Boda después de los hijos

Ángel Gómez Giraldo

Templo de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Pereira en tiempo del sábado 14 de este mes, después de la hora de la siesta con feligresía a reventar.

Dios y el sacerdote Francisco Arias, Padre Pacho, revestidos con nubes blancas preparados para oficiar.

Yo allí mismo, por lo que pude escuchar cuando una persona de las muchas que habían accedido al templo se quejó del clima tan sofocante, 27 grados centígrados, y otra que estaba a su lado le hizo una apreciación que a vuelo de pájaro  pude interpretar como de doble sentido: “para una boda colectiva debería estar más caliente”.

Efectivamente, era una boda colectiva con la participación de 16 parejas, hombre y mujer, quienes llegaron a entender que la unión libre no los hacía marido y mujer, y que es mejor el sacramento del matrimonio que el amancebamiento.

En realidad el clima estaba como para  encender reverberos sin necesidad de fuego.

Tarde sudada por los supuestos novios, muchas de las parejas, jóvenes con rostro de fruta fresca, palo de mango ellos y de manzana ellas, en huerto bendecido.

Una hora antes había llegado yo  tomando ubicación de búho en la calle, cerca a la entrada de la iglesia, para verlo todo, recordando que nada interesa tanto al hombre como las vidas ajenas.

De los automóviles, casi todos de color rojo, adornados con moños y cintas blancas, iban saliendo las parejas con la intención de hacer lo que no habían hecho en años de vivir juntos: matrimonio.

 

Las novias

Las mujeres aparecieron tan bien peinadas como una piña oro miel, maquilladas hasta conseguir el mejor rostro, traje blanco largo terminado en cola hasta el piso, diseñado en estilo estraples para que se sepa que  al matrimonio hay que ponerle el pecho y la fuerza de dos.

Los acompañantes detrás de ellos ajustando los trajes de las parejas y retoques al maquillaje.

Los hombres, cabeza con corte de cabello actual, traje oscuro, corbata roja la mayoría de ellos, y flor en el ojal del saco.

Vi a algunos de los padrinos cambiando de camisa y terminando de aliñarse en la calle  porque un descamisado no logra entrar ni a la boda de una boba y mucho menos al Cielo.

Y se vieron más aliñados que una sopa para invitados a almorzar en la casa.

 

Revuelo

Verdadero revuelo como me lo pronosticó días antes de la boda colectiva, en visita a la sede de este diario María Cielo Cabrera Franco, líder social y coordinadora del evento, mujer que parece haber sido hecha con serenata romántica porque es un amor de persona, y como casamentera que es no podía haber sido hecha de otra manera.

Propiciadora además de legalizar y casar amores que andan como cabo suelto haciendo hijos sin autorización de Dios.

Se lo pasa haciendo boda para parejas de buen apetito ya que son de  unión libre, residentes en Dosquebradas, Pereira y en sus veredas, llevándole material al Padre Pacho para que cante a todo pecho el sacramento del matrimonio.

Así que todos llegaron a la boda bien trajeados y bien enjoyados, oliendo a perfume fino.

Adentro de la iglesia el Grupo Semillas del Padre Pacho cual coro celestial de concierto por la tierra.

Los jóvenes Luz Yary Blandón y  Andrés Felipe Buitrón, ambos de 22 años con la hija de apenas 8 meses de nacida, Michael Vanesa, con los ojos muy abiertos pero sin entender nada de lo que veía. Los papás, nerviosos porque iban a seguir viviendo como esposos pero con todos los derechos de los casados.

Dorany Collazos y Mauricio Díez llegaron a la boda con tantos años como rejuntados (25 ) que los hijos ya adolescentes fueron los padrinos de mejor pinta.

Otra pareja que se vino a la boda con niño para enseñar que lo que hace a una familia son los hijos, fue Carol Cardona y Eduard Salazar. El mismo que aprovecharon para que hiciera de pajecito.

Y Luz Arcés y Wilder, la pareja de descendientes de los embera chamí, con el tradicional traje de boda que lucen los más civilizados del pueblo y la ciudad, con un acompañamiento de parentela, trajes cortos pero alegres, pectorales y accesorios de chakiras con cintas al pelo de los más vivos colores. Sabor autóctono, sabor a fruta de chontaduro, para muchos el mejor afrodisiaco que ha podido dar esta región de Colombia.

 

Recibimiento

A la entrada los candidatos a ser esposos, y el Padre Pacho deja el altar principal y acude a recibirlas. Lo acompañan el diácono Wilmer y el prediácono Alejandro para que nunca más se diga que la Iglesia no le abre las puertas a quienes viven fuera del matrimonio.

Los religiosos regresaron al altar con ellos, los casaron e hicieron jurar amor y fidelidad hasta la muerte.

E hicieron bien “porque la fidelidad debe ser la recompensa a la entrega del amor”.

Pero fue cuando las parejas se dieron el beso púdico y frente al público que estalló como un explosivo el entusiasmo de acompañantes y curiosos.

Tanto que me pareció ver los vitrales del templo reventar y caer en astillas sobre el piso pero sin llegar a producir accidente alguno, a pesar de que también se sintió un leve sismo en los cuerpos de los nuevos esposos.

Lo que vino luego fue la Santa Misa, a toda música. Sin embargo lo más estremecedor se presentó cuando en la homilía el Padre Pacho tronó: “Nos perdonamos porque nos amamos”.

Como medicamento para la conmoción producida por la frase de la Iglesia, el levita pasó a cantar Par de Anillos, composición musical que le llegó al dedo y al alma de los ahora esposos.

El fotógrafo del Q’Hubo, Carlos Andrés Otálvaro y Gustavo Montoya de MG Estudio Fotográfico, los dos de ojos oscuros hicieron las imágenes gráficas con claridad para que  esta boda fuera inolvidable.

Por último se escucha la Marcha Nupcial y los desposados abandonan el templo y no van a la casa sino a manteles del gran banquete preparado para la ocasión, en el atrio del lado izquierdo de la “mansión celestial”. Aquí el Padre Pacho volvió a intervenir pero esta vez en calidad de anfitrión: “Bienvenidos a la fiesta del amor. La Iglesia los recibe y participa de este goce”. 

Coincidencialmente dos nubes grises que estaban sobre el espacio donde se cumplía el evento produjeron un trueno que se escuchó en toda la ciudad pero no cayó una gota de lluvia.

Las atenciones todas blancas del mismo color de los vestidos de las sillas y las mesas del banquete fueron de la coordinadora María Cielo Cabrera y de sus hijos Luz Yury, Edison y Yurany Camacho  quienes al igual que los centros de mesa, lámparas de cristal, fueron los mejores lujos del acto allí realizado.

Las parejas, ahora marido y mujer, ocuparon la mesa de cuerpo bien vestido, con algunos padrinos e invitados especiales.

Finalmente las parejas de esta boda colectiva  con tan buen olor y sabor fueron felices y comieron… lechona.

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