Efraín Villanueva
El fallecimiento del hijo de la criada fue el primer contacto de la adolescente Simone de Beauvoir con la muerte. Le sobrecogió no solo por ser el primero, sino también por la celeridad con la que actuó la neumonía. Beauvoir aprendió que las enfermedades pueden ser mortales y veloces. Pero pronto entendería que la muerte también podía ser penosa y lenta. El hijo del conserje de su edificio contrajo tuberculosis y yacía convaleciente en el pequeño cobertizo, al lado del cuarto de las basuras, en el que vivía su familia. Cada vez que salía o entraba del edificio, Beauvoir no podía evitar imaginar lo que estaba ocurriendo en el interior de aquella habitación.
Su conclusión fue rotunda: los adultos eran fuertes y sanos, los niños débiles y propensos a morir. Si los niños del edificio estaban muriendo, indudablemente, asumió, los siguientes turnos le corresponderían a Hélène, su hermana menor, y a ella. Hélène intentó persuadirla de tales pensamientos, pero para Beauvoir las evidencias de los acontecimientos hablaban por sí solas.
Unos años antes, antes de cumplir los diez, escribió The Misfortunes of Marguerite, su primer intento de libro. Con la misma imaginación con la que creó las situaciones desafortunadas de su protagonista Marguerite, Beauvoir vislumbró escenarios de su muerte que recreaba en su cabeza una y otra vez. En uno de ellos, yacía en su féretro con un vestido blanco y sus manos unidas en oración sosteniendo un crucifijo. En otro, su cuerpo era encontrado en la calle. Nadie sabía quién era, pero todos la rodeaban y lamentaban la muerte de una mujer tan joven y hermosa. Todas estas escenas tenían en común los llantos y el dolor que producía su partida. Tratándose de una adolescente que empezaba a experimentar conflictos emocionales y desacuerdos con su madre, las fantasías de su propia muerte le permitían vislumbrar un mundo en el que era amada y en el que la gente sufriría por su muerte.
El temor hacia la muerte acompañaría a Beauvoir hasta el final de sus propios días. Décadas más tarde, viviría un momento similar al del fallecimiento de los niños de su edificio. Albert Camus y Michel Gallimard murieron en un accidente automovilístico. Aunque no tenía un afecto especial hacia Camus, lo conocía muy bien y era uno de los protegidos de Jean-Paul Sartre, su compañero sentimental de toda la vida. Gallimard había sido su editor y lo tenía en una alta estima. Unos meses antes, un infarto cardíaco había provocado la muerte de su amigo Boris Vian. La aprehensión de la muerte que actúa infalible y con rapidez volvió a llenar su cuerpo. Beauvoir asumió que una “serie de muertes había empezado” y que pronto le correspondería a ella su inevitable turno.
La muerte escrita
Durante sus años universitarios, a Beauvoir se le ocurrió que ficcionalizar su vida le permitiría explorar los conceptos de existencia y autoconciencia. Después de todo, aunque todos los humanos vivimos vidas similares, pensaba, cada uno vive con una esencia individual –una esencia cuyos orígenes probablemente se remontaban a la infancia. En su caso particular, remontarse a su infancia implicaba adentrarse en la condición final de la existencia: la muerte y el miedo que le tenía y que se había desarrollado en sus primeros años de vida.
Beauvoir no solo le temía a la muerte, también la odiaba. La veía como un factor entrometido: ¿cómo podemos vivir a plenitud si estamos inevitablemente condenados a morir? Este temor y odio estaba expresado hacia su propia muerte, pero también a la de sus seres queridos. La muerte del hijo de la criada y del hijo del conserje eran recuerdos imborrables de que, tarde o temprano, todo lo que amaba, y a todos a quienes estimaba, morirían. Y era la muerte de Sartre la que más le desazón le despertaba.
Como lo hizo anteriormente con el fallecimiento de su madre, Beauvoir solo podía lidiar con la muerte de Sartre escribiendo sobre ella. En sus últimas vacaciones en Roma, la pareja había grabado sus conversaciones. Beauvoir utilizó las transcripciones de las cintas como materia prima de Adieux, un texto en honor a su amante. Fue una escritura pesada y desgastante que la afectó emocional y físicamente. Para Deirdre Bair, su biógrafa, escribir sobre la muerte le permitía a Beauvoir “convertir el duelo en un monumento viviente de palabras; una memoria de la muerte de sus seres queridos y el rol que ella misma había tenido en dicho proceso los hacía, a ellos y a ella, inmortales”.
Su inevitable muerte
Fue en una mañana de diciembre de 1985. Sylvie, la hija adoptada de Beauvoir, encontró a su madre tirada en el piso de su habitación. Aparentemente, Beauvoir tropezó en la noche y no pudo levantarse. Su exposición al frío invernal le provocó una neumonía que la obligó a permanecer en el hospital hasta enero del año siguiente. “Ya no tengo los huesos más sólidos y mis piernas no funcionan tan bien, y la idea de sufrir una caída me aterroriza”, le había escrito Beauvoir a Helen P. Wenk.
Beauvoir prosiguió, sin contratiempos, su vida. Continuaba leyendo libros, escribiendo y editando artículos, trabajando con sus editores cuando era necesario, concediendo entrevistas. Leía las noticias nacionales, pero también las internacionales –los eventos que ocurrían al otro lado del Atlántico, como la presidencia de Ronald Reagan y la revolución Sandinista en Nicaragua– captaban su atención con gran interés. Todo esto a pesar de su decaimiento físico. Durante décadas, Beauvoir había bebido alcohol en exceso y estos abusos habían hecho mella en su salud.
Su estómago estaba casi siempre hinchado por la cirrosis crónica, lo que provocaba que una acción tan simple como estar de pie fuese una labor penosa y agotadora en extremo. Caminar, así fuese solo de una habitación a otra, le provocaba dolor, como también lo hacía intentar cambiar sus ropas en la mañana. En ocasiones, su estómago estaba tan inflado que no podía cerrar su bata. Y aunque Beauvoir había reducido su consumo de alcohol durante los últimos años, algunas noches se sentaba en la oscuridad con Pierre Bost, amigo de la familia, a beber y lamentar la muerte de Sartre y de Olga, la esposa de Bost.
Vivió así durante meses. Hasta que en marzo de 1986 tuvo que regresar al hospital. Los doctores confirmaron que sufría de daño cirrótico, retención de líquidos y un edema pulmonar. Luego de una cirugía, contrajo neumonía y fue llevada a la unidad de cuidados intensivos. Aunque inicialmente era sometida a masajes y ejercicios de movimiento en su habitación, con el pasar de los días estaba demasiado exhausta para cualquier esfuerzo físico. No tenía fuerzas para recibir visitas, ni siquiera para leer. Murió el 14 de abril de 1986.
Beauvoir fue enterrada al lado de Sartre y una multitud de amigos, colegas y periodistas hizo parte de la procesión hasta el cementerio Montparnasse. Pero también hicieron parte de ella, familias cargando a sus hijos e hijas, académicos y feministas de todo el país. Un taxista que se bajó de su auto a protestar por la lentitud de la marcha se unió al grupo cuando le dijeron quién había muerto. La seguridad del cementerio, temerosa de desórdenes, cerró las puertas al ver la multitud. Pocos dudaron en saltarse los muros y las rejas. Todos, hombres y mujeres, se habían congregado para despedir a una de las mujeres más importantes en la historia reciente de Francia, a la gran escritora y pensadora, a la responsable de impulsar la revolución feminista. Elisabeth Badinter lo expresó mejor: “Mujeres, a ella le deben todo”.
* Con información de Simone de Beauvoir – A Biography (Touchstone, 1990) de Deirdre Bair.
El autor
Efraín Villanueva (@Efra_Villanueva). Escribe novelas, cuentos y artículos culturales. Su primer libro, Tomacorrientes inalámbricos (2018), fue galardonado con el Premio de Novela Distrito de Barranquilla. Su primera colección de cuentos, Guía para buscar lo que no has perdido (2019), fue ganadora del Concurso Nacional de Cuentos de la Universidad Industrial de Santander. Es MFA en Escritura Creativa de la Universidad de Iowa y tiene un título en Creación Narrativa de la Universidad Central de Bogotá. Sus trabajos han aparecido, en español, inglés y alemán en publicaciones como Granta en español, El Heraldo, El Tiempo, Arcadia, Huffington Post Deutschland, Vice Colombia, Literal Magazine, Roads and Kingdoms, Little Village Magazine, entre otros. Actualmente vive en Alemania, en donde prepara su próxima novela.



