Zapatos de película

Ángel Gómez Giraldo

“Las paredes tienen ojos”. Esta es frase que aún hoy se continúa pelando cual fruta madura. Mas yo le agrego que también tienen oídos para que nos demos cuenta cómo surge el rumor, que es noticia no confirmada.
Así las paredes de las primeras salas de cine que abrieron en los espacios más amplios de edificaciones con paredes de bahareque en los pueblos, no tardaron en ser perforadas por los ojos de los fisgones y voyeristas para ver las películas gratis desde las viviendas vecinas. Los impulsaba el erotismo. Entonces como erotismo es lo que mantiene el deseo y pornografía lo que lo satisface, surgió el llamado cine rojo porque las escenas en la pantalla grande ruborizan hasta un difunto.

Estas cintas rojas rodaban en el Teatro Pereira, en todo el centro de la ciudad, carrera 7a. entre calles 17 y 18, con actores y actrices tan destapados que no se permitía la entrada a los menores en una época en que se llegaba a la mayoría de edad a los 21 años.

Hoy por hoy este cine aparece etiquetado y señalado en consonante de carrizo, “X” , para que los ángeles inocentes sepan que no es para ellos.

Germán Ossa, el más destacado cinéfilo pereirano, el mismo que lleva 22 años realizando anualmente el Encuentro Nacional de Críticos y Periodistas de Cine con invitados internacionales, revela que vio la primera película en un teatro sin censura cuando apenas había cumplido los 12 años de edad.

Cuenta nuestro ciudadano cineísta que no conoce más predios que los del arte, que la primera película que vio aparecía titulada en español con un nombre de lucha “Ataque”, con Jack Palance, la que le abrió tanto los ojos en la oscuridad de la sala que se le salieron y al finalizar la proyección casi que no los encuentra.

“Me leí con avidez de sediento en manantial hasta los créditos, tanta que se me quedaron grabados en la memoria todos los nombres de quienes participaron en el filme”, recuerda con satisfacción.
Esta pasión inicial por el cine llevaría a Germán a ser aquí uno de los más conocedores del séptimo arte.

Tabú
Como el tema sexual no era todavía fruta comestible, el teatro recibía solo visitas de los más libidinosos con derecho a desahogarse en la oscuridad total de la últimas sillas.
En el resto del teatro las manos hechas silueta de mariposas blancas hacían de las suyas. Y todo era solo sombras. Sombras que se engullían cualquier identidad. No faltaban los que ingresaban furtivamente y disfrazados. Temor a los prejuicios.

Para todos
El cine decente se veía en salas distintas al Teatro Pereira. Eran películas tan digestivas que hasta los religiosos las veían.
Teatro Pereira, sala de cine perteneciente al Circuito Otún de la sociedad limitada Botero y Cabal.
Todavía se recuerda que uno de sus administradores, Hildebrando Soto, murió ahogado en las aguas del río Cauca; y Alberto Soto, responsable de la cafetería quien gracias a que coleccionaba las tapas de la gaseosa Kolcana se ganó la rifa de un automóvil último modelo para ser empleado con historia de película.

Palo
El Teatro Pereira dio palo por más de 50 años hasta que no aguantó más y al igual que los otros, para público de todas las edades, cerraron los ojos.
Sin embargo como el cine rojo se negaba a desaparecer se abrieron otros por la Calle de la Fundación, salas calientes en edificaciones frías y sórdidas para ingresos furtivos.

Fueron como la última descendencia del Teatro Pereira.
Muchos de los espectadores al igual que lo hacían los del Teatro Pereira llegaban arrinconados y con gestos de persona adusta y entonces pasaban por desconocidos aún para los más amigos.
Eran los mismos aficionados al cine rojo agazapados por el mismo temor al “qué dirán”, a los prejuicios sociales.
Salas marcadas para encuentros que hacían trizas la morigeración y el pudor.

Hoy en día
Hasta hace tres años, contiguo a residencias Yarit de la calle 19, muy cerca a la sede del gobierno departamental, existió una sala de cine rojo como el fuego pero que no alcanzó a incendiar la cuadra porque las llamas nunca salieron de la pantalla.
El administrador de este hotel, hombre de madera fina, robusto, sostiene que no sabe cómo su pecadero de centavos no ardió en llamas.

Este cine de la calle 19 reapareció rapidito en la carrera 11 entre cales 18 y 19, y ahí está. Funciona a la más alta temperatura y a gran revolución, encima de frutas y verduras y con el olor del vecino que vende pescado.
La puerta de acceso toda de color blanco, cuando está abierta, muestra unas gradas pulcras para que la ansiedad suba rápido al segundo piso.
Lo primero que se encuentra uno allí es la administración y la cafetería con una presentación de quinceañera en minifalda.

A partir de las 2:00 de la tarde sube la temperatura, sube el color, y todo es rojo.
Hay cuatro salas pequeñas divididas por cortinas. Las hay para todas las sexualidades con sofás muy cómodos y mullidos para que el cuerpo no se canse.
No hay instalados proyectores de cine sino televisores de pantalla plana en la pared con películas en DVD.
El lunes de “lumpereza”, uno que otro espectador, difícil de identificar arropados en un mutismo de voces guardadas. No hay movimiento sino ojos abiertos en dirección al televisor, otra cosa puede ser cuando hay buena asistencia.

Si alguien sufre de pena propia o ajena… fresco que nadie le va a ver. ¡Sombras nada más!
El boleto de entrada no cuesta más de 7 mil pesos y el día martes descuento del 20 por ciento.
Es cuando las salas de cine “X” arden más, son leña seca encendida. Días de gatos sobre el tejado.
Estando adentro, el recuerdo del Teatro Pereira es un dragón echando fuego por la boca. Se le viene a uno encima. Lo atropella porque quién iba a pensar que la sala del Teatro Pereira-Circuito Otún- iba a terminar en una venta de calzado para dama y caballero.

Le sigo el rastro y la memoria me dice que terminó en “Zapatos de Película”.
A pesar de tan acertado nombre y razón social, este desapareció al poco tiempo de estar colgado para que abriera aquí otro almacén de la misma prenda: Calzado de Moda. Es bueno decir que Zapatos de Película no desapareció definitivamente ya que el aviso fue fijado en un nuevo negocio a pocos pasos, calle 17 entre carreras séptima y octava para que nadie piense que es descabellado decir “Zapatero a tus zapatos”.

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