34 años de periodismo y no lo ha contado todo

Héctor Sarasti es un periodista que a donde va, quien lo lleva es la historia. A simple vista un viajero más, pero en sus alforjas carga la trayectoria de este oficio: pasión por narrar, criterio y una plancha. Sí, una plancha, porque en televisión hay que salir bien presentado.

A Risaralda no es la primera vez que llega, pero en esta ocasión la estadía será un tanto más larga de lo normal en el resto de sus destinos. “Ya conocía la región, aunque hace muchos años no la recorría. He estado más que todo en el Quindío, recorro Colombia haciendo reportería”.

Violencia

Lastimosamente a la ciudad no lo trae el aviturismo o los cafés especiales. En esta ocasión llega tras tres historias: el crimen de un pesista, el caso de la ‘casa de pique’ en Dosquebradas y la historia de Daniela Gaviria, de quien mucho se ha hablado a raíz de su esclerosis, pero quiere indagar en el punto de la supuesta brujería detrás de la misma enfermedad. “Ese caso es muy interesante, incluso si uno no cree en el elemento esotérico, hay un descubrimiento humano detrás que vale la pena contar”.

Oficio

Héctor lleva más de tres décadas como periodista, tiempo suficiente para haberlo visto -y vivido- casi todo. “Siempre he hecho crónica judicial, he estado en escenas que te hacen dudar de la realidad. Casos donde uno dice: ‘¿Esto en serio pasó?’, porque en este oficio hay cosas que es mejor no tratar de explicar”.

Uno de los temas que más lo apasiona es la defensa del oficio. Sus primeros pasos en el periodismo los dio en El Espacio, un medio popular que para muchos carecía de filtros, pero que para muchas personas fue la facultad del periodismo de crónica roja y que a Héctor Sarasti, le dejó grandes aprendizajes. “La ética no depende del medio. Hay gente que cree que por estar en un medio popular uno no tiene límites. Todo lo contrario: uno tiene que saber cuándo actuar y cuándo abstenerse”.

Eso se vive día tras día en el Q’hubo, el periódico hermano del Diario del Otún, dicen que es amarillismo. “Hay que hacer claridad y diferenciar entre dos conceptos que suelen confundirse: el sensacionalismo es resaltar los elementos más llamativos que ya tiene una historia. El amarillismo es falsear, exagerar o torcer la noticia. Lo primero es legítimo. Lo segundo es una falta grave”.

¿Recuerda la primera nota que hizo? “¡Claro! En una madrugada de 1994, un taxista fue asesinado en el barrio San Vicente, sur de Bogotá, en esos instantes llegó su esposa con la alimentación que le llevaba a diario. La señora decía: ‘yo venía a traerle su comida, no sabía que estaba muerto’. Ese fue mi primer contacto real con el drama humano detrás de un hecho judicial. Desde entonces, muchas historias han pasado por mi libreta”.

Periodismo de carretera

Su forma de trabajar no depende de estar en una sala de redacción fija ni de rutinas repetidas. Lo suyo es planear por costos, moverse rápido y exprimir cada minuto en el terreno. “Uno no puede quedarse más de dos días por historia, salvo excepciones. Hay que ser eficiente. A veces llego sin fuentes confirmadas y toca conseguirlas sobre la marcha. Lo ideal es una preproducción que ya me dé insumos, pero no siempre se puede”, habla con la voz de quien ha aprendido a trabajar con método.

¿Vale la pena estudiar periodismo hoy? “La pregunta es inevitable, con la inteligencia artificial, las redes sociales y la crisis de medios tradicionales, la gente debería pensar en la rentabilidad y en la calidad de vida. El periodismo tiene posibilidades, pero hay que buscar bien el camino. El periodismo institucional, de análisis, de datos, tiene futuro. Pero el de medios tradicionales está en declive, no por malo, sino por el contexto tecnológico. Si lo vas a elegir, busca un espacio donde tu trabajo sea sostenible. De lo contrario, la pasión no alcanza. Necesitas vivir dignamente”.

“En el buen periodismo se escucha con atención, hay que volver a revisar, analizar. Volver a escuchar una entrevista entera, no solo pedacitos, porque en algún minuto alguien dice algo clave. Por eso hay que regresar, poner el oído fino”.

Héctor comenta que la pasión no se finge. Entendió la diferencia: vivir lo que se hace, sea periodismo, música o lo que sea y concluye: no lo digas, hazlo.

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