El arpa del emperador

Dioscórides Pérez*

En  una meseta de la montaña de Lungmen crecía un inmenso árbol, que era el verdadero rey del bosque. Sus ramas se enredaban arriba con las uñas del dragón celeste y sus raíces penetraban la tierra tan profundamente que tocaban las puertas de la casa de los demonios. Pero sucedió que un mago se enamoró del árbol y lo cortó. Con  su madera fabricó  una   hermosa arpa a la que puso  herrajes de plata y adornó con figuras de jade, turquesa y lapislázuli,  y se la envió  como regalo al emperador Ming Huang. El mandatario, maravillado,  reunió a todos sus cortesanos y concubinas  para que disfrutaran del primer concierto. Pero los esfuerzos de sus mejores músicos resultaron  inútiles para sacarle una melodía a aquel extraordinario instrumento. Todo el que intentó tocarlo fracasó y su cabeza cayó  ante  la espada del verdugo.

 

Entonces, fue llamado un humilde monje taoísta que habitaba en la montaña Huangshan, quien  tenía fama de tocar de forma maravillosa su flauta de bambú. El monje llegó al palacio vistiendo una raída túnica negra y unas viejas sandalias, pero   en sus cabellos largos llevaba enredadas las nubes. Pidió que lo dejaran solo con el instrumento.  Cuando los cortesanos estuvieron cómodos, seguros de que presenciarían otro degollamiento, apareció el  monje con el arpa entre sus brazos, se sentó en el piso, miró a un lado e inhaló el aire del jardín,  y con un golpe vertical  rasgó las cuerdas. Inmediatamente  trinaron  los pájaros y volaron las mariposas celebrando el aire tibio de la primavera; entre las columnas del palacio y las rocas del jardín se escuchó correr  el agua cristalina de la cascada y el colorido  rumor del florecer de los  ciruelos, cerezos y melocotoneros.

 

Después sopló un viento seco y arenoso y el brillo de un  relámpago chocó contra el biombo de las ocas de nácar; sobre los tocados de los cortesanos y la capa del emperador  cayeron gotas de  lluvia.  Cerca, se  escuchó el zumbido de las abejas y las libélulas, lejos se oyó el  rugido del tigre, y sonaron los cascos de los caballos levantando el polvo del camino. Vino enseguida un murmullo de insectos,  las cigarras chillaron a reventar  entre los magnolios y los carrizales, y  una cascada ámbar  de hojas secas cubrió  lentamente el mármol blanco de la sala imperial. Un arpegio oscuro hizo ulular la lechuza y volar las luciérnagas, y   se elevó la luna de jade  sobre la montaña roja. Una  lenta lluvia de granizo cubrió los pinos, y los copos de nieve doblaron  las cañas de bambú. Saltaron  las ardillas a los huecos para ocultar  sus semillas  y sonaron los dientes de las cabras mascando  los últimos yerbajos.

 

Las imágenes del tiempo se extendían como una envolvente escenografía ante los ojos asombrados  del emperador y su corte. Todos estaban hipnotizados por la melodía. Los guardias parecían esculturas de terracota. Al verdugo se le congeló el puño en el mango de la espada y  no pudo evitar que una lágrima rodara por sus curtidas mejillas y humedeciera su bigote mongol. El monje cambió su melodía,  y desde el pecho del arpa  salieron los pasos sigilosos  de las doncellas, el sonido de las sedas y brocados de sus trajes,  y sus risas apagadas entre el vuelo de las torcazas; sonaron tristes las cuerdas y  se escuchó el lamento lánguido de una hermosa joven que bordaba peces y lotos mientras añoraba a su amado que había partido a la guerra.

 

De pronto, una cuerda vibró ronca y solitaria,  y nubes negras cubrieron   el cielo;  desde su nido celeste, el furioso dragón tronó  con ira y arrojó  un rayo fatal sobre las corazas de los guerreros;  brilló  el hierro de lanzas y  espadas, tintinearon  los arneses de bronce, relincharon las cabalgaduras, sonó la corneta y las flechas silbaron  huyendo de los arcos. Cayeron mil guerreros rastrillando las rocas del abismo. El sol de la tarde pintó  de dorado el aura del Buda de piedra que meditaba  al lado del arroyo, sonaron los campaniles de bronce y los cuernos de los monjes en el monasterio, y se escuchó el rumor ronco de las recitaciones de los sutras para espantar a  los demonios. Detrás del muro se escuchó el aleteo de una bandada de grullas, y el chapuceo del remo del barquero que cruza el lago.  Sonó muy cerca el cascabeleo de las ramazones de bambú,  y a los pies del emperador saltó un grillo; sobre el  peinado de la emperatriz cayó una fresca peonía.  El monje dejó el arpa sobre un cojín de seda y  un   silencio con  aroma de sándalo, jazmín y polvos de arroz se extendió por el recinto.

 

Aprovechando  el éxtasis de todos,  el monje intentó abandonar el recinto, pero el hijo del cielo  lo detuvo y le exigió  revelar el secreto de su maestría. El monje contó humildemente que lo primero que hizo fue  acariciar la madera y hablarle al corazón del instrumento: le recordó cuando era árbol y las cuatro estaciones hicieron crecer su tronco y extender  su follaje; cuando en sus ramas anidaban los pájaros y se ocultaban las lechuzas, cuando bajo su amable sombra se resguardaban las bestias, los guerreros, los poetas y pintores errantes, y se acariciaban    los enamorados.

 

Le recordó el río que lamía sus raíces y los guerreros ensayando en su cuerpo las flechas y las espadas; el sol que lo calentaba, la luna que henchía sus venas, los rayos que quemaron sus ramas, y las cigarras que cantaban durante el otoño y abandonaron sus esqueletos en su  arrugada piel. Después, dijo, yo sólo dejé que el arpa escogiera su melodía y me entregué a ella con el corazón vacío. Finalmente,  no supe si fui yo quien tocó el arpa o fue el arpa la que me tocó a mí. El  emperador Ming Huang, hijo del cielo, dueño y señor de las montañas, los ríos, los valles,  de todos los palacios y  sus gentes,  inclinó la cabeza agradeciendo al monje, mientras  este  rastrillaba  sus sandalias contra el mármol al salir del recinto.

 

Postescritum

Mil trescientos años más tarde,

Bajo las ruinas del palacio fue encontrada el arpa

La lacerante arena del desierto

Le había borrado la memoria de los pájaros,

Pero sus cuerdas flojas y oxidadas

Recordaban la sed.

*Dioscórides Pérez-Profesor titular Universidad nacional de Colombia. dperezb@unal.edu.co.  Fragmento del libro Sembrar Bambú en el Corazón-Relatos de China.

SUSCRÍBETE A NUESTRO BOLETÍN INFORMATIVO

Para estar bien informado, recibe en tu correo noticias e información relevante.

 
- Publicidad -

LO ÚLTIMO

- publicidad -