del cambio tecnológico será tan rápido y su impacto tan profundo, que la vida humana se transformará irreversiblemente. Dice que ocurrirá en un plazo tan breve como la mitad de este siglo por lo que gran parte de la población actualmente viva tendrá la oportunidad o el riesgo de sentirlo. Sus predicciones tienen algún fundamento: tres años antes de la caída de la Unión Soviética advirtió que ocurriría en parte como consecuencia de la introducción del internet y la telefonía celular. Ahora, basado en que la capacidad de cómputo se ha multiplicado por millones de veces en los últimos veinte años y su costo se ha reducido por trillones, espera que la inteligencia profunda o general sea una realidad a muy corto plazo impactando todas las actividades humanas. En cosas tan determinantes como el estudio de los idiomas que será innecesario por el uso cada vez más extendido de los traductores simultáneos. Todo eso está explicado en el libro “La singularidad está más cerca”, lectura recomendada para las vacaciones o simplemente para salir de temas tan fastidiosos como los trinos presidenciales.
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