La apertura que tuvo más allá de las fronteras eclesiales y religiosas, seguirán generando un lugar propicio para la lectura y la escritura.
Jáiber Ladino Guapacha
Con la experiencia que dan más de setenta años, Jorge Mario Bergoglio comenzó su pontificado con un nombre clave para la aventura en la que sumergiría a la Iglesia: decidió llamarse Francisco. En la iglesia católica ese nombre es signo de contradicción. Nos recuerda al joven de Asís que renunció a la herencia de bienes y que en la mendicidad encontró una respuesta al llamado de un Cristo roto. Frente al poderío de la corte papal, el sayal y la cueva de Francisco fueron una denuncia y una protesta del poder geopolítico con el que cardenales y obispos controlaron la Europa medieval. El tosco hábito representó una bofetada al oro y la seda de los príncipes apostólicos. Sin embargo, y aunque parezca contradictoria, la revolución de Francisco de Asís fue obediente. Quizá por eso no dejó de ser el “hermano menor” y no aspiró a convertirse en sacerdote.
Bergoglio se inspiró en aquella pobreza de la que hizo signos, gestos y políticas: su anillo, sus zapatos, su sotana, su portafolio. He ahí las armas de su revolución evangélica. Poner las cuentas claras, administrar los bienes para que sean medios y no fines, desestimar la opulencia y el protocolo para lograr la eficacia de la caridad, resumen su pontificado. Un testamento espiritual que se la jugará en el cónclave que se avecina: continuar o retroceder.
Dos encíclicas
Bergoglio, además de proponer a la iglesia una pobreza en la que no se confundiera la gloria y el esplendor del culto, con la vanidad y la fastuosidad del hombre, también conservó de Francisco de Asís la inquietud planetaria. Francisco, siendo jesuita, no fue el Papa Negro que algunos vaticinaban, sino el “Papa Verde” que comprendió el Cántico de las criaturas y pudo concebir a la luna y el sol, al lobo y a la muerte, como hermanos. El 15 de mayo su encíclica sobre el medioambiente, Laudato si’ cumplirá diez años. Se trata de un documento que incorpora en la Doctrina Social de la Iglesia, una serie de reflexiones éticas y espirituales, económicas y políticas, en la que los biomas y las reservas de la biósfera, los hongos y los niños por nacer, las artes y el cambio climático, son asumidos como un todo. La visión holística del Papa en la que moneda, genes, océanos y suelo están intrínsicamente unidas al alma y la fe, no dejan de ser un proyecto de renovación antropológica, con las Escritura y el Magisterio mostrando cómo malinterpretamos el relato del Génesis sobre someter/administrar la tierra.
Creo que aún nuestro acelere no nos ha dejado percibir toda la paz que irradia la Laudato si’. Ese llamado nos detiene a contemplar la belleza de las yerbas, los microorganismos que no percibimos. Nos exige un silencio transformador en el que nos preguntamos qué es lo que realmente necesitamos frente a la dinámica de mercado que nos llena de basura y sequedad.
En el mismo espíritu del Francisco de Asís, el Papa escribió otra encíclica para abordar la paz y la amistad: Fratelli tutti cuyo mayor anhelo es el de “que en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad”.
Papa profesor y poeta
El Papa, que fue profesor de literatura, escribió sus homilías y textos doctrinales como quien lee la profundidad de la vida y la entiende dentro de un plan divino. Por eso tienen un tinte anecdótico y vuelo poético. Una verdad bien dicha, clara, con gracia. Es curioso que, después del sínodo de los obispos amazónicos, la exhortación que nace de aquellas sesiones,
Querida Amazonía, tenga referencias en las que el Concilio Vaticano II, Benedicto XVI y Juan Pablo II, aparecen junto poetas y novelistas, provenientes de Perú, Chile, Colombia, Brasil, Bolivia y Ecuador tales como Ana Varela, Mario Vargas Llosa, Javier Yglesias, Pablo Neruda, Juan Carlos Galeano, Euclides Da Cunha, Amadeu De Mello, Vinicius de Moraes, Pedro Casaldáliga, Sui Yun, Jorge Vega Márquez y Lucila Lema.
Esa experiencia lectora de Francisco se hace invitación en la carta que firma el 17 de julio de 2024: “La literatura tiene que ver, de un modo u otro, con lo que cada uno de nosotros busca en la vida, ya que entra en íntima relación con nuestra existencia concreta, con sus tensiones esenciales, sus deseos y significados”.
Cartas menores
Siento que hay tres documentos pequeños que condensan la espiritualidad de Francisco y que abren las puertas a desafíos espirituales desde la sencillez de la vida cotidiana. Para que queden como invitación, sólo los enunciaré y citaré algún fragmento.
Misericordiae vultus (2015, Bula del Jubileo de la Misericordia) “No juzgar y no condenar significa, en positivo, saber percibir lo que de bueno hay en cada persona y no permitir que deba sufrir por nuestro juicio parcial y por nuestra presunción de saberlo todo”.
Patris corde (2020, a propósito del año dedicado a San José) Francisco, después de aludir a la novela del polaco Jan Dobraczyński, La sombra del Padre, señala que: “Nadie nace padre, sino que se hace. Y no se hace solo por traer un hijo al mundo, sino por hacerse cargo de él responsablemente. Todas las veces que alguien asume la responsabilidad de la vida de otro, en cierto sentido ejerce la paternidad respecto a él”.
C’est la confiance (2023, sobre Santa Teresita del Niño Jesús): “En un momento de complicaciones, ella puede ayudarnos a redescubrir la sencillez, la primacía absoluta del amor, la confianza y el abandono, superando una lógica legalista o eticista que llena la vida cristiana de observancias o preceptos y congela la alegría del Evangelio”.
Es mucho lo que queda por decir y abordar de esa relación que el Papa Francisco tuvo con la espiritualidad y la literatura. Su vida misma es texto inagotable: la espontaneidad de sus actos, la apertura que tuvo más allá de las fronteras eclesiales y religiosas, seguirán generando un lugar propicio para la lectura y la escritura.



