Por HÉCTOR TABARES VÁSQUEZ
Figuran irredimibles, infinitas e inapelables las carreras de la humanidad en busca del poder y del dominio, siendo la base principal, el eje del engranaje, la guerra, la violencia, el arrebato, llamado irónica y sarcásticamente, conquista. Detrás de toda la parafernalia, cunde en respaldo, en ayuda, en ejercicio de teorías, los credos, los dogmas, tal cual en el sitio apropiado, llenos de sanos deseos, de ideologías de diverso tipo amparando, comulgando y solidarizándose en el cometido y el fin perseguido. La historia nos llena de capítulos y de lecturas inmensas, tratando de explicar, interpretar todas las hazañas realizadas, para poco o en mucho, llegar a ser las detentadoras de la supuesta cultura en esencia de la educación y de manera menos agresiva de llevar a cabo la conducción de los pueblos y de las civilizaciones. Paralelamente van surgiendo las hipótesis, las doctrinas, los idearios, cada una en su lugar y ubicación plenos de propósitos, de vanos intentos de domeñar la bestia encubada en los territorios, asiento de propiedades y posesiones. Además de ir engrosando la serie de comunidades expertas en cubrir los anhelos y empeños de quienes fungen de adalides y mantienen la dirección y el mando. Y uno encuentra que todo es maravillosamente real, participando de situaciones y de momentos considerados el producto y resultado de generaciones cargadas de paradigmas y de actos en la misión de dejar legados de principios y de buenos ejemplos a efecto de conservar tradiciones y también la capacidad de continuar gobernando. Desde luego, dentro de ese armado y de esa elaboración colosal y sempiterna, asoman. Inevitable e imperativamente, las consignas partidistas, las cuales se convierten en especie de ideas inmodificables y repletas de buenas intenciones, incluso adornándolas y maquillándolas a través de las denominadas Constituciones orientadas a preservar la paz y la sana convivencia. Indudablemente han servido y son herramientas útiles y constructivas en cuanto al objetivo general. Empero, existe un vacío de carácter asaz personal y lógicamente de condición utópica e imposible de concretarse en hechos específicos y ciertos, como lo es lo atinente a la parte moral, ética y quizás espiritual, consistente en no mostrarnos muy contundentes en señalarle al ciudadano la obligación de obrar correcta y honradamente en lo concerniente a las relaciones de sus semejantes; si es de izquierda, derecha o centro, a los demás es necesario respetarlos porque el mundo no es de la exclusividad de nadie en especial, pues si fuimos puestos aquí no era precisamente en pro de hacer distinciones belicosas y violentas. Fue en bien de disfrutar de la naturaleza extendida así hubiera sido creada en función universal.

