Jorge Emilio Sierra Montoya
-En el décimo aniversario de su muerte, que conmemoramos
el pasado viernes, semblanza de su vida y obra-
“El Gran Otto”: Así le decíamos muchos de sus amigos a Otto Morales Benítez, cuya grandeza se manifestaba, más allá de la apariencia física, en su vasta producción literaria, con casi dos centenares de libros sobre múltiples temas, relacionados especialmente con la historia, la literatura y la política.
Grande por su amplia trayectoria de hombre público que en alguna ocasión estuvo ad portas de ocupar la Presidencia de la República; por su condición de exministro, académico y jurista de alto vuelo, o por su autoridad moral, la misma que durante varias décadas se destacó en nuestro país, donde siempre le vimos como modelo ejemplar del buen ciudadano, virtuoso y honesto, de conducta intachable, en permanente lucha frontal contra la corrupción.
Fue, además, un hombre grande en América Latina, donde eran aplaudidas sus obras (por ejemplo, su Teoría del Mestizaje, de la que es uno de sus mayores exponentes), así como en España, donde llegó a ser nominado al Premio Príncipe de Asturias, galardón bastante merecido tanto por sus escritos, decantados en la mejor lengua castellana, como porque eso le habría asegurado el justo reconocimiento mundial.
Fue grande, a su vez, como intelectual, con una amplia formación humanista, y periodista de tiempo completo, quien se paseaba a sus anchas por la prensa nacional, de la que incluso presidió su máxima organización gremial en Colombia: Andiarios.
De ahí, pues, el título de mi libro sobre él: El Gran Otto (así, sin apellidos, los cuales se sabían, aunque no fueran mencionados siquiera). Y claro, esta obra es una biografía parcial, contada por él mismo, que cubre sus años de formación entre 1920 y 1950, desde su infancia hasta -al decir de Dante- la mitad del camino de la vida, es decir, hasta los treinta años de edad, si bien en su caso, que por poco alcanza un siglo de existencia, significó sólo un tercio de ésta.
Su periplo vital, en fin, va ahí desde el nacimiento en 1920 hasta mediados del siglo pasado, cuando concluyó su etapa formativa para entrar luego, en el Congreso de la República y con temprano ministerio a bordo, a las ligas mayores de la historia nacional, donde nunca dejará de ocupar puesto de honor.
Sin más preámbulos, empecemos a recorrer de nuevo los años de formación de El Gran Otto, llevados por su mano maestra, al cumplirse este 23 de mayo diez años de su fallecimiento.
Lecciones de infancia
Otto Morales Benítez era un hombre de provincia, nacido en un lejano municipio del departamento de Caldas: Riosucio, por lo cual era simplemente un riosuceño. Siempre lo fue, además; se le notaba en su acento paisa, que es imposible dejar, y se enorgullecía de serlo porque era también amante de su terruño, de su familia, de su padre Olimpo y de su madre Luisa, de quienes aprendió, respectivamente, la pasión por el trabajo y el culto a las bellas letras, virtudes que ambos llevaban en la sangre.
De otra parte, allá se contagió de la alegría del Carnaval del Diablo; disfrutó la riqueza folclórica de su pueblo, e incursionó en su larga historia, con hondas tradiciones, que lo fueron llevando a esa admiración profunda por la historia local y regional, de la que terminaría siendo uno de sus máximos cultores en Colombia y América Latina. Con razón, él ha sido un símbolo para Riosucio, en respuesta al propio culto que le rindió a su aldea nativa, con la fidelidad del buen hijo.
De esto surgió también su fe ciega en que la nacionalidad se extiende hasta la provincia, hasta los sitios más apartados del país, donde el Estado tiene la obligación de hacerse presente si quiere paz y desarrollo, dos banderas que él enarboló en sus campañas presidenciales, las cuales agitaba igualmente en las páginas de sus libros, con auténtico patriotismo.
En Riosucio, además, descubrió el mestizaje, reflejado en su piel cobriza, de rasgos indígenas, que con el tiempo lo llevaría a promover la Teoría del Mestizaje, pionera en tal sentido para nuestros países, y sumarse, por ende, al pensamiento indoamericano, del que fue uno de sus máximos representantes al lado de Haya de la Torre, Vasconcelos y Consuegra Higgins. Fue “Hombre de América”, como alguien lo llamó.
Para Morales Benítez, en síntesis, los valores esenciales de Indoamérica están en sus raíces; en su pasado, que se remonta a las culturas indígenas precolombinas; en representativos fenómenos sociales, como la colonización antioqueña del Viejo Caldas, y en movimientos populares, con el protagonismo del pueblo, como sucedió durante la independencia patria del coloniaje español.
No obstante, ya un poco al margen de la concepción marxista que tanto influyó en su liberalismo de izquierda, exaltaba, con talante liberal, a los héroes (siguiendo a Carlyle), a líderes que mueven a las masas, y a figuras como Bolívar y Santander, pero también a López Pumarejo, Eduardo Santos, Gaitán, Lleras Camargo, Belisario Betancur y Lleras Restrepo, entre otros.
Él, no lo olvidemos, nació un siete de agosto (en 1920), el mismo día en que un siglo antes se conquistara, en la Batalla de Boyacá, la independencia nacional. El patriotismo estaba pegado a sus entrañas.
Su vida literaria
En este encuentro con Morales Benítez durante sus años de formación, el fascinante mundo literario salta a cada paso. Desde un principio, como es obvio. Y en su carácter, signado por el culto al lenguaje, a la palabra, de que hacía gala como el buen conversador que todos recordamos, acompañado por su sonrisa a flor de piel y sus sonoras carcajadas, contagiosas, en medio de simpáticas anécdotas, contadas por un narrador innato.
Eso igualmente le venía de tiempo atrás: por la tradición paisa, que se remonta hasta los viejos arrieros; en Riosucio, cuyas manifestaciones culturales incluían tanto al popular declamador como al consagrado novelista, y en charlas familiares, frente al fogón de la cocina o en la sala y el comedor, en las que su madre recitaba poemas de Porfirio Barba Jacob, su pariente lejano.
Una palabra que se fue enriqueciendo con la lectura de autores como Víctor Hugo y Balzac, Quevedo y Góngora, pero también el infaltable Vargas Vila, cuyas obras estelares eran alquiladas en la biblioteca del cacharrero del pueblo por inquietos colegiales, entre quienes Otto llevaba la iniciativa.
Tal costumbre se acentuó, en lugar de desaparecer, cuando viajó a Popayán para concluir su bachillerato en la Universidad del Cauca, donde de entrada sorprendió al respetable profesor Tomás Maya (padre de Rafael Maya) por sus conocimientos literarios, no sin escuchar en el Parque Caldas las sabias enseñanzas del maestro Guillermo Valencia, convertido en modelo de vida al igual que los diversos miembros de la generación de Los Nuevos, a quienes pretendía -por qué no- superar algún día.
Y al lado de sus lecturas, llegaron la escritura, el periodismo, los ensayos y, como triunfo consagratorio en Medellín, la dirección del suplemento literario Generación, del diario El Colombiano, que ejerció en complicidad con otros jóvenes universitarios que ya brillaban en el panorama cultural del país: Jaime Sanín Echeverri, Miguel Arbeláez y Belisario Betancur, quien logró colarse al grupo directivo para ganarse unos pocos pesos.
Luego, aún deslumbrado por pensadores como Mariátegui y Vasconcelos, de vuelta a su tierra se instaló, con su flamante título de abogado, en Manizales, por donde cruzaba -se decía- el meridiano intelectual de Colombia, cuya tribuna por excelencia era el periódico La Patria bajo la dirección de Silvio Villegas, digno representante de la escuela grecocaldense que él tanto admiraba con la distancia debida.
Por último, fue a parar al Congreso de la República, como representante a la Cámara, donde estaba dispuesto a hacer política en grande, con sólidos principios ideológicos y plena sujeción a la ética, a las normas morales por encima de los mandatos jurídicos, en cabal ejercicio del espíritu humanista que le identificaba.
Repasemos, entonces, su formación política, tan importante como la intelectual y literaria que hemos visto a vuelo de pájaro.
Su vida política
En Otto Morales Benítez, el mundo político se cruzaba a cada momento con el mundo literario. Eran dos mundos paralelos. Y se desplazaban al mismo ritmo, en forma simultánea, como si ésta fuera la clave para alcanzar el desarrollo personal e integral que él logró, por lo cual también lo reconocemos como gran ser humano y, al decir de Machado, “en el buen sentido de la palabra, bueno”, base de su alta estatura moral.
Al respecto, tenemos pruebas de sobra: En su pueblo natal, al tiempo que daba rienda suelta a su imaginación con novelas y versos, fungía de incipiente líder político, impulsado por su padre, cuyo férreo liberalismo adoptó con figuras como Rafael Uribe Uribe, amigo de su familia materna en Fredonia (Antioquia), y con inquietos compañeros de infancia y adolescencia en el Grupo Guardia Roja, nombre que habla por sí solo.
En Popayán, al concluir sus estudios de bachillerato, ya era todo un intelectual metido en la política, que desde la Casa Liberal daba cátedra de doctrina, marchaba con entusiasmo hacia la Revolución en marcha promovida desde el gobierno por Alfonso López Pumarejo, apoyaba la candidatura presidencial de Darío Echandía y escribía en cuanto periódico se le cruzaba, defendiendo con pasión a su partido, obviamente en medio de la República Liberal.
Medellín, por su lado, lo llevó a enfrentarse, desde los inicios de la Segunda Guerra Mundial, al nazi-fascismo que pretendía arrasar con la democracia en el mundo, aún en el seno de la Universidad Pontificia Bolivariana, y enfilar sus baterías en la recia lucha por el liberalismo social que venía desde el general Santander, José María Córdoba, Ezequiel Rojas, Uribe Uribe, Murillo Toro…
Y así se fue codeando, poco a poco, con los pesos pesados de su partido, como cuando estuvo de gira, en campaña, con Carlos Lozano y Lozano, nada menos que en Rionegro, cuna del liberalismo radical, y después con el mismo Echandía, quien le reveló secretos del fallido golpe de Estado en Pasto contra López Pumarejo.
A continuación, en Manizales, donde reinaban las fuerzas conservadoras bajo el mando de los aguerridos Leopardos, puso en juego su don de gentes y su espíritu conciliador, aunque sin ceder un ápice en sus principios morales que honraban su apellido, para transformarse en máximo jefe del liberalismo caldense, enfrentado a situaciones críticas como el 9 de abril de 1948, cuando fue asesinado el caudillo Jorge Eliécer Gaitán.
A mediados del siglo, en 1950, ya había hecho su debut en el Congreso, como representante a la Cámara por Caldas, y se disponía, sin saberlo siquiera, a ser un dirigente político de talla nacional y respetable ideólogo de su colectividad, a la que representaría en encumbradas posiciones del Estado, entre las cuales no le faltó sino la Presidencia de la República, cargo más que merecido.
“Los colombianos tenemos esa deuda con él al no haberlo elegido presidente”, dijo alguna vez el presidente Betancur, su amigo del alma, al inaugurar la Sala Otto Morales Benítez en la Academia Colombiana de la Lengua.
Conclusiones
Ahora, ya para terminar, preguntemos: ¿Cómo sería Colombia si Otto Morales Benítez hubiera sido Presidente de la República, llevando a feliz término la candidatura oficial de su partido, que tantas posibilidades tenía de haber ganado la contienda electoral? ¿Cómo sería? Hagamos un esfuerzo al respecto, siguiendo los parámetros trazados en lo expuesto a lo largo de los párrafos anteriores.
Para empezar, hubiera frenado el clientelismo, uno de los mayores anhelos de su padrino político, el expresidente Carlos Lleras Restrepo; en consecuencia, los congresistas que pretendieron chantajearlo por puestos públicos y contratos, quienes al final provocaron la renuncia a su candidatura, habrían fracasado en sus aspiraciones, y eso habría sido un golpe demoledor y necesario a la corrupción en nuestro país, fenómeno que venimos padeciendo cada vez con mayor intensidad.
Su gobierno, pues, se caracterizaría, ante todo, por la guerra declarada a la corrupción en sus múltiples expresiones, con la debida autoridad moral desde la jefatura del Estado; por su carácter nacional, sin sectarismo, en la misma línea que Betancur le dio después a su mandato presidencial entre 1982 y 1986, buscando obviamente la paz con base en la justicia social, y por una política entendida realmente como el arte de gobernar, que fuera limpia, transparente, con partidos sólidos en el campo ideológico, cumpliendo su papel fundamental en la democracia moderna, no los grupúsculos personalistas y fugaces que nos dominan desde la Constitución de 1991.
En su cuatrienio, que ojalá se hubiera prolongado a través suyo o de alguno de sus fieles seguidores, habríamos presenciado una verdadera revolución cultural, rescatando las ricas tradiciones artísticas del pueblo colombiano en su conjunto, en la diversidad de sus regiones, para no perder la identidad nacional sino rescatarla y valorarla, con el máximo apoyo financiero por parte del Estado, lejos del neoliberalismo en boga que deja todo en manos de las fuerzas incontrolables del mercado, donde la cultura lleva las de perder.
La historia, a su turno, sería el motor de esa revolución. Y no sólo la historia tradicional, de héroes legendarios, que tampoco podemos ignorar, sino también la del pueblo, de las masas populares, desde las pequeñas poblaciones hasta las grandes ciudades, en el marco de la historia local, cuyos lineamientos él mismo trazó en sus obras, donde la Teoría del Mestizaje es piedra angular. No padeceríamos, en fin, el abandono de la historia en las aulas escolares, hecho que tanto le dolió en los últimos años de su vida.
Como hombre universal que era, con amplio reconocimiento en el exterior, no nos habría llevado a un localismo estrecho, aislado, solitario, sin proyección, más aún en la globalización actual que borra fronteras, puede dar al traste con la identidad nacional y sus valores ancestrales, dejándonos a merced de un pensamiento único, fuera del cual no hay salvación.
Él, por el contrario, haría de lo local -como Tolstoi- algo universal, de lo cual es prueba rotunda su magna obra literaria. E Indoamérica volvería a ser un sueño por realizar en el centro y el sur del continente, siendo éste el eje de su política internacional.
El humanismo, en síntesis, hubiera sido el signo de su mandato. Un humanismo integral, como el que reclamaba Maritain. Por ello, las humanidades tendrían puesto de honor en su modelo educativo, con la importancia de rigor a las ciencias humanas y sociales: a la historia, que es común a todas ellas; a la política, la Política en grande, con mayúscula; a la economía, puesta al servicio de las mayorías populares, y a la literatura, a nuestras letras, a la lengua castellana, unas y otras velando por el desarrollo de nuestras academias, lejos de la indiferencia estatal, e incluso del sector privado y la sociedad civil, que venimos soportando.
Y aunque un gobierno así no fue posible, mucho menos al mando del Gran Otto, es el que aún anhelamos los colombianos de bien, siguiendo su ejemplo. ¡No podemos, ni debemos, traicionar tan nobles ideales!
El libro “Dos maestros de la cultura colombiana”, publicado en Amazon, incluye, en su primera parte, una biografía de Otto Morales Benítez, titulada “El Gran Otto: Años de formación”.



