El altar de la psiquis

Edilberto Diaz Correa

Antonio labora en una empresa de la ciudad que opera en uno de los edificios céntricos y deseando tomar un descanso se asoma al ventanal del cuarto piso, el viento sopla haciendo mover con suavidad los cabellos prendidos de su cabeza. Al levantar la vista, ve a una singular pareja: un hombre acompañado por un perro negro caminando como transeúntes urbanos, le sigue con la mirada hasta que se pierden en la distancia y decide escribir respecto a este asunto, minutos después al regresar a su labor, se sienta en la silla de aquel destartalado escritorio, intuye que sobre este mueble han pasado varias generaciones de primates humanos, algunos a mandar y otros a escribir; se han diluido allí, poco más de la mitad de sus vidas enredadas en los maderos, prendidos los destinos en esa tinta color ocre de aquella superficie colmada de espejismos.

Más tarde se dirige nuevamente a una de las ventanas en aquel cuarto piso, escucha el bullicio y puede ver la aglomeración de personas esperando el cambio de luz en el semáforo dispuesto en esa esquina.

La ubicación estratégica hace que por estos espacios se puedan tomar instantáneas sin que nadie lo note, para luego ser puestas en la retina. Se puede mirar a los ciudadanos caminar, a los vehículos transitar, se observa la peladez de algunas cabezas maltratadas por el tiempo.

La ciudadanía corre en fantasmales odiseas, efectuando una falsa búsqueda, todos en su locura tratan de hallar no se sabe qué cosa, quizás andan cegados por la falsa luz emitida por la esquiva felicidad, la buscan en perversión insólita y como adictos no se dan cuenta que ella es una quimera extraviada desde hace tiempos inmemoriales, mucho más difícil que un fantasma levitando, se halla oculta en el templo de Zeus, del cual, ya nadie sabe si es verdad o ficción, lo que sí es seguro, es que todos desean ser felices en medio de su infelicidad.

Aquellas figuras urbanas en su andar coquetean a la vacuidad, extraviados los pensamientos con la mirada perdida ubicada en los terrenos de la nada.

De repente les ve pasar raudos en pareja, un indigente acompañado de un perro negro, este animal quien se observa mucho más alentado que su amo, luce radiante. De aquellas imágenes se puede deducir que es un can que goza de ciertos privilegios en la comunidad habitada mucho más allá del olvido. En conclusión, un perro bien cuidado.

Lleva el animal, sujetada por el hocico, una bomba roja atada a una cuerda, un símbolo de fragilidad y vistosidad cuyo bien pensado objetivo es llamar la atención. Camina de prisa como si estuviese retardado a una cita. El personaje con su andar apresurado alienta el olfato del canino, impulsándole para ir en busca de los sueños extraviados en los enredos del destino.

Le vi paseando el perro con una expresión digna y acompañada de cierto regocijo, ambos se sentían orgullosos en estado de felicidad, el de su perro y el perro de su amo, dispuestos a dar cada uno la vida si fuese indispensable entregarla por el otro. Los dos disfrutan aquel reconocimiento necesario entre seres inteligentes, extraño y conmovedor cuadro si se le compara con la mirada de envidia y fatal des-humanidad de la mayoría de transeúntes urbanos.

Aquel caballero soñador acompaña el andar con su sonrisa de felicidad, desfigurada por el maltrato que hace a los hombres la pobreza, muestra a la sociedad la mascota con orgullo tratando de decir: “Soy una persona especial y de valía, observen mi mascota, mi obra de arte, mi consagración, el atributo que me distingue de los demás”.
“¡Miradme! ¡Reconocedme! Al fin y al cabo, todos nos reconocemos en los otros, ¿Por qué yo no he de reconocerme en ti?”

“Aprecia mi mascota ya que no deseas mirarme a los ojos, no deseas reconocerme, se siente en las miradas displicentes y en las ojeadas hacia el can, evades mi mirada”.

“No me mires, mira al can, pues con ello me aprecias. Yo como el resto de mortales deseo reconozcas en la presente obra mi humanidad, que por aquellas cosas del destino no he tenido la oportunidad. La suerte y la oportunidad son dos musas clasistas que no se posan en mi camino. Sé que no me observarás con la igualdad de seres humanos negándome la felicidad de ser alguien”.

“Obsérvame, o mejor no me mires, contempla mi mascota, siempre y cada vez que desvíes tu mirada hacia él, me apreciarás, aprecia mi obra y con ello en mí rostro se reflejará la felicidad producida por su especial reconocimiento en la mejor obra contra el olvido y la infidelidad”.

Ellos continúan caminando, en el andar se podía ver a ambos en su juego atraer las miradas, en un paseo dispuesto para mostrar de que estamos hechos los humanos, el con la dignidad en alto y el orgullo al haber logrado al fin un mecanismo para alejar la soledad y la desgracia. Ahora en su sentir se redimió como persona al conseguir el anhelado reconocimiento al que aspiramos todos los mortales. Aquella pareja continúa andando sin parar y lentamente se pierden en la inmensidad del paisaje urbano.

Pensé, han descubierto la riqueza mayor, el tesoro oculto en el reconocimiento por la obra, la cual estará abierta cual cuadro de Da Vinci; él y todos los humanos sufrimos de una extraña adicción a las cosas buenas, a los buenos y gratificantes recuerdos, por ello estoy seguro, mañana regresará por su dosis de felicidad y reconocimiento merecido en dignidad.

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