El inigualable encanto de viajar

Por Andrea Ruiz Manrique

Salud, una casa, la cuota inicial, un carro, un “San José”, más tiempo, un cuerpazo, vacaciones, un viaje, viajar… Según el doctor Google, estos son los deseos del nuevo año: anhelos disfrazados de cosas, sueños, modas, herencias, postergaciones, “imposibles” y reales. Hoy, con la nula autoridad que me da un pasaporte lleno de sellos y 34 países recorridos a golpe de mochila, caminatas y hostales, escribo: ¡arranque ya! Que el viaje soñado no quede atrapado en una foto perfecta del mapa de los sueños. Empaque esa maleta y deje que el mundo le enseñe lo que aún no sabe.

Viajar para sanar, escapar, desconectarse, saciarse, vaciarse. Un salto al vacío que nos devuelva la fe en el mundo. Sé que el mundo que defiendo tiene sombras e injusticias, pero esas son historias para otros periodistas. El mundo que quiero que descubras es el que hace menos ruido en una sociedad que grita por morbo; es el simple, el solidario, el abundante, el hermoso, como pintado por Dios en su día más inspirado y lleno de amor por nosotros. Un lugar donde las sonrisas no faltan y los aprendizajes se multiplican con cada paso.

Arrancados, despojados, esculpidos, empujados, liberados. Sin pedirlo, desde el mismo parto comenzamos a viajar. Con los años cambiamos de paisajes, de rostros, de risas. Viajamos sin movernos: del barrio que nunca elegimos, a la escuela que no pedimos, al amor que se fue como viento frío, al “sí” no soñado, al “no” inesperado. Viajamos en el tiempo detenido, en el que se fue y el que aún no llega. Viajamos en cada instante, en cada sombra que se alarga. Nómadas de un mundo compartido, y mientras nos vamos, el futuro nos espera con brazos abiertos, invisible y eterno.

Al viajar, equilibramos la balanza, llevamos al mundo un tesoro que parece extinguirse: tiempo y amor. Es resistirnos al olvido, al tedio, a la apatía, a las rutinas que nos aprisionan. Es heredar canciones, historias, libertad. Es la oportunidad de remendarnos, aprender, crecer. Empezar. Empezar tantas veces como sea necesario y hacer del mundo un banquete compartido, un hogar vasto y generoso, lleno de recuerdos. Así que viaja con humildad, sin perder el asombro ni el respeto por lo que encuentras, por lo que habita en cada rincón, sabiendo que el que se va nunca es el mismo que regresa, porque quien regresa es alguien nuevo, alguien que ha aprendido a confiar en la abundancia infinita del universo.

Lo más especial del mundo es que se deja conocer a cualquier precio, mentiría si digo que no desearía hacerlo desde un desayuno buffet cada mañana, pero si esa extravagancia aún se me niega, lo conoceré entre hostales, camarotes compartidos, salas de aeropuertos y terminales, haciendo auto-stop, viajando con camioneros, haciendo voluntariados, intercambiando trabajo por techo. Lo conoceré caminando, saboreándolo, porque en esta vida breve, que damos por sentada y que es tan efímera, irnos con las manos vacías de momentos memorables no es una opción. El mundo está abierto, esperándote, la pregunta es, ¿te atreverás a desacomodarte? La garantía que te doy es que, sea como sea, en clase ejecutiva o mochilera, siempre recibirás de vuelta un tesoro más grande que el que dejaste atrás.

Muévete. Escápate, viaja contigo o hacia ti, los viajes son retadores, estimulantes y reveladores; tienen ese deseo constante de incomodarnos, porque en la quietud nadie se transforma, en la quietud todo se congela, nada se rompe, poco se aprende. Al final, somos lo que queda después de las ruinas, lo que sobrevive a la erosión del tiempo, al temblor del movimiento, a la nostalgia que nos sostiene. Entonces, miro las fotos de mis viajes y el mundo me vuelve a conmover. Es la emoción de conectarse con todo y descubrir que tenemos más fortaleza e ingenio del que sospechamos. Es la magia de mover la nariz y que sucedan milagros, la magia de no entender idiomas “ni papa”, pero entenderlo todo gracias al lenguaje del amor.

El viaje más difícil ha sido quedarme, escapo con ánimos de cambio, me muevo por miedo a anclarme. He migrado buscando ser algo o alguien diferente, sigo buscando partes de mí que aún no encuentro, pero en mi camino ha predominado el sol. Soy una chica afortunada. ¡Qué rico es el mundo con todos ustedes en él!

Cada vez que me voy, algo de mí se queda y algo del mundo me sigue, es la certeza de saber que podemos con todo. Los viajes te revuelcan, te regalan y te quitan, a la fuerza te muestran el valor de la pausa, tiempos para irse, tiempos para quedarse. Viajar son miles de primeras veces muchas veces.  El regalo es el presente, y pues el presente hay que quererlo, quererlo mucho porque es lo único que tenemos.

Renegar del mundo es un boleto sin regreso. Desde el sofá, todo parece desganado; no puedes hablar del mundo si no lo has caminado. Así que ¡salta! Empaca esas Ipanema y ¡chao, goodbye! Lleva lo necesario, revuelto con tus miedos y una estampita de la Virgen. Esos 10 kilos “gratis” de las aerolíneas son más que suficientes, viaja ligero, sin pretensiones, sin extravagancias, y el desodorante, sí, por favor, porque nadie quiere oler a arroz paisa recalentado a medianoche. El mundo quiere que lo camines, que lo saborees en la plaza de mercado con comida local, la foto es un hermoso recuerdo, pero no el objetivo.

Que sea una mochila donde quepa todo el mundo: paisajes, historias y deseos; realidades vividas desde la coronilla hasta el dedo gordo del pie, inmortalizadas en las pupilas y en los latidos. En carne propia, he sentido la inmensa bondad de la humanidad, el desapego, y descubro que las personas buenas abundan, dispuestas a dar sin medida ni retribución. Entiendo que, sin pensarlo, sin pedirlo, todos los días, desde todos los rincones, todos salvamos un poquito el mundo.

Y entonces para mi lo más hermoso del mundo son las personas en el mundo, los milagros cotidianos, invisibles a los ojos, pero palpables en el corazón. Milagros que ocurren de formas inexplicables y misteriosas, casi siempre en forma de personas. Y sí, si el mundo, la naturaleza, los seres humanos no logran estremecerte, no te abren el pecho al asombro, si no te regalan gratitud, entonces ya estás muerto y no te lo han dicho. 

La mejor sensación de viajar es regresar, volver a casa, el reencuentro, la espera, las flores, el terminal, el aeropuerto, la ilusión, la certeza. Por eso, cuando me preguntan cuál es mi lugar favorito, no dudo: es Colombia. Es Pereira. Es el barrio El Japón en Dosquebradas. Es mi casa, mi familia, mis padres. Soy yo con ellos, comiendo arepa con huevo y tomando café.

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