La cuadra, la manga y el futbolito

José Manuel Jaramillo A.

Nuestros sectores urbanos en el  Pereira de antaño (cuando la ciudad crecía con sus doscientas mil sonrisas y su destacado civismo) se  orientaban los transeúntes por medio de aquellas calles de tierra y cascajo, abordadas por extensos lotes con apeñuscados rastrojos, de matorrales, altamisa (silvestre, actualmente reconocida como medicinal), y de otros pequeños arbustos en toda la dispareja  superficie, a excepción de algunos espacios planos que de niños desyerbábamos para permitir el asiento de la infaltable e inevitable polvareda, pues al fin y al cabo eso nos daba mayor seguridad para jugar en estos sitios una recocha o un futbolito, que era como la muchachada llamábamos este juego en plena popularidad de Ramón “Moncho” Rodríguez, Pedro “Pollo” Díaz,  Pajarillo Rodríguez, Arsenio Valdés, Gustavo Santa, Chito Vivas y otros famosos de los años sesenta, disfrutando además de la atractiva reverberación del Mora Mora en el barrio Kennedy.

Los comentaristas de las fuertes cadenas radiales hablaban sobre una crisis en la historia del fútbol colombiano, mientras nosotros, los pequeños aprendices  goleadores preparábamos una nueva e improvisada cancha, para que, con una longitud más o menos de unos 20 a 30 metros, pudiésemos con tres guaduas alojar un espacio de lado a lado, armar los arcos, y así dentro de ellos con original sencillez y maromas físicas, tapar los goles.

Estas extensiones de tierra baldías las llamábamos por su acuñado nombre, como Las Mangas, que siempre se localizaban a muy corta distancia de nuestra acomodada calle que denominábamos La Cuadra, palabra que para los culicagados de otrora tenía un significado de camaradería y juegos, como también el de identificar direcciones por medio de frases como éstas: queda a dos cuadras, volteando la esquina en la siguiente cuadra, queda a cuadra y media etc.

Los sábados y domingos se organizaban los equipos, uno por cada cuadra. Así las cosas, por ejemplo, se decía que en el encuentro del siguiente domingo, jugaría el equipo de la (calle)  29 contra los de la (calle) 30. Poco nos importaban los aguaceros que nos lavaban la mugre, el sudor, las gripes, y hasta la polvareda que mucho antes habíamos levantado con las 48 piernas, a una velocidad que a nuestra edad nos causaría lumbagos u otras parecidas dolencias musculares.

Después de estos largos corre-corre, vendría como anillo al dedo a nuestras gargantas sedientas la gaseosa naranjada bien fría, y otras veces, los ricos helados de coco o chocolate con maní. De allí en adelante se escuchaban los reclamos y griterías  sobre el resultado de tres goles a uno, o sobre el consenso y situación de Juanito o de Albertico para sacarlos del equipo, porque seguramente jugó muy tronco, o simplemente porque en la próxima jornada tendríamos que jugar una revancha. Al caer la tarde, todos mamados nos acostábamos, con el cuerpo mirando hacia las nubes, enfilados, descansando y jadeando sin mediar palabra alguna.

Las ondas hertzianas continuaban por un buen tiempo funcionando e informándonos sobre la gravedad de la discordia en los manejos administrativos y financieros de los clubes y las ligas con la Asociación de Fútbol Colombiano, Adefutbol, paralela a la alta influencia de la División Mayor del Fútbol Colombiano, porque ambas entidades se disputaban el poder del fútbol en Colombia desde la época de El Dorado.

Pero volviendo al final de los partidos, o mejor, del futbolito, el ambiente vespertino iba desapareciendo del verdoso y polvoreado escenario luego de ocultarse el sol, para que uno de tantos chicos se levantara del suelo y saliera corriendo al despedirse de la muchachada gritando: “me voy pa la casa a comer, tengo un hambre la hijueputa”.

* Directivo Sociedad de Escritores de Risaralda

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