Yubely Imbajoa Jacanamejoy, una joven estudiante proveniente del Putumayo, se convirtió en un símbolo de tenacidad y orgullo ancestral tras su reciente graduación en Etnoeducación en la Universidad Tecnológica de Pereira, donde fue exaltada como Estudiante Distinguida.
Yubely Sandra Milena, como es su nombre completo, pertenece al tiempo a dos comunidades; Inga y Kamsá, una por su padre y otra por su señora madre. En su relato comenta cómo se hizo espacio en una ciudad y una comunidad multicultural de la que poco entendía y en la que poco le entendían también. La travesía desde su territorio hasta Risaralda, que se hace en 15 horas y su firme propósito de rescatar la identidad indígena de la que vive orgullosa en una ciudad que la recibió con los brazos abiertos para profesionalizar su conocimiento heredado y sueños.
De la selva a la academia
Yubely, la sensación que transmitió el día su grado a los asistentes fue de una victoria muy profunda. ¿Por qué si usted ya tenía un tecnóloga, este título en Etnoeducación fue tan significativo? “Mi proceso de crecimiento viene de mucho tiempo atrás. En mi departamento no contábamos con una universidad, así que la UTP me abrió las puertas, me permitió crecer profesionalmente y transformar mi vida, graduarme fue sentir que logré con mucho esfuerzo y dedicación representar ese pedacito de mi territorio en un lugar diferente”.
Usted menciona un ‘choque’ intercultural. ¿Qué fue lo más difícil en Pereira cuando llegó en 2015? “Al principio tuve muchos problemas para comunicarme, no por el lenguaje, sino por la forma de entender los mensajes. Por ejemplo, para mí la palabra gracias tiene un significado muy profundo de valorar algo, mientras que acá a veces se toma como un simple ‘listo’. Ese intercambio fue fuerte, hubo roces pero con el tiempo logramos ese equilibrio. Además, la comida fue un reto, ¡todavía no me adapto a las arepas con mantequilla! Extraño mucho la Bishana, un plato típico de mi tierra con maíz, coles, frijol tranca y calabaza, todo muy natural y orgánico”.
Símbolos de resistencia
Lo más bonito el día de su grado fue el atuendo impresionante que lució. ¿Qué historia cuenta ese vestido y esa corona que llevaba? “Ese es el atuendo de los Kamsá. La corona, el cintillo y las cintas tienen una simbología muy especial, cada color representa algo: la Madre Tierra, la historia de esclavitud y sufrimiento antes de la conquista, los animales y los mitos. Nosotros amamos los colores llamativos y cada uno de nosotros tiene la oportunidad de hacer su propia corona según como se sienta. Es un orgullo portarlo porque representa historias que marcamos en símbolos pequeños pero con un significado inmenso para nosotros”.
Usted se formó en Etnoeducación, una licenciatura que según nos cuenta, está en un momento crítico, porque graduarán las últimas cohortes y la cerrarán. “Sí, es una lástima porque las últimas promociones salen a finales de este año. A pesar de eso, yo sigo impulsando a los jóvenes a que no dejen morir la parte etnoeducativa. La Etnoeducación no es solo que yo eduque a otros, sino darme a conocer realmente como soy, transmitir historias y trascender los territorios. Es un proceso de reconocimiento necesario porque a veces entramos a la universidad y, por miedo al bullying, algunos no se reconocen como indígenas, yo siempre me identifico y lo digo con orgullo”.
Misión: rescatar la identidad
¿Cuál de las celebraciones de su comunidad es la más tradicional y extraña estando lejos? “Nosotros celebramos el ‘Día del Perdón’, Carnaval Atun Puncha o Besnaté, que este año fue el 16 de febrero. Es como un año nuevo para nosotros, un espacio para pedir perdón y estar en familia, similar a lo que el mundo mestizo celebra en diciembre. Al Putumayo, por costos, solo puedo viajar una vez al año y por eso trato de mantener esas raíces vivas aquí en Pereira”.
Ahora que es profesional, ¿quiere trabajar aquí o volver a su territorio? “Me gustaría mucho brindar talleres aquí, compartir mi cultura y trabajar en la parte comunitaria u organizacional. Tengo muchas ideas y proyectos con el conocimiento que adquirí para hacer un rescate cultural ya sea con indígenas o afrodescendientes. No quiero esperar a un empleo, quiero formular proyectos que representen ese rescate”.
Yubeli se despide en Kamsá, “Ratuscán, significa hasta luego”.
“La Etnoeducación me permitió conocerme a mí misma y entender que mi forma de transmitir es a través de la cultura”.



