Gonzalo Hugo Vallejo Arcila
Simona Kossak fue una bióloga, líder ecologista, profesora de ciencias forestales, activista protectora de recursos naturales y divulgadora de la sabiduría que escondían los frondosos bosques polacos. A veces se refería a sí misma como una “zoo–psicóloga” y se jactaba de ser una animalista impenitente. Durante más de 30 años vivió en una cabaña en el bosque de Bialowieza, sin electricidad ni acceso al agua corriente. La llamaban “la bruja”, porque hablaba con los animales. Había establecido un refugio para ellos y una clínica veterinaria para su cuidado. Un lince con el que dormía y Zabka, un jabalí hembra, vivieron con ella durante 17 años. Una camada de ciervos la consideraba su madre. Su compañero, el fotógrafo Lech Wilczek, documentó testimonial y fílmicamente su boscosa y singular vida. Su programa radiofónico (“¿Por qué chirría la hierba?”) se hizo memorable.
El libro sobre el hábitat natural animal de Anna Kamińska, fue una colección de historias que Simona Kossak contaba a sus oyentes. La producción creativa de la profesora Kossak, una documentación original e inédita incluía cientos de estudios científicos condensados en libros y monografías audiovisuales divulgativas. Simona creía que la clave para la felicidad terrenal, era vivir de manera simple y muy cercana a la naturaleza. Fue así como convirtió su vida en una obra de arte. Durante décadas vivió rodeada de sus amigos sintientes y decidida a proteger uno de los últimos bastiones boscosos vírgenes de Europa. Fue a través de la fotografía, el cine y la lecto–escrituralidad cómo transformó su historia en un bello y testimonial relato. Nos dejó una gran lección: la conexión más poderosa que tenemos no es con el desarrollo tecnológíco, sino con nuestra madre tierra.
El biólogo E.O. Wilson utilizó el término “biofilia” (amor a la vida), para describir esa profunda e íntima conectividad con los habitantes del mundo natural, empatía que semeja al tambor de la vida redoblando los latidos de nuestras historias vivenciales. Simona y Lech vivían en el bosque de Białowieża, en una cabaña de guardabosques al ritmo de las estaciones y con sus queridos amigos: ciervos, tejones y zorros; martas, cigüeñas blancas y negras, búhos, gallinas y un lince; el cuervo Korasek, la jabalí Zabka y su burra, Hepunia. Una multitud de criaturas heridas y huérfanas llegaban a su puerta y, una vez recuperadas, iban y venían libremente. Algunas, como Zabka y Korasek, se quedaron a vivir allí. Dziedzinka eran hospital y hogar, laboratorio de observación y lugar de paso. Todo ello se convertía en un raro momentum en el que la vida simple y natural “fluía, refluía y confluía”.
Uno de sus biógrafos escribía: “Cada Nochebuena, Lech y Simona decoraban el abeto frente a la casa. Las ramas se adornaban con serbas, manteca, manzanas y frutos secos, la comida favorita de los pájaros silvestres. Dejaban un montón de heno para los ciervos que pasaban por Dziedzinka, de camino hacia el bosque. Zabka, la jabalí, recibía una hogaza de pan, cuencos de bellotas y una cesta de manzanas adornada con ramas de abeto. Zabka vivió con Simona y Lech, en Dziedzinka, durante 21 años. Paseaba libre por el bosque donde sólo Korasek, el cuervo juguetón, la aterrorizaba. Cuando llegó la hora, fue a buscar a Lech y Simona; los condujo hasta su casa; miró hacia atrás para asegurarse de ser seguida. Se tumbó en su nido de heno en aquel jardín donde había vivido toda su vida. La acariciaban y le hablaban con dulzura. Todos lo sabían… Entonces Zabka murió”.
Supervisor de educación

