Luis Mauricio Ramírez es el propietario de una tienda especializada en juguetes, convirtió su pasión por los objetos sobre todo de las décadas de los años 80 y 90, en un inventario de más de 25.000 piezas que rescatan la memoria visual de una generación.
Cada tanto la red social de los viejitos (Facebook), envía recuerdos, nostalgias y mensajes tipo: ‘La última generación que jugó en la calle’, y de verdad no es fácil ocultar la emoción que da ver un Chapulín Colorado o un monstruo comegalletas, fue una época marcada por superhéroes y Pitufos.
Tras retomar hace 13 años lo que fue en primer lugar un pasatiempo en el que arrancó gracias a cuatro botellas de Coca-Cola, Ramírez recorre anticuarios y pulgueros de todo el país para hallar desde figuras de caucho de la mítica fábrica Bartoplas hasta ediciones especiales de ‘Los Pitufos’. Por ello le apostó a un local en Pereira, con la idea de que a futuro sea un refugio para los ‘vieja guardia’ que buscan recuperar sus recuerdos de infancia.
Entre botellitas
Ramírez empezó a coleccionar desde niño, pero se alejó de su pasión en la juventud, luego llegaría el tiempo de ser DJ, hasta que un evento fortuito lo cambió todo. Mientras administraba un bar, unos amigos le regalaron cuatro botellas de Coca-Cola, ese gesto fue el catalizador que reavivó su amor por los objetos del pasado. Lo que comenzó como un gusto personal, creció durante sus viajes como guía turístico, donde aprovechaba para visitar pulgueros y contactar a otros coleccionistas en cada destino.
Hace siete años decidió formalizar su pasión y abrió una tienda física que inicialmente funcionó en Cartago y que recientemente trasladó a Pereira, motivado por el potencial comercial de una ciudad de muchos habitantes. “Es una búsqueda constante pero muy gratificante”, a esto lo denomina cacería. El coleccionista dedica gran parte de su día a atender a clientes ya fidelizados a través de 11 años de presencia en redes sociales.

Joyas de caucho y figuras ‘invendibles’
El fuerte de su colección son los artículos promocionales y los juguetes de las décadas de los 80 y 90. En sus repisas destacan piezas que considera ‘tesoros’, como una figura de un pitufo (que no es Papá Pitufo) aunque esté vestido de rojo, que tiene avaluada en $400 mil, o un Pepe Le Pew de 1971, hecho en plástico inflado y cabeza de caucho. También resguarda una figura del Chapulín Colorado, cuya característica principal es conservar las facciones reales de Roberto Gómez Bolaños, a diferencia de las versiones animadas de la actualidad.
Una de las marcas más valoradas en su inventario, como se comentó anteriormente son los juguetes del Taller Bartolini, conocido como Bartoplas, una icónica juguetería colombiana, fundada por una familia italiana, en Medellín entre las décadas de los años 60 y 70, famosos por sus figuras de caucho (PVC) de alta calidad, pintadas a mano y con expresiones únicas, que representaban personajes de Disney, Hanna-Barbera, Pinocho, entre otros. Según Ramírez, existen figuras de esta marca, como una patita Daisy de 30 centímetros, por la que los coleccionistas llegan a pagar hasta $8 millones debido a su rareza y valor histórico.
Un universo de 30 mil recuerdos
Ramírez calcula que posee entre 25.000 y 30.000 artículos, porque otra de sus grandes apuestas son las figuras diminutas que salían en los paquetes de chitos y yupis. Del total de su colección, solo el 60 % está exhibido en su local de Pereira. El resto permanece guardado en su casa y en dos habitaciones adicionales en casa de su señora madre. Su clientela es mayoritariamente adulta, personas que buscan revivir su infancia a través de personajes de He-Man, Thundercats o los Motorratones.
El éxito del negocio, según explica, radica en el conocimiento técnico: “Muchas veces alguien tiene un objeto que ignora cuánto vale y lo vende por un valor simbólico o lo regala”, comenta sobre anécdotas en las que compró figuras por $500, en un pulguero y las vendió en $165 mil en cuestión de pocos minutos. Para quienes desean iniciar en este mundo, Ramírez aconseja elegir una sola línea temática para evitar problemas de espacio.
“Creo que todos llevamos dentro a un coleccionista, he conocido personas que coleccionan hasta piedras”.
Algo que es muy valorado por un segmento de coleccionistas es el estado del empaque original, pues una caja de los años 80, puede incrementar drásticamente el valor de una pieza.



