Héctor Tabares Vásquez
Columnista
El tiempo apremia, corre, acelera, ejecuta, es inquisitivo, reclama y al tenor de todas esas acciones, van acumulándose numerosas cosas, las mismas de la cotidianidad, próximas a nosotros, al lado, perceptibles, olvidadas, aquellas perpetuadas en la memoria y en los recuerdos, pero especialmente imperativas en la condición de seres humanos, del resorte exclusivo de la sola razón de existir y de vivir. Y ellas ahora aparecen mayormente inquietantes en cuanto surgen en la idiosincrasia superficial y momentánea de la época, de fecha sumamente empleada en el oportunismo de las promesas y de los compromisos, frecuentemente incumplidos y omitidos a causa de la desidia, la inconstancia, la indisciplina y el desorden mental y físico. Es lamentable, indiscutiblemente cierto y real, tener conciencia y estar convencido de semejante modo de pensar y de proceder, siendo esto lo deplorable y desconcertante en el campo social y en el mundo en general, a pesar de la insistencia y de la necesidad asediando a la colectividad, en todos los fenómenos dados y ocurridos a diario en el medio circundante. Los hábitos y las costumbres sanas practicadas a través de las diversas etapas de la historia, han apelado a circunstancias dotadas de generosidad, obrando a la manera de paliativos y de remedios menores en los periodos de angustia y de apuro, hacia quienes padecen o son víctimas de situaciones álgidas y difíciles. En una actuación de tal índole, brotan algunos y repentinos escarceos de benignidad y de indudable conmiseración dirigida a los demás. Así, verbi gracia, hubo un acercamiento filantrópico de la naturaleza bondadosa de un género ancestral apegado a los sentimientos religiosos, indulgentes y caritativos. En ese devenir, era habitual la procesión de gentes y de personas, grupal o individualmente, acudiendo a los centros de reclusión, hospitales, hospicios, incluso a los hogares, en aras de suplir las afujias de una población o de unos vecinos, urgidos de lo mínimo. En baja escala, partiendo de un punto de vista solidario, también se producían desplazamientos locales o a la periferia y más aún a lo rural, a las zonas aledañas, en un acopio de afable voluntad, de fraternidad, de aceptable acogida de los otros, aunque ello fuera a guisa de paseo o de turismo. Desde luego, los cambios en variadas latitudes, obligaron a una transformación del parecer y del estilo, del talante y de las buenas usanzas en el propósito anotado. No obsta observar, al respecto, como menguaron al máximo la posibilidad de recobrar el maravilloso universo de la cortesía, coyunturas de la categoría de la pandemia y de las alteraciones económicas. Y Atendiendo motivos de tanto interés e importancia, la meditación y algo de mea culpa, apunta a abogar y a reiniciarse en jornadas de similar emprendimiento, en pro de un avance y aproximación a reencontrarse con esos instantes de comprensión y entendimiento, entre miembros de la comunidad y la familia.

