Por Juan David Ortiz Sepúlveda
Vivimos en una sociedad obsesionada con la inmediatez. Desde la entrega de comida a domicilio hasta la gratificación instantánea en redes sociales, todo debe ser “ya”. Este afán por obtener resultados rápidos también se manifiesta con fuerza en el ámbito del bienestar físico y la nutrición. Después de temporadas de indulgencia como vacaciones o fiestas muchas personas buscan soluciones relámpago para recuperar su figura. Sin embargo, este impulso, lejos de ser una estrategia eficaz, podría estar minando la sostenibilidad de los hábitos saludables y contribuyendo a la deserción prematura de los planes de entrenamiento y alimentarios.
Cortar calorías de forma drástica, por ejemplo, se percibe erróneamente como la vía más directa hacia la pérdida de peso. Esta creencia, no respaldada por la evidencia científica, alimenta comportamientos contrarios a la salud física y mental. Estudios recientes han demostrado que las dietas muy hipocalóricas pueden provocar una reducción del metabolismo basal, pérdida de masa muscular y un aumento en los mecanismos biológicos que favorecen la recuperación de peso una vez cesa la dieta (Hall et al., 2016; Müller et al., 2015). En otras palabras, lo que se intenta evitar el aumento de peso se vuelve más probable cuando el cuerpo entra en modo de “supervivencia”.
Además, la literatura contemporánea sugiere que los enfoques extremos tienden a ser insostenibles. Un análisis longitudinal de Sainsbury et al. (2022) observó que las personas que adoptaron dietas drásticas mostraron tasas significativamente más altas de abandono de programas de ejercicio y nutrición comparado con quienes siguieron planes estructurados, progresivos y personalizados. Esto se relaciona con el agotamiento psicológico: cuando los cambios no son realistas, la frustración se acumula y las probabilidades de retomar hábitos antiguos aumentan.
El impacto no es solo físico. Las prácticas asociadas a la búsqueda de resultados rápidos se han vinculado a una mayor prevalencia de pensamientos y conductas desordenadas hacia la alimentación. Un metaanálisis de Byrne et al. (2023) identificó que las restricciones severas pueden desencadenar un ciclo de restricción-binge (atracón) y sentimientos de culpa, deteriorando la relación con la comida y con el propio cuerpo.
El reto, entonces, está en cambiar el foco. En lugar de perseguir números en la balanza a corto plazo, debemos promover estructuras que integren la actividad física, la alimentación balanceada y el bienestar emocional como procesos continuos y sostenibles. Como argumenta Mann et al. (2021), los cambios graduales que respetan la fisiología individual, la calidad nutricional de los alimentos y el disfrute del movimiento tienen mayores tasas de adherencia a largo plazo.

