Padre Pacho
El pasado 7 de diciembre quedará grabado en la memoria y en el corazón de nuestra comunidad; mientras celebrábamos los 90 años de historia, fe y servicio de nuestro templo de Valvanera, el fuego irrumpió en el altar mayor, llevándose consigo no solo imágenes y estructuras, sino también silencios sagrados, lágrimas contenidas y una profunda sensación de impotencia. Ardía el altar, y con él parecía arder también una parte del alma de este pueblo creyente.
Ante el dolor, es humano preguntarse: ¿por qué, Señor?, ¿por qué permitir que el fuego toque lo que ha sido casa de oración, refugio de esperanzas, testigo de una fe que no se apaga? Sin embargo, la fe no niega el dolor, pero se niega a quedarse atrapada en él. La fe cristiana no se construye sobre la ausencia de sufrimiento, sino sobre la certeza de que Dios nunca abandona, incluso cuando todo parece consumirse.
La Escritura nos recuerda que Dios es especialista en levantar lo que parece perdido. Él hace brotar vida donde solo hay cenizas, esperanza donde hay ruinas, y futuro donde el presente duele. Así como el pueblo de Israel regresó del exilio para reconstruir el templo, hoy también esta comunidad está llamada a descubrir que el fuego no tiene la última palabra.
Porque el templo no es solo piedra, madera o altar: el verdadero templo es el pueblo que cree, que ora, que se sostiene unos a otros, que no pierde la confianza. El incendio tocó el altar mayor, pero no pudo quemar la fe; oscureció los muros, pero no apagó la luz del Evangelio; estremeció corazones, pero no destruyó la esperanza.
Hoy, entre lágrimas y preguntas, Dios nos susurra que no estamos solos. Nos levanta con la fuerza de la solidaridad, con las manos extendidas de un pueblo que cree, con la certeza de que cuando una comunidad confía en el Señor, Él mismo se convierte en arquitecto de la reconstrucción. Lo que se levante no será solo un templo restaurado, sino una fe más madura, más unida, más consciente de que todo lo esencial permanece.
Desde las cenizas, Valvanera vuelve a ponerse de pie. No por sus propias fuerzas, sino sostenida por Aquel que prometió estar con su pueblo todos los días. Hoy caminamos entre escombros visibles, pero también entre semillas invisibles de esperanza.

