Después de 187 días de confinamiento obligatorio debido a la pandemia del Coronavirus, el Obispo de la Diócesis de Pereira, Monseñor Rigoberto Corredor Bermúdez, habló con EL DIARIO sobre el impacto de este aislamiento tan prolongado y los nuevos rumbos de la iglesia católica. Con la colaboración del periodista Marco Antonio Pérez, en esta primera entrega el prelado aborda temas como su situación como Obispo y como persona en medio de estas medidas de restricción, las pandemias que están afectando la cotidianidad de los colombianos, las protestas sociales y la actitud de los feligreses frente su fe y sus creencias.
¿Cómo ha vivido este tiempo de confinamiento y como hombre mayor?
Empecemos por la edad. Realmente ha sido un aislamiento muy difícil, muy complicado, porque cuando una persona mayor tiene un ritmo de vida activo, muy dinámico, como es el caso mío, donde iba a las parroquias continuamente y trabajaba y todo lo demás, esta parada tan súbita, tan inmediata. Afecta todo, afecta el organismo, Afecta un poco los proyectos. Sin embargo, el organismo se resiente porque está acostumbrado a un ritmo de vida más o menos disciplinado, pero activo. Yo sí he sentido realmente afectación en mi físico, como una disminución, una especie de reacción del organismo frente a ese aislamiento, frente a detenernos en la actividad, frente al cambio tan brusco de rutinas y hábitos. Pero vemos que la mayoría de colombianos, tiene una capacidad muy grande de tolerancia frente al sufrimiento y de aceptación de estas situaciones.
¿Y cómo jerarca de la iglesia católica?
La pandemia es un golpe muy fuerte a las familias, al estudio o avance de los niños en el estudio, a la economía en general. Es impresionante las personas que han tenido que cerrar sus negocios, sus pequeñas empresas, aunque el gobierno colabora y ayuda, y sin embargo hay mucho desempleo y es muy triste esta situación con respecto a la economía. Es muy duro todo. En todos los aspectos. Sin embargo, es un esfuerzo grande entre todos. Los instrumentos para atender esta emergencia y todo el dolor que se ve cuando parte un médico, cuando parte una enfermera, cuando muere alguna persona o una ama de casa, o un anciano o una persona presente, es terrible. Y si a esto se le agrega la acción de los grupos violentos que se han multiplicado en el país y las muertes de personas en masacre en distintos lugares de la nación, también nos entristece y nos duele al igual que está la pandemia. También está esta guerra permanente para quitar la vida a líderes sociales, a personas que también es algo muy duro y muy terrible en un país que está padeciendo una situación de salud tan complicada y ahora también de orden público y de seguridad.
¿Son varias las pandemias que están afectando la vida de los colombianos?
Sí. Yo creo que la protesta, evidentemente es un derecho que favorece la expresión ciudadana, la Constitución Nacional garantiza estas expresiones. Pero en Colombia las marchas siempre tienen un final común, a veces en la violencia y en el odio y en la destrucción. Ahí está el ejemplo de Chile, que fue tenebroso, tenebroso, en donde iba hasta las iglesias a sacar las imágenes y tirarlas del altar, a la plaza pública y todo lo demás, incendiaron unas creencias. Pues aquí en Colombia no han llegado todavía a esos extremos, pero ya se empezó con la ira, con la rabia, con la violencia a seguir lo mismo en la destrucción de bienes de particulares que están allí luchando por la subsistencia, por todo. Realmente el odio y la violencia no se compadecen con el deseo de buscar la justicia por medios, por medios pacíficos, sino que terminan en medios violentos. Y hay profesionales y grupos organizados, perfectamente articulados y coordinados para sus actividades perfectas. En esas marchas, hay infiltrados con una inteligencia y una capacidad de organizarse y de producir en el momento oportuno los actos violentos y vandálicos para destruir lo que es una marcha pacífica.
¿Monseñor en el plano personal, en estos tiempos de confinamiento, a qué se ha dedicado?
La verdad me he dedicado un poco a preservar mi salud. Visité varias veces el internista, me hizo los exámenes especiales de de mi organismo porque sentía como una insuficiencia física. También hemos estado al tanto de la diócesis, de las parroquias, hablando con los padres, a mandarles mensajes, animarlos también a hablar con el ecónomo, mirar la situación de las parroquias y animar al encargado de Pastoral Social, del Banco de Alimentos. Porque la Iglesia Católica en silencio y con gran bondad, atendió muchísimas personas con el Banco de Alimentos y con Cáritas, tuvimos la oportunidad de que instituciones confiaran en nosotros para distribuir mercados, para ayudar, para colaborar y nos ayudaron muchísimo.
¿Cómo se ha realizado esta labor social?
Hemos tenido una cobertura muy grande en toda la Diócesis para repartir alimentos y yo estuve al tanto de ello. No teníamos con que pagar la nómina. Se habían cerrado los parqueaderos que alimentan la economía del Banco de Alimentos y de Cáritas. Por razones obvias. Ya no teníamos la fuente para comprar mercados para los pobres, pero Dios nos ayudó y pudimos pagar la nómina, no despedir ningún trabajador y atender todo el funcionamiento. He estado muy activo. Con el teléfono en mi casa, los párrocos más pobres recibían su ayuda. La gente fue generosísima con los padres y pensaba en la pobreza. Pensaba en el dolor de la gente, en muchas cosas. Pero nunca descuidamos los cuidados de la casa de las hermanas de la Madre Teresa, nunca descuidamos las misiones que tenemos. Los párrocos de las parroquias más pobres tenían su dinero para subsistir de la curia.
En ese sentido, ¿cómo percibe hoy al clero, los sacerdotes, los religiosos? ¿cómo los ve en este momento?
Objetivamente, y en honor a la verdad, los veo muy fuertes, en general muy fuerte, porque pocos se fueron de su parroquia a otras partes y abandonaron la parroquia. Creo que dos o tres máximos, de 110 parroquias, ya cuando se vivieron con esa situación se fueron a otro sitio. Sin embargo, 105 párrocos se quedaron permanentemente en sus parroquias. Ellos celebraban por Internet, predicaban por internet, por todas esas aplicaciones del Internet, por las redes sociales, pero muy activos, acompañando a sus comunidades, escuchando y acompañando a la gente, la Iglesia nunca cerró, nunca se apartó de sus fieles. Yo los veo fuertes, los veo decididos. Y ahora tenemos que ir poco a poco respetando el aforo que nos han concedido para que las misas en los templos se vayan dando con el ingreso de fieles, pero con todas las medidas de seguridad. La gente siente consuelo cuando ya abren los templos para ir a la Eucaristía, porque esa parte espiritual es la mejor medicina contra la depresión u otras causas de esta pandemia.
¿Y cómo ve a los cristianos católicos de la diócesis? ¿Se han alejado o han vuelto a la iglesia?
No, yo veo que el apartamiento o apartarse de la vida cristiana católica no es radical, es más por miedo, el terror sí de volver otra vez a los templos. Hijos y familiares de los mayores que les dicen, Papa No vaya, mamá, no vaya al templo. Que usted es una persona muy vulnerable. Pero ya hay personas mayores que han regresado felices al templo, casi con lágrimas de alegría. Hay una alegría que se va dando, pero siempre queda el temor de ir a un templo donde ya el número es 50 máximo de personas y personas mayores. No, no es que lo quieran, sino que les da temor porque siempre se ha difundido como un terror o una actitud del peligro alto. Cuando se están llevando los protocolos, no hay peligro.
Mañana, parte II
En este diálogo con EL DIARIO el Obispo de Pereira aborda temas como el papel de las plataformas y las redes sociales en la evangelización, la transformación digital de la Iglesia Católica, el impacto económico de la pandemia en las finanzas de la Diócesis, los riesgos para la democracia y las enseñanzas que dejado el confinamiento por el Coronavirus.



