H?ctor Tabares V?squez
Columnista
Alguna vez le? acerca de un adagio chino: ?Donde hay muchos polic?as, no hay orden, y donde hay muchos jueces, no hay justicia?. Es probable la frase no est? en el contenido exacto, pero si en el mensaje, en la medida en que no habr? una mejor caricatura y descripci?n de nuestro medio natural. En diversos puntos del planeta, sitios en los cuales se respira un aire de tranquilidad y de seguridad en momentos del tr?nsito o de residencia, del diario discurrir, no es muy visible el uniformado.
No obstante, en el ambiente podemos tener la absoluta convicci?n respecto de la protecci?n al ciudadano, de la defensa de la propiedad privada, de la presencia de ellos en el caso de verse exigida una actuaci?n. A la par, la soluci?n de los problemas de una comunidad, en amplitud y complejidad, igualmente poseen unos soportes legales y jur?dicos de vasta trayectoria, despojados sus organismos de colosales principios y de abundantes argumentos constitucionales, de la proliferaci?n de entidades encargadas de su aplicaci?n.
Contrario sensu, nos caracterizamos en una dimensi?n ultra, alrededor de las instituciones, quienes las componen y somos campeones en la divisi?n de fuerzas cuya misi?n es la de laborar en consonancia, a efecto de los logros y objetivos, apenas obvios en una sociedad preciada de una aut?ntica democracia y de enarbolar banderas de libertad. En la actualidad, pese a los esfuerzos, a la necesidad y el apremio de profusos y calificados sectores de opini?n, volvemos a la id?ntica posici?n consuetudinaria y tradicional de enfrascarnos en discusiones bizantinas, de bordear los temas y los asuntos de marca mayor, en una ret?rica de nunca acabar. Seguimos apegados a los incisos, recurriendo a toda clase de interpretaciones y desgast?ndonos de tal forma, hasta perder los estribos y entrar en el sempiterno pugilato partidista y sectario.
Parecemos personajes de las jornadas ?picas de la Il?ada y la Odisea, de ?pocas sangrientas, extremadas en la lucha permanente, en la batalla constante, en una incansable pelea por el dominio, la conquista y el h?roe de la semana y de los dioses. Cu?ndo llegará el d?a y la hora de las masas realmente lideradas y dirigidas adecuadas y pulcramente, siguiendo estandartes de honestidad y de progreso. Ser? posible dejar en el pasado la voz gritona, el adem?n insultante, la verborrea ir?nica y desestabilizadora, para transformarla en un quehacer consistente, revertido en obras, en una verdadera consigna impregnada de compromiso con los demás y no consigo mismo.
Existir? la ocasión de impedir a unos electores recibir d?divas, vender el voto e inclinar la balanza hacia sujetos considerados incapaces, corruptos, empecinados en mantener unas hegemon?as, completamente alejadas de la construcción de una categor?a de Estado esencialmente de derecho y ciertamente funcional, entregado a proveer al colectivo de los instrumentos y herramientas encaminados a mostrar la cara ver?dica de una naci?n rica, esplendorosa, de gentes emprendedoras y dotadas de numerosas virtudes, exhibidas en todos los lugares del mundo.
