Su salida al balcón después del anuncio del Cardenal Dominique Mamberti, el habemus Papam, dejaba ver un rostro emocionado, a punto de llorar, asombrado ante los innumerables fieles apostados en la Plaza de San Pedro. Sus primeras palabras, aunque escritas, animaron a todos los que lo veíamos a sentir que verdaderamente el Espíritu Santo había estado en la Capilla Sixtina. De 69 años, nacido en Chicago, Estados Unidos, de padres migrantes, misionero en el vecino país del Perú y de la comunidad de los agustinos, políglota, doctor en derecho canónico, filósofo y teólogo profundo, nos ha impresionado y por qué no, ilusionado al ver en aquel balcón a un papa para nuestro tiempo.
Su nombre apareció muy poco en las “cábalas” de periodistas, vaticanistas y hasta casas de apuestas que lo colocaban muy por debajo de los favoritos. El nombre que escogió, León XIV, describe su “plan de gobierno”, un papa que llamará a la paz, al respeto y dignidad de todos, con énfasis en el derecho a la tierra y al cuidado de la “casa común”. El rostro del nuevo papa se ve alegre, y al mismo tiempo místico y espiritual. Fue profesor, párroco, misionero, obispo; vivió en el Perú, tocó a los pobres y vivió como ellos, cruzó ríos, montañas y valles, es nuestro, casi Latinoamericano, es un papa de casa, de los nuestros. La figura física del nuevo papa se ve delgada, como la de Pío XII en su tiempo, aunque un poco más bajito de estatura. Su tez aún joven, su nariz alargada, lo que llamamos “aguileña”, sus anteojos y pelo blanco, su mirada transparente, profunda y diáfana, lo retratan ante el mundo como un hombre de oración, mucho sacrificio y seriedad en la toma de decisiones. Su sonrisa casi nerviosa en el balcón, pero a la vez satisfecha y no fingida, nos dejaron ver un hombre muy humano, cercano y atento a las necesidades de todos. Sus manos arriba y suavemente agitadas me acordaron de Benedicto XVI, su estola papal bellamente vestida, pero a la vez su sencillez y naturalidad me evocaron con amor al papa Francisco. León XIV es eso, el justo medio, el ancla a vapor del barco, el que tenderá puentes entre unos y otros para estrecharnos las manos y gritar como él lo dijo en sus primeras palabras: “este primer anuncio de su nuevo papa no es mío, es de Cristo Resucitado que habita en todos”.
El Espíritu Santo no quiso irse a Europa, se quedó en la selva, con los pobres, y León XIV, es nuevamente nuestro. La Iglesia Católica está feliz, los jóvenes y los niños con el papa serán protagonistas de primer orden, el diálogo entre todos y la sinodalidad tomarán su vuelo e importancia, las mujeres seguirán su ascenso, la evangelización estará a la orden del día. León XIV, sin aún conocerte, solo habiéndote visto en el balcón, ¡Ya te amamos!

Un papa para nuestro tiempo
Otras opiniones
- Advertisement -
- Advertisement -
Te puede interesar
- Advertisement -
