Las crecientes funcionalidades del campus verde de la UTP

En días recientes la Universidad Tecnológica de Pereira anunció que incorpora 6.5 nuevas hectáreas al corredor ambiental, consolidando así un campus con casi el 60 % de espacios de naturaleza viva. Es la universidad de Colombia con la mayor área en bosque en su sede principal. El hecho, con tal vez menos focos de los que merece, es de gran importancia para la universidad y para una ciudad que viene discutiendo la necesidad y relevancia de ampliar las áreas de bosques urbanos y la conectividad con los corredores ambientales. 

En esta ocasión me propongo enfatizar en lo atinente a las funcionalidades. Para empezar, la ecológica, caracterizada por procesos de sucesión que allí han permitido sustituir de manera natural los organismos que la integran, lo que a su vez afianza la capacidad de interacción entre estos y los elementos propios del hábitat. Cuando este proceso tiene lugar, digámoslo de alguna manera, en una unidad diversa de conjuntos, eclosiona un ecosistema sano que proporciona servicios ecosistémicos de los que se benefician, tanto la comunidad universitaria como el entorno inmediato y un amplio rango de la población.

Pero lo avanzado en la materia no culmina allí, pues parte considerable de las áreas verdes del campus no son solo espacios limitados a la vegetación, sino que cuentan con particularidades afines al rol de la funcionalidad social, contribuyendo con el bienestar de los ciudadanos. Para argumentar tal alcance es viable traer a colación lo que algunos autores, como Restrepo (2009), llaman “el criterio de aceptabilidad”, mediante el que áreas verdes como estas, más allá de ser atractivas para la población que las circunda y visita, disponen de tres criterios generales: seguridad, tranquilidad y accesibilidad. Todas presentes en este caso. 

En este orden, lo planeado a nivel institucional y lo desarrollado desde el Jardín Botánico de la UTP, impacta de manera favorable en los indicadores tenidos en cuenta para mitigar la huella ambiental, cubriendo terrenos que —a estas alturas— ya hacen parte de la expansión urbana, con alta densidad poblacional. Muchos son los aspectos que podrían explorarse a profundidad: los aportes a la reducción de la contaminación atmosférica, la amortiguación de los cambios del clima y del ruido; el mejoramiento en la calidad visual del paisaje, frente al que no son pocas las estimaciones para los parques y jardines urbanos a través del método de valoración contingente y otros. Está estimada, por ejemplo, la valoración en pacientes médicos que se recuperan en espacios con zonas verdes, y de igual manera, la potenciación del desarrollo cognitivo y recreativo de la población en etapas de aprendizaje escolar.

Configura este hecho un ramillete de beneficios ecosistémicos con externalidades positivas que merecen su reconocimiento y apropiación. Ojalá sea también un impulso para que florezca un marco nacional económico más generoso con estas áreas universitarias, que cumplen funcionalidades ecológicas, sociales y educativas, importantes para el campo del aprendizaje, la salud y el bienestar colectivo.

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