Carta a Pereira

Un espacio creado para que viva el espíritu. Su geografía y riqueza inmaterial extensa, los niños, los jóvenes y octogenarios, avanzando en correspondencia con felicidad.

James Llanos
Nuestra ciudad le ha enseñado al planeta entero que, a través del civismo y el convite, otro mundo es posible y que fue construida gota a gota, con el sudor en la frente de nuestros hombres y mujeres, hace más de 160 años. Se ha dado el lujo de regalarle a sus habitantes un Cristo sin Cruz, y de mostrarle a propios y visitantes, que es un territorio luminoso, lleno de riquezas y una ciudad pujante y hermosa, dueña de los mejores atardeceres, con una lluvia cristalina que viene del pacífico y nos cae en poesía, con unas montañas que circundan su bella geografía, tal como las mujeres que engalanan sus calles, con sus contornos y crestas de tenue matiz y que se da el lujo de darse a conocer como una ciudad que no posee puertas, para darle cabida cálida a cualquier cantidad de visitantes que la disfrutan todo el tiempo que duren en ella.
La ciudad de los parques y el café, la ciudad de los “buenos días”, del “¿cómo está usted?”, del “venga siéntese”; la bañada por sus dos líneas gruesas y delgadas, que dibujan los contornos cristalinos, ríos que existen para cobijarnos: el Otún y el Consota.
Una cuna, un terruño de grandeza que reconoce a sus hijos, herencia de Quimbayas, los embera katio y embera chamí, que viven y vienen de las grandes alturas, donde coexisten con la suntuosidad única de flora y fauna.
Una cuna, un terruño de grandeza que reconoce a sus hijos, herencia de Quimbayas, los embera katío y emberá chamí, que viven y vienen de las grandes alturas, donde coexisten con la suntuosidad única de nuestra inmensa flora y fauna.
Los fines de semana, cuando recorremos las apacibles calles y visitamos la Catedral, o algunos lugares exóticos, extraños, se aprecia la idiosincrasia y los valores. La belleza arquitectónica y cultural da fe y dibuja, la historia humana hecha con herramientas toscas, pero con empuje y amor.

Gracias Pereira
Gracias por darme un hijo, mil amigos, tres recuerdos y la felicidad a través de tu preciosidad nocturna; ciudad que crece a cada momento; tu desarrollo verosímil entrega esperanza y prosperidad a través de la cultura, la educación, el entorno, el arte, el patrimonio, la gastronomía y el deporte.
Gracias Pereira por tener líderes que le ponen el pecho a la problemática, a las necesidades de sus ciudadanos, a todos aquellos que se visten de amarillo y de rojo para sacar adelante una ciudad de vida futura.
Quiero ver la Villa de Guadalupe Zapata llena de esperanza, los parques con familias y niños corriendo detrás de una cometa, una capital de las monumentales efigies de texturas limpias, brillar con nueva luz.
La original y sabia construcción arquitectónica que le da el sol, de 6:00 a.m. a 6 p.m. sin crear oscuridad; como las grandes poblaciones de países civilizados con gente amable, un espacio creado para que viva el espíritu. Su geografía y riqueza inmaterial extenso, los niños, los jóvenes y octogenarios, avanzando en correspondencia con felicidad.

Narrativa propia
Belleza y solidez que representa bien la escultura del Bolívar Desnudo, llamado realmente “Monumento al Libertador”: libertario, cabalgante y sin hombreras, buscando el horizonte, despojado y cargando la vida, con la llama de la reconciliación y el progreso.
Pereira, espacio que algún día construirá una narrativa propia, será, como lo cuenta el escritor nacido en Santiago de Las Vegas, Provincia de La Habana, Ítalo Calvino, en su libro, Las Ciudades Invisibles.
“De ahora en adelante seré yo quien describa las ciudades y tú verificarás si existen y si son como yo las he pensado. Empezaré a preguntarte por una ciudad en gradas, expuesta al siroco, en un golfo en medialuna. Ahora diré alguna de las maravillas que contiene: una piscina de cristal alta como una catedral para ver cómo nadan y vuelan los peces golondrina y extraer auspicios; una palmera cuyas hojas al viento tocan el arpa; una plaza rodeada por una mesa de mármol en forma de herradura, con el mantel también de mármol, aderezada con manjares y bebidas enteramente de mármol”.
Gracias Pereira de la Ruana, el machete, el sombrero, el perro, el comercio y el carriel, ¡La Perla del Otún!

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