Gustavo Colorado Grisales
La poesía es un fruto escaso y por lo tanto difícil de alcanzar. Por eso, lograr un buen poema puede tomar toda una vida. La palabra precisa, el ritmo, los silencios no surgen por generación espontánea: hay que rastrearlos con la paciencia de esos buscadores de tesoros capaces de atravesar desiertos y escalar montañas detrás de su obsesión. Al final, el poema será entonces la recompensa.
Olga Lucía Betancur ( Viterbo, Caldas, 1947) sabe de esas búsquedas. Sabe también que para cincelar unos buenos versos hay que equivocarse muchas veces antes de acercarse a la revelación. Al momento en que la luz se filtra a través de las palabras y, entonces, todo se hace poema, como lo manifiesta en esta suerte de declaración de principios que le da título a su más reciente libro:
Todo se hace poema:
Los fértiles sonidos,
los silenciosos vientos…
Las profundas raíces
que labran los caminos
donde bulle otra vida.
El tiempo es ondulante,
el espacio se curva,
El aire es como un prisma
y me convierte en onda
Que levita.
No es casualidad que la palabra errancia se repita tantas veces en la poesía de Olga Lucía Betancur. Para ella el poema es un deslizarse a través de sí misma por los caminos donde bulle la vida hasta convertirse en onda que levita.
Pero más allá del viaje físico-una constante en su obra- lo suyo es un abismarse en los espacios interiores, en esa geografía del alma plena de ideogramas y jeroglíficos en los que acaso se encuentre codificado el propio destino. Así, en un poema titulado con no poca dosis de ironía “ Happy Birthday”, nos advierte:
El Tiempo,
cae a cuenta-gotas
sobre el claror de las auroras…
¿Hasta cuándo
podremos resistir
dignamente
el innoble asalto
de la decadencia.
Y medir con certeza
el lujo del instante
que nos abandona
entre el ansia
de seguir respirando?
El instante es un lujo, la flor del día que una vez disfrutada se aleja sin remedio dejando a su paso una estela de ceniza. De esas cenizas está hecho lo que llamamos la vida. La labor del poeta consiste en amasar esa materia con el fin de convertirla en canción. Eso explica la proximidad entre la poesía y la música, acaso la gran obsesión de Olga Lucía Betancur. En sus poemas la música es una presencia constante. En las páginas de Todo se hace Poema el lector escucha resonancias de Bach, de Mozart y de Arvo Part, al lado de tangos cantados por Susana Rinaldi o de blues dolientes del Profundo Sur norteamericano. Al fin y al cabo, la poesía fue en principio canción en la voz del rapsoda. A lo mejor en una de esas melodías encontremos respuesta a la pregunta formulada en los últimos versos de “ Happy Birthday”, firmado en Luxemburgo en mayo de 2012:
¿Cómo sabremos
que ha llegado la hora
de alejarnos,
con la discreta elegancia
de la Melancolía?
Discreción y elegancia: dos características de la obra poética de Olga Lucía Betancur. A años luz de tantas corrientes al uso, la suya es una poética alejada de las estridencias, porque es pariente del viento que se agita entre los árboles, del arroyo que viaja a su cita con mares ignotos. De esas lejanías, la autora regresa a veces con versos como estos:
Hay, en algunas tardes
de este país de vientos,
un color de nostalgia
-un gris en pinceladas-
que me remonta lejos,
a mis picos nevados.
La vida como viaje es acaso el más antiguo de los tópicos. Con todo, en estos poemas la imagen cobra otros sentidos. Las criaturas vivientes y las inanimadas somos relojes de arena en los que el tiempo se mide y nos mide, recordándonos que algo somos…/ Algo que siente y que palpita/ a pesar de la infalible NADA/ que borda nuestros sueños.
En ese viaje de ida y vuelta el tiempo, lejos de ser un enemigo, es nuestro mejor cómplice. De ahí que los versos de Olga Lucía Betancur sean un constante tributo a las manos, a los pies, al corazón, que nos ayudan a renovar cada día el milagro de estar vivos, no a pesar sino gracias a nuestra condición de briznas en el viento: Soy un punto que respira,/ y una brizna insegura/ que bascula en el éter. / Un día soy ligera/ ascendiendo confiada/ en certezas de vida.
Los versos de Todo se hace poema trazan un arco que va de Viterbo, en las montañas de Colombia, a Luxemburgo y otros lugares de Europa antes de retornar a La Estrella, un rincón de la vereda La Bella, donde ahora reside la autora mientras desvela certezas como esta: Ahora, cuando los años/ han tendido su velo, / empiezo a parecerme/ a la madre transparente. Justo aquí brota la pregunta entre la fronda de sus versos :
¿Dónde ha ido la infancia
que soñaba golondrinas
brillando en los aleros?
y el caballo de madera
en el que Sherazada
me invitaba a los viajes…
O “Las Mil y una noches”,
ese libro que hizo de mis días
un vuelo interminable?
El círculo se cierra en una geometría que es en sí misma metáfora del universo. Metáfora que se revela una vez más en un poema titulado Rio Otún: Hoy, voy fluyendo lenta/ por las oscuras aguas de mi Tiempo, / Y, grávida de ti, me reconozco/ en la impasible repetición / de tu Misterio. Es su manera de recordarnos que a través de las doscientas veintisiete páginas de este libro Todo se hace poema.
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